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29 de Enero del 2019
Historias
Lectura: 13 minutos
29 de Enero del 2019
En Morona Santiago, la deforestación convive con pobreza y cambio cultural

En el sur de Morona Santiago, las comunidades indígenas contemplan la paulatina destrucción de la vegetación tropical. 

 

En Ecuador la naturaleza tiene derechos reconocidos en la Constitución y, sin embargo, desde 1990 ha perdido para siempre unas 2 millones de hectáreas de bosques: el doble del tamaño de todo el Parque Nacional Yasuní. En esta serie de tres reportajes realizados con apoyo del Centro Pulitzer, describiremos lo que está sucediendo en las regiones de frontera, donde se registran hoy las tasas más altas de deforestación en el país. 

Lea aquí la primera parte y la segunda parte de este informe

El Transcutú, esa vasta región al otro lado de la cordillera de Cutucú ya no queda en el fin del mundo.  Aquella tierra misteriosa de historias -reales o no- de cabezas reducidas, guerras y venganzas, ha quedado unida al mundo exterior por una rudimentaria vía que desde Macuma llega a la lejana Taisha.

A Macuma se llega desde la Troncal Amazónica por un camino que más parece el lecho seco de un río; sus apenas 43 kilómetros se recorren en dos horas. En cada finca hay una pila de tablones que los campesinos han sacado de la selva con caballos. Su pobreza contrasta con la opulencia de los flamantes todoterreno que avanzan a los sacudones. Casi todos lucen placas de Azuay: son intermediarios que llegan para comprarles a precio de ganga madera fina: cedro, laurel y canelo. Se las venden barata porque poca o ninguna es legal. ¿La razón? "Hay tantas trabas burocráticas que el productor forestal se puede demorar hasta un año en aprobar su plan de corte. Lo que hacen ellos es tumbar los árboles y vender a un intermediario, que por ser ilegal les compra a menos de la mitad de lo que vale" explica el biólogo Juan Pablo Rivera.

Con más de 9 mil hectáreas cada año, Morona Santiago ocupa hoy el segundo lugar entre las provincias donde más se deforesta: una de cada diez que se pierden en todo el Ecuador. En un territorio inmenso y conectado por varias carreteras con el centro del país, todavía tiene muchos bosques nativos en pie. Aquí se encuentran árboles que virtualmente han desaparecido en otras regiones, y que son codiciados por fabricantes de muebles de ciudades como Cuenca y Ambato.

El lucrativo negocio del tráfico ilegal de madera ha ingeniado un asombroso nivel de organización para burlar las leyes. "Van en convoyes de cuatro o cinco camiones, sostiene Rivera. Tienen hasta teléfonos satelitales que ni siquiera el Ministerio del Ambiente ha soñado tener; tienen 'campaneros' que van viendo que esté la vía habilitada. Falsifican o duplican las guías de circulación de madera autorizadas por el ministerio.  Incluso 'clonan' los camiones; por ejemplo, tienen tres camiones blancos con las mismas placas, con el mismo balde, la misma carpa y así, con una misma guía pasan tres camiones con madera."

También hay denuncias del pago coimas en los escasos puestos de control forestal. Se estima que el 80% de la madera que llega a Cuenca es ilegal.

Madera y cambio cultural

En algunos de los pequeños poblados del camino a Macuma existen depósitos de madera que es traída de más lejos para ser revendida. Es que la nueva vía de Macuma a Taisha es aún más intransitable; se construyó al apuro después de una pugna de poderes entre el prefecto de la provincia y el gobierno nacional que dirigía Rafael Correa. Este era un antiguo reclamo de la comunidad shuar de Taisha, cuyos habitantes tenían que caminar dos días para llegar a Macuma, o recurrir a una avioneta en caso de una emergencia médica. Con el argumento de que no tenía planes ambientales, el gobierno nacional envió el ejército, pero las cosas no les salieron bien: "toda la gente de Macuma y Taisha se reunió para resguardar la maquinaria vial", recuerda Narváez Ijisam, presidente de la NASHE, Nación Shuar del Ecuador, que agrupa a 86 comunidades del Transcutucú. "Aquí la gente cuando se pone brava, es bien brava. Llegaron cientos de policías y militares, y nosotros a golpizas, con lanzas los hicimos correr. Hasta detuvimos unos 40 soldados."

