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11 de Mayo del 2015
Historias
Lectura: 30 minutos
11 de Mayo del 2015
Lizardo Herrera

Es PhD  por la Universidad de Pittsburgh y tiene una maestría en estudios de la cultura en la Universidad Andina Simón Bolívar y una licenciatura en historia en la PUCE. Es profesor en Whittier College, California, Estados Unidos. 

Ratas, ratones y rateros: entre el prohibicionismo y la farmacolonialidad

Una escena de Ratas, ratones y rateros, en la cual Ángel (Carlos Valencia), el protagonista fuma marihuana frente a su madre.

La historia del prohibicionismo está emparentada con una clasificación racial de origen colonial. La propaganda que utilizó Harry J. Anslinger, al mando del Buró Federal Antinarcóticos de los EE.UU. para difundir su cruzada en contra de la marihuana, recurrió a estereotipos abiertamente racistas, en especial, aquellos que acusaban a los negros e hispanos ya sea de transformarse en delincuentes peligrosos cuando consumían esta droga o de intoxicar a las jóvenes blancas para acostarse con ellas. Los prejuicios y pánicos raciales/sexuales fueron el germen que dio inicio a la guerra contra la droga, una guerra que adquirió un carácter global a lo largo del siglo XX.

La tradición de los oprimidos nos enseña que el
“estado de excepción” en que vivimos es sin duda la regla.

Walter Benjamin

Lizardo Herrera

PhD  por la Universidad de Pittsburgh y tiene una maestría en estudios de la cultura en la Universidad Andina Simón Bolívar y una licenciatura en historia en la PUCE. Es profesor en Whittier College, California, Estados Unidos.

Ratas, ratones y rateros (1998), película de Sebastián Cordero, en mi concepto, tiene tres de las escenas mejor logradas en la historia del cine ecuatoriano. La primera al inicio, cuando Ángel despierta desnudo en la cama de un prostíbulo en Guayaquil; la segunda, cuando el mismo personaje charla con su abuela discapacitada mientras le da de comer; la tercera, al final, cuando Ángel abandona a Marlon y se marcha de Quito. La droga, en particular, la pasta base de cocaína, es el elemento que une y le da coherencia estética a estas tres escenas. Por varios años, sin éxito, he querido interpretar estas imágenes de manera adecuada. Hasta hace poco, siempre me había topado con la imposibilidad de escapar tanto de las narrativas que describen desde posiciones moralistas el fenómeno de la droga como algo decadente y violento como de aquellas otras que caen en la idealización o lo ven exclusivamente como un tipo de resistencia contracultural.

Julio Ramos y yo hemos venido trazando una cartografía de la droga (narcografía) tanto en términos geográficos como conceptuales con el propósito de abordar el tema desde una perspectiva más compleja. En nuestro trabajo, desarrollamos el concepto de farmacolonialidad para comprender el carácter global de las rutas y las asimetrías tanto en los intercambios como en las políticas en torno a las drogas. Creo que en el caso de las escenas mencionadas, esta última categoría nos ayuda a evitar narrativas reduccionistas y a sacar el mejor provecho de las imágenes. Por eso, en este ensayo, a más de trazar una narcografía a partir del recorrido geográfico-social de la droga, analizo cómo en Ratas, ratones y rateros, aparece la dimensión colonial e imperial del prohibicionismo y la guerra contra la droga.

El periodista inglés John Hari, en su libro Chasing the Scream (Persiguiendo el grito), reconstruye la historia de la guerra en contra de la droga. Esta guerra se inicia en 1914 con la promulgación de la ley Harrison Narcotic Tax Act que prohibió la producción y el tráfico de los opiáceos, la coca y todos sus derivados sin receta médica. En 1919, entró en vigor la Ley Seca mediante la cual se prohibió la fabricación, transporte, importación, exportación y venta de alcohol en los Estados Unidos hasta que fue derogada en 1933. Pero es en la década de los 30 cuando la cruzada en contra de la droga adquiere su forma actual con la creación del Buró Federal Antinarcóticos al mando de Harry J. Anslinger. El objetivo de esta oficina era y es erradicar el consumo de estupefacientes no sólo en Estados Unidos, sino a nivel internacional, y su primera gran campaña fue ilegalizar la marihuana, meta que consiguió con la aprobación de la ley Marihuana Tax Act en 1937.

