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14 de Febrero del 2024
Historias
Lectura: 11 minutos
14 de Febrero del 2024
Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Memorias sobre un naufragio académico
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Imagen referencial. Pixabay

 

Todas las universidades públicas son instituciones que están articuladas y sometidas por la burocracia, y la burocracia es incompatible con el mundo académico. La academia y la ciencia cuestionan, subvierten, la burocracia reglamenta, estandariza, homogeniza. La burocracia es el principal obstáculo para cualquier docente que se toma en serio su trabajo.

Mientras haya viento escribirás.
Roberto Bolaño


Trabajé diez años en una universidad pública, oceánica. Desde algunas aulas, glorietas y parques del campus se divisaba el turquesa del mar, seis o siete cuadras, demasiado cerca. Entorno perfecto: brisa, cebiche, encebollado.

Sin embargo, no todo fue tan mágico como el juguetear de las gaviotas planeando libremente en el firmamento. Puedo escribir, con conocimiento de causa, entre el resplandor y la abulia, sobre una experiencia académica inacabada pero destinada al fracaso. Todas las universidades públicas son instituciones que están articuladas y sometidas por la burocracia, y la burocracia es incompatible con el mundo académico. La academia y la ciencia cuestionan, subvierten, la burocracia reglamenta, estandariza, homogeniza. La burocracia es el principal obstáculo para cualquier docente que se toma en serio su trabajo.

El campus de la universidad oceánica ocupaba varias hectáreas, allí funcionaban más de quince facultades, tenía 30 000 estudiantes, 1 200 empleados y 900 profesores. Su presupuesto anual llegaba a 60 millones de dólares. Existía un abanico de estudiantes de diversas provincias, diferentes etnias y estratos económicos. Conocí estudiantes de escasos recursos, brillantes. Presencié exposiciones geniales, alguna vez tuve que aconsejarle a un chico que estaba a punto de suicidarse, el chico me hizo caso porque terminó graduándose. Uno de mis estudiantes se convirtió en el profesor de canto de mi hijo, excelente profesor. Tres ayudantes de cátedra me salvaron la vida cuando estuve delicado de salud. Viví momentos de euforia, aprecié belleza y escenas grotescas, patibularias. Todo en el mismo recinto.

Participé en decenas de capacitaciones inocuas y deserté de la mayoría de ellas porque simplemente eran repeticiones de otras con nuevos membretes. Por ejemplo, capacitación para llenar el syllabus con un formato, después de un semestre otra capacitación para utilizar una nueva aplicación para presentar el mismo compendio. La imaginación de los directivos para crear capacitaciones era inconmensurable. Todos los adiestramientos respondían a temas administrativos, nada de ciencia, nos trataban como a empleados de cualquier ministerio. Domesticación pura.

sólo un 10% de los estudiantes asumía con entereza y sacrificio su rol de futuros profesionales. Creo que un 40% entraba en el rango de estudiantes aceptables, con cierto futuro pero poca profundidad en sus análisis académicos y creatividad casi nula. El otro 50% practicaba la ley del menor esfuerzo y despabilaba mediocridad extrema.

Tengo algunos recuerdos imborrables. Después de leer una tesis de una egresada encontré varias páginas plagiadas de otra tesis de una psicóloga de la UPS. Enseguida comuniqué la irregularidad al Decano y a la Comisión Académica. Para mi sorpresa, las autoridades no tomaron ninguna represalia por la conducta antiética de la estudiante, sólo me pidieron que le dijera a la estudiante que incluya citas bibliográficas en el material plagiado. Alguna vez discutí con la directora de comisión académica, le insistí en que la cantidad de estudiantes que graduaba nuestra facultad era descomunal y que perdía de vista la excelencia académica. Ella espetó que mientras más estudiantes graduemos tendremos más asignaciones económicas. Todo funcionaba como una transacción, una ecuación utilitaria y burda: más graduados equivalía a más presupuesto para la universidad.

Los alumnos conocían de la utilidad que tenía para la universidad graduar más estudiantes, por ello muchos de ellos no mostraban mayor interés por sus estudios y sólo al final improvisaban exposiciones, trabajos grupales, lecturas y exámenes. Lo cierto es que sólo un 10% de los estudiantes de la universidad oceánica asumía con entereza y sacrificio su rol de futuros profesionales. Sólo este 10% dominaba contenidos de las asignaturas y poseía la templanza para investigar ilimitadamente. Creo que un 40% entraba en el rango de estudiantes aceptables, con cierto futuro pero poca profundidad en sus análisis académicos y creatividad casi nula. El otro 50% practicaba la ley del menor esfuerzo y despabilaba mediocridad extrema. Allí existe un problema serio porque el Estado maneja un paternalismo enajenante, no existen criterios de selección que prioricen la capacidad analítica e interpretativa de los postulantes. Si así fuera no tendríamos una fábrica de plagiadores, supongo que con Chatgpt4 ésto se desbordó.

Sin duda, los mismos porcentajes sobre desempeño estudiantil aplican para los docentes, totalmente sometidos al tedio burocrático, sin capacidad de innovación, esperando su salario a fin de mes. Algunos realizando maestrías y doctorados a distancia, en universidades de garaje, de Cuba y Venezuela solamente para mejorar su remuneración. Las reuniones de profesores no tenían nada que ver con ciencia y academia, nunca hablamos de tener una estrategia de complementariedad curricular. Recuerdo que alguna vez conversaba con un PhD cubano, al que le hablé de Nietzsche y me respondió: “¿quién es Nietzsche?”.

