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14 de Noviembre del 2015
Historias
Lectura: 9 minutos
14 de Noviembre del 2015
Juan Jacobo Velasco
París como línea de combate

Foto: Reuters Media Express Charles Platiau

Soldados del Ejército francés patrullan la Ciudad Luz, ante la previsión de nuevos ataques de extremistas islámicos. Aquí un soldado ante la catedral de Notre Dame. 

 

La Policia belga allanó varias casas en el suburbio de Molenbeek, en las afueras de Bruselas, en busca de sospechosos de participar en los atentados en Francia. 

El presidente francés, Francois Hollande, y miembros de su Gabinete, durante un minuto de silencio en la Universidad de la Sorbona, en homenaje a las víctimas.

En el contexto de la guerra en Siria, la crisis de los refugiados, las redefiniciones que está comenzando a afrontar la Unión Europea y las amenazas terroristas que este año se materializaron con los atentados de enero en la misma París, el ambiente que se vive en Europa es de tensión y de muchas amenazas que pueden desembocar en cambios abruptos.

El de la pasada semana parisina no es solo otro atentado a Occidente que escaló en dimensión luego de lo ocurrido en enero con Charlie Hebdo. Tampoco puede sostener el membrete único como una nueva horrenda escaramuza adicional en lo que se podría denominar “la guerra santa del extremismo islámico y el resto del mundo”, con Occidente como cara visible.

Por la dimensión, premeditación e impacto, el del 13 de noviembre en París fue un intento deliberado por perpetuar un ambiente de terror, de ese terror cerval que se comenzó a instalar globalmente tras la caída de las Torres Gemelas por una suerte de retroalimentación interminable de la violencia. Es como el vapor que empieza a salir cuando la olla llega a altas temperaturas. Diera la impresión de que en Europa esa olla está entrando en calor a niveles insostenibles.

Son muchos factores los que elevan las cotas: las complejidades y realidades que el sueño de la UE trajo aparejados tras la crisis financiera de 2008, los coletazos que genera la fuerza centrífuga del fundamentalismo islámico, la necesidad de los extremismos (ideológicos, religiosos, identitarios) de buscar chivos expiatorios, y de cómo los problemas de convivencia arriban al mismo punto común para todos. Esta definición puede ser un monólogo o un diálogo. Cuando hay oídos sordos, uno habla más alto. A los gritos. Sin escuchar, ver o sentir. Llegando a querer imponer la visión con el ratatán de una metralleta o el boom asesino de una granada.

Este clima crispado ya se ha empezado a sentir con fuerza, generando mayor presión para revisar las condiciones de libre movilidad en la UE y las políticas migratorias europeas como un todo.

En el contexto de la guerra en Siria, la crisis de los refugiados, las redefiniciones que está comenzando a afrontar la Unión Europea y las amenazas terroristas que este año se materializaron con los atentados de enero en la misma París, el ambiente que se vive en Europa es de tensión y de muchas amenazas que pueden desembocar en cambios abruptos. Este clima crispado ya se ha empezado a sentir con fuerza, generando mayor presión para revisar las condiciones de libre movilidad en la UE y las políticas migratorias europeas como un todo.

Los temas de seguridad nacional y la protección a los ciudadanos europeos ya se habían trasladado al marco de las principales preocupaciones europeas (en Francia, antes del magnicidio, era la segunda después del desempleo). Esa alza de la preocupación por la seguridad nacional se vio gatillada por eventos como los atentados parisinos de enero y la explosión del avión de turistas rusos en Egipto hace pocas semanas. Pero, con seguridad, las masacres de noviembre en la capital gala van a redefinir el orden de prioridades europeas, poniendo a la seguridad nacional como prioridad tanto a nivel individual como de bloque.

Francia había tomado varios resguardos luego de las masacres de enero del 2015. Me tocó visitar París hace pocas semanas, y era la primera vez que observaba un número masivo de policías fuertemente armados resguardando los centros neurálgicos y muchos espacios públicos de una ciudad hermosa que atesora un legado cultural, arquitectónico y patrimonial valiosísimo. Son justamente la sobriedad y belleza de los espacios públicos parisinos los que le dan su sello único de distinción. El espíritu de la ciudad siempre ha estado insuflado de una libertad extrema para movilizarse por sus calles y vericuetos, para encantarse con el libre albedrío de perderse en ella. Ahora se notaba más vigilancia en una metrópoli de movimiento permanente, que congrega a gente de todas las razas y religiones del mundo, lo que complejiza la convivencia y la seguridad.