 

Billie Holliday, al cantar Strange Fruit denunció públicamente y en televisión nacional el racismo vigente en los Estados Unidos. Este gesto de rebeldía la condenó; pues Henrry Anslinger se obsesionó con ella y usó todo el poder de su aparato policial –el Buro Federal Antinarcóticos- para destruirla.

En el libro de Hari, hay una historia que tiene particular interés para el propósito de esta reflexión, la de la gran cantante de jazz, Billie Holliday (Eleanora Fagan), una mujer negra, criada en un barrio pobre de Baltimore, que sufrió una violación sexual cuando era apenas una niña. La cantante además de que tuvo una relación complicada con su madre, quien se ausentaba a menudo, creció en un ambiente lleno de abusos en donde se prostituyó a muy temprana edad. En este contexto precario/traumático, Billie Holliday repitió la historia de su madre, se convirtió en una adicta a la heroína.

De acuerdo con Hari, la vida de Holliday se cruza con la de Ansliger a través de la canción, Strange Fruit, que denuncia los linchamientos a la gente negra en el sur de los Estados Unidos en la década de los 30. Para entender este argumento, hay que tener en cuenta que la historia del prohibicionismo está emparentada con una clasificación racial de origen colonial. La propaganda que utilizó Anslinger para difundir su cruzada en contra de la marihuana recurrió a estereotipos abiertamente racistas, en especial, aquellos que acusaban a los negros e hispanos ya sea de transformarse en delincuentes peligrosos cuando consumían esta droga o de intoxicar a las jóvenes blancas para acostarse con ellas. Los prejuicios y pánicos raciales/sexuales fueron el germen que dio inicio a la guerra contra la droga, una guerra que adquirió un carácter global a lo largo del siglo XX.

Holliday al cantar Strange Fruit denunció públicamente y en televisión nacional el racismo vigente en los Estados Unidos. Este gesto de rebeldía, según Hari, la condenó; pues Anslinger se obsesionó con ella y usó todo el poder de su aparato policial –el Buro Federal Antinarcóticos- para destruirla. De acuerdo con el periodista inglés, su condición de adicta y su raza negra representaban dos de los aspectos más temidos por Anslinger. Su adicción la convertía en un “elemento contaminante” que atentaba en contra del ideal productivista/disciplinario y el color de su piel chocaba con el racismo segregacionista de los Estados Unidos.

Si damos un salto al presente, esta historia de opresión y exclusión no ha terminado. Sigue vigente en los barrios pobres y negros de Baltimore por donde anduvo Holliday. En estos barrios, el narcotráfico y el consumo de drogas son bastante visibles, buena parte de sus habitantes está condenada a ir a la cárcel en algún momento de su vida y, hace pocos días, se produjeron grandes motines como reacción a la continua e injustificada brutalidad policial.

Ratas abre con la imagen de Ángel desnudo y con un gran hematoma en su ojo izquierdo. Su cuerpo, en este caso, y en contra de la personalidad picaresca o cínica del personaje, nos muestra un ser maltratado, cuyo dedo meñique ha sido mutilado por una cuestión de deudas con el chulco. Ángel toma asiento en la cama, prepara su cigarrillo de base, lo aspira tanto por la nariz como por la boca y luego bebe alcohol. Está agitado e intranquilo. Se levanta un par de veces, abre con mucho cuidado la puerta de la habitación para chequear si viene alguien. Su novia, una prostituta, trata de consolarlo y lo invita a tener relaciones sexuales. La escena, sin embargo, termina abruptamente y con violencia. Dos hijos de una mafiosa a quien Ángel debe dinero, fuerzan la puerta y entran en la habitación; él los golpea y escapa para minutos después matar a uno de ellos sin darse cuenta en un cementerio cercano.

