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14 de Diciembre del 2016
Historias
Lectura: 13 minutos
14 de Diciembre del 2016
María Teresa Galarza
Los moretones se esconden con base

(Foto referencial) La consolidación de la violencia de género no sorprende en un sistema que históricamente ha tratado como hechos privados a los atentados contra la integridad física de una mujer.

 

Esta consolidación de la violencia de género no sorprende en un sistema que históricamente ha tratado como hechos privados a los presuntos atentados contra la integridad física de una mujer, aún cuando tengan como evidencia una serie de moretones; mientras asume como hechos de interés público a las presunciones de afectación a la honra, especialmente de un hombre, que tienen como evidencia una caricatura.

Más de una vez Orlando, director de un reconocido medio oficialista ha sido noticia en el Ecuador. En ocasiones, su nombre ha sonado para reflexionar en torno a la imparcialidad o parcialización de la información noticiosa; se ha puesto énfasis en criticar las políticas de la línea editorial, o tal vez, la línea editorial política que pareciera caracterizar a dicho medio. Su nombre hoy suena por otras razones, una mujer joven, quien aparentemente está iniciando su carrera, lo ha denunciado por agresiones y violencia física. La denuncia se viralizó en redes sociales, e incluye un largo pronunciamiento que va acompañado por una fotografía, aparentemente de la joven; imagen que no permite ver el rostro de la denunciante, ante muestra lo que parece ser una serie de moretones a lo largo de sus brazos y piernas.

El texto escrito por la denunciante hace referencia a la necesidad de no callar frente a esas formas de agresión que, relegadas a la esfera de lo íntimo, se afianzan y multiplican, constituyéndose en práctica sociales casi consuetudinarias. Esta consolidación de la violencia de género no sorprende en un sistema que históricamente ha tratado como hechos privados a los presuntos atentados contra la integridad física de una mujer, aún cuando tengan como evidencia una serie de moretones; mientras asume como hechos de interés público a las presunciones de afectación a la honra, especialmente de un hombre, que tienen como evidencia una caricatura.

La violencia de género es sistémica y sólo puede constituirse y mantenerse gracias a una curiosa forma de complicidad colectiva que atraviesa la esfera de lo doméstico y la trasciende, avanzando hacia diversas instancias de lo público.

Saber qué pasó luego o, más bien, describir los hechos que ocurrieron entre el momento en el que la joven esta ilesa en el vídeo y el momento en el que aparece llena de moretones en la foto implica tomar partido y elegir como verdadera una versión de la historia.

La violencia de género llega a su máximo esplendor en un entorno patriarcal en el que a las mujeres aprenden que criar y cuidar, limpiar, cocinar, son actos de amor, que deben ser realizados de manera automática incuestionable por el bien de sus familias y de la comunidad. No es extraño, entonces, que en el vídeo grabado por Orlando, Gloria dijera “me quedé limpiando”. No es extraño, entonces, que ella creyera que era esa razón suficiente para justificar su presencia en el departamento de un hombre con el cual algún tipo de relación mantuvo, durante un año cuatro meses, hasta esa noche.

Independientemente de la veracidad de esa afirmación, ambas partes coinciden en que Gloria pasó la noche previa en el departamento de Orlando con su consentimiento. Aparentemente el problema radica en que a la noche siguiente, él regresó a casa y la encontró todavía allí. Por extraño que parezca, a una persona (no sólo mujer, no sólo ecuatoriana, no sólo a sus 23 años) se le puede ocurrir que quedarse esperando el regreso en la casa de, quien ella considera, ha sido su pareja por un periodo considerable sea un gesto romántico, propio de una relación sentimental. El problema es que para Orlando, según sus declaraciones públicas en rueda de prensa, él no tiene ninguna “relación sentimental formal”. Expectativas afectivas contrapuestas. Suele pasar.

La denuncia de Gloria es grave, habla de violencia física, muestra moretones, sugiere violencia verbal, y otros modos de agresión que, sin embargo, a ella le será muy difícil demostrar. Por suerte para Orlando él tiene la prueba de descargo, fragmentos de vídeos grabados con su celular en el que él, un hombre muy sensato, calmado, respetuoso, pide comedida pero enérgicamente a una joven visiblemente vulnerable y evidentemente ilesa, que abandone su departamento. Y ella se rehúsa. Especular las razones para tal negativa, en ese horizonte de expectativas afectivas contrapuestas, no viene al caso. Saber qué pasó luego o, más bien, describir los hechos que ocurrieron entre el momento en el que la joven esta ilesa en el vídeo y el momento en el que aparece llena de moretones en la foto implica tomar partido y elegir como verdadera una versión de la historia: la de Gloria, quien afirma que Orlando le provocó los hematomas o la de Orlando, quien afirma que lo que Gloria miente, y tiene vídeos para demostrarlo.

A diferencia de Orlando, Gloria no puede respaldar su versión con vídeos. La única que imagen que ella logró capturar de lo que ocurrió esa noche es un clip de cuatro segundos de duración en el que ella dice, con la docilidad que ha mostrado ya en las versiones de Orlando “yo también lo voy a grabar así”. En este clip se ve a Orlando arrancándole el celular de Gloria.

Valdría preguntarse, junto con Orlando ¿“Qué le lleva a una persona a grabar un video sobre un hecho que parecería de puro orden privado o íntimo”? Sin embargo, en lugar de responder esta pregunta con un recuento de los eventos de esa noche, cabría confrontarla con otra pregunta indispensable: ¿qué le lleva la persona que está grabando a arrebatarle a la otra su teléfono para impedir ser grabada también? ¿Quién tiene el derecho de demostrar algo? ¿Quién tiene el derecho de crear las evidencias que respaldaran su versión, impidiendo que la otra parte también lo haga?