Definitivamente había naufragado, era un fantasma en una universidad sin alma, porque ninguna autoridad exudaba pasión por la enseñanza, todo era un montaje político burdo. Todo se reducía a cumplir plazos, reglamentos y llenar una cantidad apabullante de informes, matrices, rúbricas, actas, certificados, firmas, sellos. El área administrativa disfrutaba enviándonos oficios para hacernos perder el tiempo en banalidades. Me refugiaba en algunos chicos que conservaban su rebeldía y me proponían realizar actividades académicas que iban más allá de lo que tenía planificado, chicos que entendían y soñaban.

Definitivamente había naufragado, era un fantasma en una universidad sin alma, porque ninguna autoridad exudaba pasión por la enseñanza, todo era un montaje político burdo. Todo se reducía a cumplir plazos, reglamentos y llenar una cantidad apabullante de informes, matrices, rúbricas, actas, certificados, firmas, sellos.

De a poco, fui constatando como la universidad oceánica se había transformado en una industria descontrolada para estandarizar y homogenizar. Nadie evaluaba tu dominio sobre la asignatura, ni tus recursos de invención, sí les importaba que entregues el acta de socialización del syllabus, la rúbrica del examen X, y cientos de papeles que eran verdaderas apologías a la insignificancia. Cada día comprendía como la moral tecnocrática se apoderaba no sólo de autoridades sino también de estudiantes. Resistía descubriendo nuevos autores, viendo películas, conectando contenidos académicos con arte.

La religión es el opio de los pueblos decía Marx. Creo que PowerPoint y Chatgpt4 son el opio de la academia. Deambulaba por otras aulas y encontraba a profesores proyectando y leyendo diapositivas. Ninguna digresión, ningún ejemplo concreto, ninguna extrapolación. Un sermón armado sobre la base de resúmenes sacados de algún manual. Vi cientos de estudiantes con su mirada apagada, bostezando, otros utilizando el móvil, enviando mensajes o revisando alguna noticia de farándula.

Siempre utilicé al mapa teórico como una forma de resistencia metodológica, les explicaba a los estudiantes que trazar un mapa de lo que explicas utilizando flechas y otras figuras para conectar conceptos era sinapsis pura. El mapa teórico te permitía estar aquí y ahora, te obligaba a dominar contenidos y tiempos. Además, era fundamental simplificar lo complejo y aterrizar conceptos y categorías para convertirlas en objetos y situaciones cotidianas, palpables. Había que despertar a los estudiantes, generar curiosidad, duda, luego pasar a la discusión y de una u otra forma a la comprensión. Batalla larga, a ratos inhóspita pero siempre gratificante porque estabas en el ahora, porque no mecanizabas tu mente ni la de tus discípulos.

Entendí que mi única fuga académica podía ser la experimentación. Por ejemplo, les explicaba lo que era el concepto escéptico de epojé y les decía rompamos el epojé y ellos se ilusionaban y me decían hagámoslo. Entonces les planteaba ir al mall y colocar calcomanías en vitrinas y en etiquetas de mercancías que dijeran “No garantiza felicidad”. Esta fue una actividad lúdica que extraje de la serie Merlí y que motivó mucho a los chicos porque conectó aventura y conocimiento.

Cuando el aire soporífero nos vencía —en muchas aulas no había aire acondicionado— pedía a los chicos salir al patio, a veces hacíamos pirámides humanas de hasta cuatro pisos. En otras ocasiones planificábamos viajes a pueblos alejados de la provincia para realizar pequeños documentales sobre la cosmovisión montubia, ahí entendían mejor todos los conceptos antropológicos con los que trabajábamos. Si hablábamos de metrosexualidad, organizaba a las chicas para que maquillen a los varones, la clase terminaba siendo teatral y divertida. Creo que a las autoridades no les interesaban mis métodos de enseñanza, fue mejor así.

Una universidad tiene que ser un bastión de ciencia, democracia y libertad. El conocimiento debe fluir libre rompiendo paradigmas y estereotipos, debe ser crítico con todo tipo de poder que destruya la solidaridad y la justicia.

Definitivamente una de las sensaciones más tristes que puede experimentar un profesor universitario es encontrar estudiantes brillantes en el lugar no indicado. Jóvenes creativos y críticos trabajando como estibadores, chicas geniales laburando como cajeras o vendedoras ambulantes. La deuda de la sociedad con estos chicos es gigantesca porque este segmento minoritario cumplió con su parte, sobresalieron académicamente para servir a su patria, pero no encontraron un trabajo acorde con su preparación. Increíble desperdicio de recursos humanos, aporía total.

Una universidad tiene que ser un bastión de ciencia, democracia y libertad. El conocimiento debe fluir libre rompiendo paradigmas y estereotipos, debe ser crítico con todo tipo de poder que destruya la solidaridad y la justicia. Si la universidad se convierte en un botín político, manejado por mafias burocráticas y tecnocráticas, la sociedad no tiene futuro. Si la universidad termina siendo un leviatán teórico que aniquila el debate, el cuestionamiento y la creatividad, seguiremos siendo una colonia, una nación sin alma.

Yo naufragué en una universidad oceánica...

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