El hecho de que a pesar de los esfuerzos por mejorar la seguridad en París se haya perpetrado un atentado aún más grande, ha aumentado la preocupación en Francia y en el resto de Europa. De pronto, la discusión sobre la crisis migratoria de este año dio un giro hacia el problema de la seguridad nacional de cada uno de los países miembros de la UE. Y esto va a tener una deriva política inmediata. El recientemente electo presidente polaco, Andrzej Duda, ya dio aviso de que no va a recibir a ningún refugiado que pida asilo en su país.

Lo que ha elevado las alarmas de la UE es la posibilidad concreta de que el Estado Islámico pueda ejecutar atentados en cualquier país europeo, sobre todo en aquellos que han participado activamente en las acciones de retaliación contra el grupo extremista islámico. Un atentado planificado y ejecutado con una frialdad y escala como el de París, que dejó 129 muertos y más de 300 heridos, quería enviar un mensaje: no hay capacidad real para impedir matar a la población civil en Europa.

Otro problema de fondo es el cambio de la lógica con la que se está leyendo las intervenciones de la UE en Oriente Medio. La crisis de los desplazados tiene mucho que ver con los capítulos de intervención, retirada y monitoreo de una política exterior europea sinuosa que ha larvado crisis humanitarias. Los casos iraquí y sirio son ejemplificadores. No obstante, hasta el momento el debate europeo parecía centrado en el conflicto moral frente a la decisión de aceptar a los miles de desplazados de los conflictos de oriente medio que han buscado urgentemente un asilo en la Unión Europea en 2015, algo que ni siquiera ha podido ser dilucidado en su conjunto.

El atentado en París puso por primera vez en el tapete de la opinión pública la palabra guerra y la posibilidad cierta de retaliaciones a objetivos continentales por parte de células terroristas yihadistas, como parte de un vendetta frente a lo que sucede en Siria e Iraq.

La discusión también había tomado el andén del debate sobre la libertad de expresión que se suponía era lo que estaba detrás de los asesinatos de los periodistas de Charlie Hebdo. Pero lo que ocurrió con los atentados de la semana pasada en París, puso por primera vez en el tapete de la opinión pública la palabra guerra y la posibilidad cierta de retaliaciones a objetivos continentales por parte de células terroristas yihadistas, como parte de un vendetta frente a lo que sucede en Siria e Iraq.

Es por eso que el múltiple atentado en París cambió el eje y las percepciones europeas hacia lo que podría denominarse como el inicio de algo parecido a un clima de guerra. Son los coletazos de las paranoias de seguridad nacional que, por ejemplo, han guiado la política exterior norteamericana desde el 11 de setiembre del 2001. Lo que preocupa son las consecuencias que la sumatoria de eventos como los atentados y el continuo flujo migratorio de desplazados sirios e iraquíes puedan provocar en la euro-política.

Junto con el miedo que gatilla la posibilidad de nuevos ataques terroristas, el fenómeno de los desplazados seguirá incrementándose a futuro a menos que el clima interno de los países en conflicto cambie, algo que nadie puede asegurar en el corto plazo. Las migraciones están produciendo nuevas reacciones xenófobas como se observó en República Checa, Polonia y Hungría, y están complicando los apoyos de Angela Merkel en Alemania. Probablemente se genere un patrón de respuesta política si es que los partidos xenófobos ganan más apoyo en las elecciones venideras.

Si partidos antimigrantes y mucho más duros en temas de seguridad nacional –como UKIP, en Reino Unido, o el Frente Nacional, en Francia– llegaran al poder, la propia supervivencia de la Unión Europea correrá un riesgo enorme. Esa es, en parte, la apuesta de grupos como el Estado Islámico: que Europa sea víctima del temor reactivo que genera el terrorismo y caiga en la trampa de un ojo por ojo que no tenga fin.

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