Cuando se ha procurado realizar un análisis del contexto en el que se produjo este evento, se pone énfasis en cuestionar si Gloria tenía o no tenía motivos y derechos legítimos para quedarse en el departamento, si entró o no entró al predio con la autorización del dueño, si debió o no debió abandonar el departamento cerca de la medianoche para irse a su casa como él se lo solicitó.

¿Cuáles son las relaciones de poder que mantienen esta cierta condición de vulnerabilidad de mujeres jóvenes frente a hombres adultos que ocupan posiciones de autoridad?

Sin embargo, se tiende a excluir del análisis las circunstancias en torno a las cuales se da esta “relación sentimental”, según ella, “serie de encuentros”, según él; circunstancias en las que parece haber una jerarquía de poder y una relación que pre existe a la afectiva. Qué tipo de relación es esta? ¿De carácter laboral? ¿De otra índole? ¿Cuáles son las relaciones de poder que mantienen esta cierta condición de vulnerabilidad de mujeres jóvenes frente a hombres adultos que ocupan posiciones de autoridad? ¿Cómo se ha vivido es históricamente en el Ecuador esto en el Ecuador? ¿Cómo se sigue reproduciendo esta situación en un contexto político en el que varias mujeres jóvenes ocupan notables puestos de poder? ¿Es que la presencia de estas mujeres jóvenes en las altas esferas del poder ejecutivo, judicial y, especialmente, legislativo ha contribuido en algo a la construcción de relaciones intergeneracionales más horizontales entre hombres y mujeres en el ámbito profesional (entiéndase educativo, laboral)?

El Orlando que dice en su declaración “este es un asunto de orden privado y así será tratado en adelante” es del mismo Orlando que en uno de los vídeos que grabó, le dice a Gloria “deme los números de sus padres y yo les llamo que le vengan a ver o que sepan dónde está”. Valdría la pena indagar si ese Orlando le pidió a Gloria el teléfono de sus padres para llamarlos la noche previa cuando, el mismo solicitó, o al menos permitió, que la joven de 23 años pasara la noche con él, en su domicilio. Es de suponer que Orlando está familiarizado con la posición de autoridad que tienen los padres, especialmente respecto de una mujer joven y soltera, en el contexto de la mayoría de familias ecuatorianas. Así, él comprenderá por qué para una mujer joven, ese “deme el número de sus padres” que parecería ser una solicitud inocente, formulada por su propia seguridad, puede ser percibido como una amenaza frente a la cual Gloria responde “para que voy atormentar a mis padres”.

El Orlando que sostiene el teléfono celular para grabar tan particular forma de interacción con una mujer a la que por cierto, no le permite el mismo privilegio de grabar su versión de los hechos, parece tener claro que ambos viven en una sociedad en el que prácticas machistas y patriarcales han permeado a tal punto las políticas públicas, que las acusaciones de agresiones físicas y violencia contra la mujer siguen siendo relegadas al ámbito de lo privado.

La crítica social que de paso a prácticas sociales que permitan revalorizar a la mujer, reconociendo estas formas de poder que se ejercen sobre los cuerpos femeninos y generando las condiciones para formas más equitativas y justas de interacción entre hombres y mujeres en el Ecuador, como en otras partes del mundo, tomará tiempo.

Respecto de Gloria y de cara a lo emergente, la opinión pública se formará un criterio acerca de quien es ella, procurando determinar al ojímetro su valor como mujer, sus méritos y deméritos.

Iniciativas ciudadanas como los colectivos “Ni una menos”, “Vivas nos queremos”, que organizaron la multitudinaria marcha del 26 de noviembre de 2016 procuran generar conciencia sobre la necesidad de dislocar la violencia de género, su tratamiento, discusión y prevención, de las esferas de los privado, doméstico e íntimo, para relocalizarla en el ámbito de lo público y lo político, como requisito indispensable para avanzar en el camino de su erradicación.

Respecto de Gloria y de cara a lo emergente, la opinión pública se formará un criterio acerca de quien es ella, procurando determinar al ojímetro su valor como mujer, sus méritos y deméritos, los aciertos y errores que cometieron sus padres en el proceso de crianza (en el que tal vez, sólo tal vez más de un comentario pondrá especial énfasis en la figura de la madre), y, además, se indagará su “historial” previo, para poder especular acerca de su futuro.

Probablemente ella, por ser mujer, soltera, joven, será sometida a un escrutinio público mucho más avasallante y con mayores repercusiones que las que podría esperarse que sufra una figura pública tan notoria como es Orlando, hombre, divorciado, padre de familia, profesional respetable.

Con el tiempo, probablemente para Gloria, como para muchas mujeres jóvenes, niñas, adolescentes, en el Ecuador, la lección aprendida será: es tu palabra contra la suya, él dice que no fue así y tú no puedes demostrar que si fue; y aunque hubiera sido, tú te lo buscaste, debiste irte cuando él te lo pidió, el error fue tuyo por no hacerle caso, por estar allí sola, con él, a esas horas de la noche, por mentir a tus padres, por vestirte así, pero sobre todo, por publicarlo, por hablar de eso, porque líos de sábanas no deben salir del dormitorio, porque la ropa sucia se lava en casa, las manchas de sangre se quitan con cloro y los moretones esconden con base.

Finalmente, dice Orlando “comento todo esto porque Gloria es la mayor afectada”. Y tiene toda la razón. No había que decir nada Gloria, había que callar ¿Acaso nunca te dijeron que calladitas nos vemos más bonitas?

María Teresa Galarza
ORCID 0000-0003-3358-9125

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