En esta escena, hay rasgos importantes de la farmacolonialidad contemporánea. El burdel barato marca un contexto de exclusión. Allí se trafican cuerpos y sustancias que nos recuerdan la vida de Billie Holliday en Baltimore. Los intercambios son ambiguos, o sea, legales e ilegales al mismo tiempo; pero siempre al interior de un contexto de precariedad y violencia. Los fantasmas que atormentaban al moralista Anslinger reaparecen. Vemos una “vida desenfrenada” atrapada por el sexo, la violencia y la presencia de personas que aunque no son de piel negra, son de color, exconvictos como Ángel o extranjeros (migrantes) como la prostituta, quien por su acento sabemos que es colombiana.

Esto quiere decir que la cruzada de Anslinger en lugar de erradicar o “solucionar” el consumo de estupefacientes, lo torna problemático y violento. La oferta y la demanda de drogas no desaparece, sino que se desplaza a la clandestinidad y, por ende, queda en manos del mercado negro. La violencia en la escena, por otra parte, no la provoca Ángel; por el contrario, lo vemos golpeado y con un dedo mutilado. Sus acciones son reacciones rápidas con el fin de protegerse y mantenerse vivo. Esto significa que la ilegalidad o paralegalidad produce violencia. Ángel la sufre en su cuerpo y la mejor respuesta que tiene es responder con más violencia ingresando así en una espiral que no puede controlar y no cesa de crecer.

No obstante, hay que ser cuidadosos porque en esta escena, ilegalidad o paralegalidad no se contradicen con lo legal. Aquí, la ley crea la ilegalidad o paralegalidad. Dicho de otro modo, la violencia no se produce por la falta de la ley o la ausencia del Estado, sino justamente por el funcionamiento de la ley y del Estado. En el caso del narcotráfico, el sistema lo promueve, pues al ilegalizar los estupefacientes crea el escenario perfecto para que este negocio sea extremadamente rentable y prospere bajo el control de las mafias.

El jurista alemán Carl Smitt, en El nomos de la Tierra, sostiene que la soberanía moderna parte de una división lineal del mundo que divide un interior de un exterior. En el interior, prima la legalidad y el respeto a la soberanía de los Estados. El exterior, en cambio, consiste en un estado de excepción; esto es, un espacio de ambigüedad absoluta en donde la legalidad es suspendida y todo queda a merced del soberano. En el primer espacio, el imperio de la ley es la norma y la violencia la excepción; en el segundo, la violencia o el caos son la regla y no la excepción. En términos geográficos, el interior coindice con el territorio europeo o lo que se conoce como Occidente y si usamos categorías raciales, se trata de un espacio blanco; mientras que el exterior es el de las antiguas colonias habitadas en su mayoría por personas de color y cuyos territorios/recursos eran/son altamente codiciados por las grandes potencias.

Si retomamos la cruzada de Ansliger, vemos que reproduce la linealidad de la soberanía moderna. La guerra contra la droga parte de una concepción de pureza de tipo colonial; esto es, racista, sexista y clasista como se ve con claridad en la campaña para ilegalizar la marihuana. El miedo al contagio desemboca en la creación de un apartheid en donde “los sujetos no deseados o indeseables” –los adictos, los migrantes y la gente de color- son desplazados hacia los márgenes (barrios pobres, cárceles, etc.). En los márgenes o el exterior, la policía actúa sin restricciones legales debido a que opera en territorios o sobre sujetos considerados como una amenaza para la seguridad interna. Las mafias, por su parte, representan la otra cara de la moneda, pues protegen o extorsionan a aquellos que han sido desplazados por la legalidad.

 

Al construir un aparato de policía a nivel internacional, la guerra en contra de las drogas sigue un diseño imperial. Los Estados Unidos presionan al resto de Estados para que cambien sus legislaciones nacionales adecuándolas a los dictados prohibicionistas, cuyas penas son totalmente desproporcionadas.

