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29 de Marzo del 2020
Historias
Lectura: 18 minutos
29 de Marzo del 2020
Carlos Pástor Pazmiño
Miriam, Luis y el virus
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Foto referencial: Luis Argüello / PlanV

 

Cuando las autoridades dijeron que debemos distanciarnos, permanecer en las casas y abastecernos de víveres para al menos quince días, fui a comprar leche y debí pagar 95 centavos por litro. Recordé a Miriam que recibe apenas 20 centavos de dólar, y me pregunté: ¿en manos de quién se quedan los 75 centavos de dólar restantes?

Miriam es una mujer campesina que cada día, desde hace 35 años, se levanta a las cuatro de la mañana para ordeñar sus cuatro vacas, para obtener de cada una un promedio de nueve litros de leche. Luego del ordeño continúa con el cuidado de su huerto. En su parcela de 70 metros cuadrados tiene col, lechuga, pepinillos, tomate riñón y de árbol, uvillas, duraznos, culantro, perejil, maíz y varias hortalizas y verduras más. Al caminar por su huerto, va recogiendo hojas caídas para alimentar a sus gallinas ponedoras y sus cuyes. 

Alrededor de las nueve y media de la mañana llega una camioneta con sello de una empresa privada. Luis, un hombre de mediana edad, al bajar del vehículo le pregunta: “¿cuántos litros de leche tienes?”, Miriam responde: “¿a cuánto pagan el litro hoy?”. “Con la crisis todo está complicado, han bajado los precios, y en todo mismo. 20 centavos por litro puedo pagarte si quieres. O me voy, hay muchos que esperan que vaya a comprarles leche”, responde Luis. 

“30 litros tengo, lleva no más”, dice Miriam. Luis saca una cartera gorda, se notan varios billetes en su interior, pero él saca únicamente seis dólares para pagar. Cuando las autoridades dijeron que debemos distanciarnos, permanecer en las casas y abastecernos de víveres para al menos quince días, fui a comprar leche y debí pagar 95 centavos por litro. Recordé a Miriam que recibe apenas 20 centavos de dólar, y me pregunté: ¿en manos de quién se quedan los 75 centavos de dólar restantes? 

Miriam también siembra cebolla perla, ella cuida su huerto cada día, prepara la tierra, deshierba, riega, guarda semillas de su cosecha anterior, etc. Todo este proceso le toma al menos cuatro meses de trabajo hasta cosechar sus cultivos. Cuando tiene lista en sacos la cebolla para vender, nuevamente llega Luis en la camioneta con sello de empresa privada. Al bajar pregunta: “¿cuántos sacos de cebolla tienes?”. Miriam responde: 23. Enseguida Luis saca su billetera gorda y le dice “te doy 92 dólares, aprovecha que todo ha bajado”. 

Si Luis paga 92 dólares por 23 quintales de cebolla, cada quintal sale a cuatro dólares. Sin embargo, cuando compramos cebollas en la ciudad nos venden tres o cuatro cebollas en fundas plásticas, selladas al vacío a USD 1.15. ¿En manos de quién se quedan las ganancias de la cebolla? 

Luis paga 92 dólares por 23 quintales de cebolla, cada quintal sale a $4 dólares, sin embargo, cuando compramos cebollas en la ciudad nos venden tres o cuatro cebollas en fundas plásticas, selladas al vacío a $1.15. ¿En manos de quién se quedan las ganancias de la cebolla?

El terreno de Miriam es pequeño, distante, de difícil acceso, con agua muy limitada, no tiene trasporte propio; sin embargo, su huerto le permite sustentar su alimento diario y el de sus hijos. Todo el año pasado gestionó un crédito productivo para comprar un terreno junto al suyo, luego de muchos trámites y viajes a la ciudad le negaron el préstamo por no tener “solvencia económica”. 