Finalmente la vía se abrió, pero con los beneficios de poder sacar su ganado para vender y acceder a productos de primera necesidad, llegaron otros problemas. La propia organización comenzó a debilitarse porque muchos comuneros se encandilaron con el dinero rápido de la madera. "Los intermediarios llegan y les ofrecen motosierras y motocicletas a cambio de la madera", se lamenta Ijisam. "Les hemos dicho a algunos compañeros que no talen irracionalmente, que guarden para sus hijos, pero ellos dicen: 'estoy talando la madera de mi finca, sino de qué voy a vivir. Muchos ya han abandonado sus cultivos de café, cacao, plátano". Y junto con el bosque va desapareciendo la cacería y la pesca y necesitan cada vez más dinero para comprar otros alimentos.

Que las comunidades shuar comiencen a explotar masivamente sus tierras implicaría un cambio cultural enorme y a la vez trágico para sus bosques. Ellos y los achuar suman cerca de la mitad de la población de la provincia; la otra mitad es mestiza, y se dedica esencialmente a la ganadería a pequeña escala. Los indígenas, alejados de las carreteras y grandes centros poblados, conservaron sus bosques con una economía de subsistencia. Hoy quieren mejorar sus condiciones de vida y están en su derecho. "Hace cincuenta años, los mestizos también eran dueños del bosque y ya lo tumbaron. Entonces no podemos decirles a los shuar que ahora son los únicos responsables de la conservación; más bien son los que han mantenido ese bosque por su propia decisión" nos recuerda Paúl Sánchez, ex director provincial de Ambiente.

La pequeña ganadería ha comenzado a extenderse también entre los indígenas. Y esta es la segunda causa de la acelerada deforestación. En Morona hay ya unas 200 mil cabezas de ganado en casi medio millón de hectáreas de pastizales.

Minería y división

Las divisiones entre los shuar fomentadas desde el poder central se profundizaron con la llegada de las empresas mineras. Porque mientras los funcionarios del gobierno de Correa alegaban daños ambientales para intentar detener la construcción de la vía a Taisha, adjudicaban enormes concesiones mineras. "Hablamos de 800 mil hectáreas que ya están en proceso de exploración y prospección, afirma Sánchez, incluyendo el área del bosque protector del Cutucú,  una de las zonas de mayor diversidad del país que provee de agua a una gran cantidad de población". Esa superficie equivale casi al doble de todas las áreas protegidas de Morona Santiago.

"Van en convoyes de cuatro o cinco camiones, sostiene Rivera. Tienen hasta teléfonos satelitales que ni siquiera el Ministerio del Ambiente ha soñado tener; tienen 'campaneros' que van viendo que esté la vía habilitada".

La minería fue causa de otros graves enfrentamientos, esta vez entre el gobierno de Correa y los indígenas shuar en la cordillera del Cóndor, extremo sur de la provincia. En agosto de 2016 los pobladores indígenas de Nankints fueron desalojados para permitir la explotación de una mina de cobre. Meses después, una multitud se tomó el campamento de la empresa. Hasta hoy siguen procesados decenas de dirigentes shuar. Vicente Tsakimp, presidente de la organización Pueblo Shuar Arutam, aclara que no se oponen a una minería racional que les sirva para mejorar sus condiciones de vida: "tenemos que sentarnos a conversar, dice, y definir ciertas políticas públicas y cómo desarrollamos la minería en la población en general. Debe estar en concordancia con las organizaciones, para que los beneficios de las riquezas sean distribuidas equitativamente para todos los ecuatorianos, y también para todas las nacionalidades que vivimos ahí. Nosotros seremos los afectados en esta área minera y debemos opinar qué se debe hacer y cómo para preservar nuestros bosques".