Al construir un aparato de policía a nivel internacional, la guerra en contra de las drogas sigue un diseño imperial. Los Estados Unidos presionan al resto de Estados para que cambien sus legislaciones nacionales adecuándolas a los dictados prohibicionistas, cuyas penas son totalmente desproporcionadas. En muchos países, los delitos por narcotráfico son castigados con mayor severidad que los homicidios. Esta cruzada, por otra parte, se transforma en un negocio a escala global. El presupuesto militar, policial y el de las prisiones crece enormemente. En este sentido, ya no se trata de apropiarse de la tierra ni de los recursos de las colonias como lo sostiene Schmitt, sino que los procesos de acumulación se dan a partir de la existencia misma del estado de excepción. La intervención militar, policial o carcelaria en el exterior garantiza el acceso a ingentes recursos económicos. Mientras que, al otro lado de la moneda, la ilegalización de la droga potencia el mercado negro tanto de narcóticos como de armas con el consecuente incremento de la violencia.

En las escenas de Ratas..., a pesar de que no vemos el funcionamiento de los aparatos policiales directamente ni se aprecia la división geográfica de la soberanía moderna porque no hay fronteras definidas, el burdel que da inicio a la película representa el exterior en tanto allí prima el estado de excepción. Se trata de un espacio ambiguo en donde se llevan a cabo actividades lícitas e ilícitas al mismo tiempo. En este tipo de lugares, los cuerpos son usados, maltratados o mutilados –deshumanizados-, y el consumo de estupefacientes, los excesos, la violencia o hasta la muerte son algo cotidiano. Lo interesante de la película, sin embargo, es que trasciende las divisiones de la soberanía moderna y saca a relucir los fallos de la cruzada de Anslinger.

El exterior, representado por Ángel, no permanece en los márgenes, sino que con su huida a Quito ingresa en el interior. En la capital ecuatoriana, entra en contacto con su primo Salvador, quien vive en una especie de frontera. Por un lado, Salvador es un chico ingenuo que quiere y respeta a su gente; por otro, fue expulsado de la academia militar por asistir chuchaqui (resaca alcohólica) y agredir a un teniente. Se trata de un delincuente menor que participa en el robo de partes de vehículos. Salvador y sus amigos, Mayra y Marlon, tienen un ritmo de vida intenso (aunque no tanto como el de Ángel): fuman marihuana, se emborrachan, roban; pero mantienen ciertas “normas” al valorar la amistad y “no hacer cagadas a los de uno”.

Salvador también representa una frontera en lo que respecta a la clase económica. Aunque es de clase media baja, tiene contacto directo con las clase altas, gracias a su prima, Carolina, una chica de clase media alta. Este contacto permite que Ángel, el marginal, conozca al acaudalado J.C. (Julio César), el novio de Carolina, con quien trafica una pistola, drogas y hasta planifica un “autorrobo”. Desde el punto de vista narcográfico, el exterior provee drogas, “contamina”, al interior. Salvador consigue marihuana para su prima; Ángel le regala un poco de base (“tóxico”) a J.C. y le ofrece conseguir otras drogas. Esto significa que aquello que el diseño geopolítico global desea mantener al margen, se filtra al interior y en la película, desemboca en una espiral incontenible de muertes y asesinatos.

Pero haríamos mal al interpretar Ratas como un ejemplo que refuerza el prohibicionismo represivo. No cabe duda de que Ángel es un tipo violento y cínico, mas no es correcto reducirlo a la imagen prejuiciada del “criminal o drogadicto violento” que promovía Anslinger. Los hematomas en su cuerpo y la falta de uno de sus dedos muestran que él también es objeto de una violencia extrema y vive con el constante temor de morir en cualquier instante. Cuando le dice a Salvador, “Yo ya no voy a ningún lado” en la terminal de buses de Guayaquil y mientras está muy malherido, Ángel sabe que no hay salida para él, que se hunde cada vez más conforme suceden las cosas.