Mientras Miriam es excluida del crédito bancario, la Asociación de Bancos Privados del Ecuador, que representa a 24 instituciones, informa que durante el año 2019 tuvieron una rentabilidad del 13.6%, que significan 600 millones de dólares de utilidades netas ( lo dijo su presidente, Julio José Prado en 2020). A todos seguramente nos pasa que al ir al “cajero” a ver si ya depositaron el sueldo y sacar unos 20 dólares para la comida de la semana nos cobran 35 centavos de no sé qué, y 50 centavos de no sé cuánto también y así cada vez. Cada comisión es un abuso. Así como no van a tener esas tremendas utilidades los grupos bancarios. 

El 2019 fue, como recordarán, un año difícil en términos económicos y políticos, de ajustes y empobrecimientos, lo que motivó la gran movilización popular en octubre. Pero el lucro de los bancos crece en tiempos de crisis. No prestan dinero a ciudadanos como Miriam, tienen altas tasas de ganancias, obtienen fondos muy baratos y cobran intereses muy altos. Una medida indispensable para estas épocas sería que se bajen las tasas de interés activas al menos un 20%, y de igual manera se bajen las pasivas un 20%. 

En su comunidad cada vez que organizan una minga, Miriam participa, y cuando hay problemas causados, por ejemplo, por los abusos de las mineras o hidroeléctricas sale a protestar, a defender sus derechos. En octubre del año pasado también se movilizó en contra del paquetazo. Desde que empezó la cuarentena dejo de vender la leche a la empresa privada. Ahora la intercambia con otros productos dentro de la comunidad. Sus vecinos le dan a cambio papas, pan, manzanas etc. Le pregunté: ¿Por qué intercambiar en lugar de vender? Me dijo que “nada me he de llevar si muero, mejor dar lo que puedo a los que necesitan ahora, dejar un buen ejemplo a mis hijos es lo mejor”. 

Al igual que Miriam, la mayoría de las campesinas y campesinos del país son poco valorados en el día a día, son los sectores históricamente más despojados y empobrecidos por el capital. Pero conservan un cotidiano de solidaridad, se enorgullecen por su humildad; espontáneamente muestran esperanza.

En estos días de cuarentena, podemos ver como los sectores rurales subalternos resisten el día a día, entendemos su rol histórico en la soberanía alimentaria y la solidaridad social. Con su arduo trabajo de productores diversificados de alimentos están salvado la vida del pueblo. El virus afecta a los trabajadores migrantes del campo, pero en las comunidades hay comida. En las zonas lejanas y remotas del campo, donde vive Miriam, no hay mascarillas ni equipos estériles o desinfectantes, casi no hay médicos. Si el virus se propaga entre las comunidades habrá mucho sufrimiento entre los pequeños productores de alimentos. 

No les prestan a ciudadanos como Miriam, tienen altas tasas de ganancias, obtienen fondos muy baratos, y cobran intereses muy altos. Una medida indispensable para estas épocas sería que se bajen las tasas de interés activas al menos un 20%, y de igual manera se bajen las pasivas un 20%.

Mientras todo esto sucede en la comunidad de Miriam, hay otros grupos sociales, una minoría con gran poder, rodeados de excesos, comodidades y opulencia, que no dudan en pagar cientos de dólares por un par de zapatos o un traje de “marca”.  Son los que concentran enormes cantidades de dinero y se apropian del Estado para ganar más, ampliar sus propiedades, diversificar sus economías y aumentar su acumulación. Para ellos cada crisis es una oportunidad. 


Foto referencial

Luis es el primer intermediario que compra directo y barato, que lleva el producto a otro comerciante, que a su vez logra vender caro. Si observamos los ingresos del año 2018, correspondientes a las cadenas que controlan la producción de alimentos, podemos ver que son muy pocas las empresas (altamente diversificadas), que tienen cuantiosos ingresos. Estos se concentran en las manos de muy pocas familias: Baker, Armstrong, Artigas, Alarcón Alcívar, Aguirre Román, Serrano, Wright, Czarninski. Estas familias con su poder estructural y sus instrumentos monopólicos de mercado, logran imponer precios de venta al por mayor y menor. Son ellos los que se quedan – se apropian - con esos $75 centavos de dólares del litro de leche que vende Miriam y también el diferencial de la cebolla. A esto se le llama acumulación por despojo. 