En esa región las comunidades shuar trabajan en conjunto con el ministerio del Ambiente en el plan Socio Bosque y reciben una suma de dinero a cambio de conservarlos. Pero en comunidades como Macuma se plantean hacer su propio manejo de la selva sin esperar que el Estado -del que desconfían- planifique. Lo ven también como una manera de evitar que entre la minería.

Mantenerse "puros"

Al fondo de un enorme salón de actos en la sede gubernamental de Macas, el prefecto de Morona Santiago recibe en audiencia a gente llegada de lejos. Los escucha uno por uno y conversan en idioma shuar. Si Correa se vanagloriaba de haber construido carreteras, irónicamente Marcelino Chumpí tampoco se arrepiente de sus obras. "Nosotros hemos hecho vías por todos lados, dice, y obviamente esas regiones van incorporándose a un sistema de comercialización desordenado. Eso va a significar que el bosque sea el primer afectado. Ahora debemos avanzar en planificación y decidir cuál es el ordenamiento que vamos a tener para manejar el bosque en nuestro territorio. Porque en caso contrario, mineras y petroleras se nos vienen como una amenaza".

El mapa catastral petrolero muestra que hay nueve bloques planificados que ocupan más de la mitad de toda la superficie de la Morona Santiago, incluyendo los bosques primarios de su región oriental, y por el oeste hasta Macas, la capital. Nada indica entonces que esta deje de ser una de las provincias donde más se deforesta en el Ecuador. Más bien todo lo contrario: parece avecinarse una enorme destrucción, a menos que se haga un esfuerzo social por acordar qué futuro quieren para esta tierra y para sus hijos. El cambio climático está convirtiendo a los bosques en una inversión muy rentable.

En el censo nacional de 2010 Taisha era el más pobre de todos los cantones del Ecuador. Un atroz 98,7% de la población tenía sus necesidades básicas insatisfechas; y desde entonces, poco o nada ha cambiado.

En el censo nacional de 2010 Taisha era el más pobre de todos los cantones del Ecuador. Un atroz 98,7% de la población tenía sus necesidades básicas insatisfechas; y desde entonces, poco o nada ha cambiado. Eso torna difícil criticar a la gente desde la comodidad de una oficina e intentar hacerle entender que no debe cortar sus árboles y venderlos a cualquier precio. Era previsible que los indígenas terminarían por integrarse a la economía de mercado, pero sin saber cómo funciona. "Si algo les reprocho a los misioneros salesianos, reflexiona el prefecto, es que no nos enseñaron el valor del dinero, nos escondieron eso. Querían mantenernos 'puros' y nos decían que el que tiene plata no se va al cielo. Ahora tenemos que entrar en esa lógica de la economía y no estamos preparados. Nos va a llevar años..."

Se avecinan grandes cambios, tensiones y conflictos en Morona. Todos los sectores involucrados: estado nacional, autoridades provinciales, indígenas y mestizos aseguran estar comprometidos con la supervivencia de los bosques. Pero a pesar de la dramática tasa de deforestación no logran ponerse de acuerdo y avanzar en el ordenamiento territorial, tarea clave para un modelo de desarrollo planificado y sostenible que mejore las condiciones de vida de su población. Por eso Chumpí no es nada optimista: "Tenemos minería y petróleo, tenemos bosques, hidroeléctricas, cuatro factores económicos que dicen van a sostener la economía del país. Se nos viene la minería a gran escala, a cielo abierto, ¿y a eso llaman desarrollo? Yo no creo. La gente está talando bosques por la facilidad que da el propio Estado que no planifica, ¿eso se llama desarrollo? Yo no creo..."

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