En este sentido, la violencia de Ángel no es aquello que la cruzada en contra de la droga quiere prevenir o combatir, sino su resultado más evidente. Esta guerra, en primer lugar, no mejora la vida de los adictos, la empeora porque complica su acceso a las drogas. Los adictos no abandonan el consumo de narcóticos ingeniándose otras alternativas para proveerse de ellos. Estas alternativas en muchas ocasiones se tornan violentas y los ponen a merced de las mafias o la represión policial. Ángel es un gran ejemplo de este proceso. Por un lado, tiene problemas con el chulco porque tuvo que endeudarse mientras estuvo preso; por otro, su ritmo de vida lo mete en un torbellino que lo va tragando irremediablemente.

En segundo lugar, Ángel no es un agente infeccioso que contamina la seguridad interna. Por el contrario, el consumo de drogas de J.C. o Carolina mueve el mercado negro y los procesos de acumulación del narcotráfico. En otras palabras, no es cierto que un “agente externo” contamina o desestabiliza la paz interna. La demanda de estupefacientes por parte de los jóvenes de las clases acomodadas, el autoritarismo imperante y las diferentes formas de exclusión social son los verdaderos generadores de violencia tanto en el interior como en el exterior.

En la segunda escena mencionada al inicio de este ensayo, Ángel charla con su abuela mientras le da de comer. La señora está sentada en su silla de ruedas y lo mira impasiblemente, pues a más de que no puede moverse es incapaz de hablar. Con su mirada, solo puede ser un testigo mudo de los eventos que suceden a su alrededor sin tener la menor incidencia en ellos. Su nieto arma otro cigarrillo de base y se intoxica. Se queja de eventos traumáticos para ambos. Dice que primero murió su madre, ahora parece que morirá su tío, el padre de Salvador a quien el otro de sus perseguidores golpeó salvajemente. Se queja además de que su primo ya no le hace caso ni se preocupa por ella ni por el muerto que está al interior de la vivienda (aquel que golpeó a su tío y que Salvador mató accidentalmente).

En el monólogo de Ángel, hay dos frases sobre las que quiero reflexionar con mayor detenimiento. La primera, “Así es la vida abuelita. A la final, sólo quedamos los dos: usted y yo”. Si pensamos en los resultados de la cruzada en contra de la droga, Ángel tiene razón, solo quedan los dos. Ambos han sido estropeados por la vida tanto física como afectivamente. La abuela representa los cuerpos abusados que no tienen capacidad para responder ante la violencia perpetrada. Su nieto, en cambio, aquellos otros que responden a la violencia con más violencia a pesar de las cicatrices o mutilaciones que aparecen en su cuerpo.

La segunda, “Pero no se puede así. Tarde o temprano las cosas regresan a uno y hay que enfrentarlas”, muestra el fracaso de la guerra de Anslinger en toda su magnitud. Aquello que es reprimido/excluido siempre retorna y el retorno de lo reprimido sucede de maneras inesperadas. Ángel regresa a Quito, pero su regreso es caótico. Los principios soberanos y biopolíticos de la cruzada en contra de la droga, se ven superados, pues aquello que se quiere reprimir, el consumo de estupefacientes, no desaparece; por el contrario, crece y adquiere tintes cada vez más problemáticos.1  En otras palabras, la cruzada en contra de la droga solo puede garantizar el incremento de la exclusión, la represión y, por ende, una violencia cada vez mayor. Ángel lo sabe, no tiene la inocencia de su primo. Por eso, enfrenta la violencia que recibe con más violencia; pero además tiene plena consciencia de que su exclusión es permanente y no tiene más opciones que las que le brida la ilegalidad. Ángel, sin embargo, no se queda en el lamento, se adapta o fluye en función de cómo se le presentan las cosas; esto es, asume con decisión la delincuencia y no da importancia al hecho de que sus acciones dañan a quienes están a su lado.