Otro sector altamente concentrado y que ha lucrado en estos días de crisis por el virus "Corona” es la salud. Cuando miramos el sistema de salud, vemos que la infraestructura, equipamiento, medicamentos e insumos están altamente concentrados; “de hecho, el 87% de la oferta de bienes y servicios de salud, está en manos privadas (Iturralde 2014). Si la mayoría de la población no accede a una alimentación saludable, atención médica y cuidados dignos, incluyendo una educación de calidad no es por voluntad propia, sino por desigualdad; por la precariedad de los sistemas políticos locales, sin capacidad de controlar a los monopolios o influir en las decisiones nacionales para direccionar la política económica en beneficio común. Ese poder viene de antaño, se ha configurado durante decenas de años, se han incrustado en el Estado y en la fuerza represiva, en la corrupción, se han vuelto grandes empresas familiares, y ahora se mezclan con la banca y las trasnacionales, construyen un sistema de acumulación en beneficio de pocos capitales. Esto genera empobrecimiento en todas las clases subalternas. 

 ¿Cómo se puede pedir a una familia que se quede en casa cuando viven al día, subempleados, precarios, inseguros, vulnerables y, además, no tienen agua, el mínimo ingreso para solventar su alimentación, peor la posibilidad de sobrevivir la pandemia?  

¿Cómo se puede pedir a una familia que se quede en casa cuando viven al día, subempleados, precarios, inseguros, vulnerables y, además, no tienen agua, el mínimo ingreso para solventar su alimentación, peor la posibilidad de sobrevivir la pandemia?

Esta gran concentración de la riqueza, es justamente la injusticia que nos vuelve vulnerables. Tenemos un reducido número de empresas exportadoras, pocos productos que exportar y un reducido número de países compradores. La actual caída en los precios internacionales de las materias primas nos deja en el suelo. Pensar que los inversionistas, los exportadores, o los bondadosos empresarios, banqueros e importadores —los partidos políticos y los caudillos— nos sacarán de esta triple crisis (sanitaria, económica y política) es una ingenuidad. Las elites económicas y políticas siempre se salvan a sí mismas, ya lo hemos visto en otros momentos de la historia. Las estructuras inequitativas del poder político trabajan en contra de las comunidades rurales y los barrios populares urbanos, incluyendo la clase media.  

Cuando las élites económicas capturan al Estado, las élites políticas direccionan las políticas públicas a su favor. Por ejemplo, pueden hacer que el Ministerio de Economía en lugar de destinar recursos para la salud pública decida pagar la deuda externa. Mucho de ese endeudamiento no fue para complementar los recursos fiscales en proyectos para el beneficio de todos, sino para desviar la plata hacia el sistema financiero. El resultado de este pago es que los tenedores de los bonos, que ya tenían mucho dinero concentrado, ahora tendrán mucho más. Probablemente sean los propios bancos los que compran la deuda y sean nuestros acreedores. Pocas son las inversiones en el mundo tan rentables como la deuda ecuatoriana. No pagas impuestos, compras títulos de deuda, obligas a la sociedad que te pague. Cuando hay endeudamiento hay sometimiento del país; luego venderemos las empresas públicas a precio de “gallina enferma”, las telefónicas, las hidroeléctricas.  Siempre hay otras comisiones de por medio. No debemos sorprendernos si en los próximos meses el ministro Richard Martínez recibe algún cargo directivo en el FMI o BM, como premio a su servidumbre. 

En el Ecuador vivimos una “democracia” de mercado, en manos de rentistas, especuladores y vendepatrias. Moreno y su equipo gobiernan para beneficiar y proteger a minorías ricas, que en estos días de crisis han incrementado sus ventas a costa del miedo del pueblo. El virus facilita que nos arrebaten las libertades, que se fortalezca el control de la sociedad, que se tomen medidas antipopulares. 

¿Qué somos los sectores populares para las élites? Mano de obra explotada, descartables, precaristas, “ceros económicos” para el consumismo. Para las élites comerciantes vinculadas al mercado interno, las que controlan los grandes supermercados, los sectores populares apenas somos cajeros, percheros o cargadores. Para los hacendados y terratenientes, apenas somos peones o jornaleros. Las pocas empresas que controlan el turismo corporativo nos convierten en guardias, amas de llaves, meseros, cocineros; las grandes inmobiliarias nos hacen albañiles o plomeros. Y casi todo ese trabajo no calificado, poco a poco lo van a automatizar. El avance tecnológico en una sociedad desigual tiene la capacidad de provocar una situación de desplazamiento de millares de trabajadores fuera del mercado laboral. 

Moreno y su equipo gobiernan para beneficiar y proteger a minorías ricas, que en estos días de crisis han incrementado sus ventas a costa del miedo del pueblo. El virus facilita que nos arrebaten las libertades, que se fortalezca el control de la sociedad, que se tomen medidas antipopulares.

Las élites del sistema económico neoliberal, a los jóvenes, nos condenan al free lance, sin sueldo fijo, sin empleo digno, sin afiliación y sin estabilidad. Nos engañan diciendo que cuando tengamos un título bajo el brazo tendremos trabajo y cuando nos endeudamos para poder estudiar y tenemos más de un título, nos dicen que estamos sobre calificados. Seguimos sin trabajo y asfixiados por los créditos educativos. Los jubilados luego de una vida de entrega laboral pasan sus últimos días sin centavo en sus bolsillos, sin acceso a atenciones de salud. ¿Cómo es posible que los sectores causantes de esta triple crisis, sean los que proponen las soluciones? ¡Gallinazo económico no come gallinazo! 

Las élites del poder son las mismas: comerciantes, banqueros, turismo corporativo, terratenientes, salud, políticos. Todos ellos tienen vínculos entre sí (matrimoniales, sus herederos estudian en las mismas escuelas etc.), sus empresas son parte del mismo grupo económico. La élite del poder es altamente diversificada, se incrusta a lo largo de toda la cadena productiva. Con mucha frecuencia, ellos, a través de sus empresas entrelazadas, se compran a sí mismos, una y otra vez (integración vertical), logrando que ni un solo dólar salga por fuera de sus dominios (economía “circular”, le llaman). Al contrario, ellos logran que nosotros, los sectores populares, llevemos nuestros limitados recursos a sus tiendas, compremos en sus centros comerciales, usemos sus bancos, sus seguros médicos, sus telefónicas etc. Incluso, formateando nuestras subjetividades, con el apoyo de la prensa, logran que votemos por sus élites políticas en elecciones. Comprar o votar por ellos es darles más poder de exclusión social, de destrucción ambiental, de acumulación y concentración de capital.   

Las clases medias creemos que por tener una cierta estabilidad, el ejercicio del poder no nos llega, pero lo vivimos a diario: cada vez que cepillamos nuestros dientes está ahí una corporación, en cada una de las comidas del día está una corporación, luchamos cada día entre nosotros por ser rentables y competitivos en esta sociedad y democracia de mercado. Las élites construyen sentido común y nos hacen creer que no hay alternativas.

Pero sí, las hay.  Los grandes cambios estructurales se construyen en base a luchas que parecían imposibles, ¿cómo es posible que una mujer campesina en épocas de crisis, deje de vender y empiece a intercambiar en su comunidad? ¿Cómo es posible que un obrero sostenga el mundo en plena pandemia? Es posible porque les invade la necesidad de resistir, de sobrevivir, de mantener la solidaridad, son hombres y mujeres que se atreven a pelear contra el virus. 

El verdadero virus que no ha carcomido desde hace muchos años es el capitalismo, cuando nos contagia, nos invade el egoísmo, la apatía, el egocentrismo, la fiebre por competir y acumular. Curarnos de este virus implica cuidarnos mutuamente, proteger nuestro hogar común, el planeta. Este virus podemos combatirlo con la organización, la asociatividad, el cooperativismo.

Cuando salgamos a las calles de nuevo seguramente no seremos los mismos, pero podemos decidirlo.  

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