La cruzada contra la droga es una historia moralista y productivista. La rehabilitación moral y social del sujeto es uno de sus objetivos Sin embargo, esta historia fracasa.

Lo dicho nos conecta con la tercera escena. J.C. tiene una fascinación por la armas. Antes le había comprado una pistola a Ángel, la cual perdió en un altercado. Luego robó una de las mejores pistolas de la colección de su padre y también la perdió. Con el propósito de encontrar una excusa, preparó un “autorrobo” en su propia casa y le pidió ayuda a Ángel. El plan del “autorrobo” se viene abajo por el regreso imprevisto de los padres a la casa mientras Ángel y Marlon la estaban atracando. El padre le dispara a Marlon y lo hiere. Ángel mata al padre y se fuga con Marlon, quien en medio de la huida le pide detenerse para conseguir ayuda médica y curar su herida. Ángel le dice que se apure. Mientras lo espera, arma otro cigarrillo de base; inhala otra vez por la boca y por la nariz, sonríe y decide abandonar la ciudad y a su amigo.

La cruzada contra la droga es una historia moralista y productivista. La rehabilitación moral y social del sujeto es uno de sus objetivos Sin embargo, esta historia fracasa. Primero en la prisión, Ángel no se rehabilitó, sino que se transformó en una persona más violenta. Segundo, tampoco se convirtió en un ciudadano productivo, por el contrario, continúa robando, metido en negocios ilícitos y mató por lo menos a tres personas (al primero sin intención, pero a los otros dos con total conocimiento de causa y sin ningún tipo de remordimiento). Tercero, la historia de Ratas no es una historia de triunfo o de crecimiento personal. Ángel le dice a Mayra que quiere salir del Ecuador, irse para Colombia o Estados Unidos. Ella le pregunta, “¿Qué vas a hacer? Y él responde: “Hacer lo mismo”.

Ángel sabe que no va para ningún lado y su frase “hacer lo mismo” lo ratifica. Geográficamente puede moverse de una ciudad a otra, de un país a otro; pero afectivamente no va a ninguna parte. Al final del filme, fuma su cigarrillo de base, sonríe y sigue con su vida. Pero seguir su camino no significa cambiar su posición social ni adquirir una conciencia moral, sino mantener su ritmo de vida y evitar los golpes que le llegan por medio de la mafia, la cárcel, el destino, etc.

Si regresamos a la cruzada de Anslinger, en lugar de ver a Ángel como un ejemplo de la imagen prejuiciada del “criminal o drogadicto violento”, es mejor entenderlo como el retorno de lo reprimido. El moralismo de Anslinger, aterrado al contagio, reprime el consumo de drogas a través del ejercicio extremo de la violencia. Sin embargo, cada golpe que Ángel recibe en lugar de derrotarlo, lo vuelve más resistente. Esto significa que el “sujeto indeseable” de Anslinger crece, se multiplica y para combatirlo se necesita usar mayores dosis de violencia; pero nunca logra someterlo y así quedamos atrapados por la espiral que nos muestra la película.

Por otra parte, convendría seguir la pista de las pistolas. La venta de armamento se da tanto en el ámbito legal como en el ilegal y la cantidad de dinero que mueve es exorbitante. En este sentido, tendríamos que preguntar si a la cruzada en contra de la droga realmente le interesa neutralizar a personas como Ángel o si depende de que estos sujetos se vuelvan más violentos para justificar su existencia. Si lo segundo es lo correcto, estaríamos diciendo que la exclusión social ha devenido en uno de los negocios más rentables en la actualidad y expandirla significa ampliar las posibilidades de utilidad económica. Si la respuesta es la primera opción, sabemos que ilegalizar la droga y criminalizar a los adictos ha sido contraproducente debido a que la violencia ha crecido, las prisiones se han llenado y las desestructuraciones sociales se han vuelto más traumáticas y difíciles de afrontar. Lo cierto es que la estrategia de Anslinger ha creado un violento estado de excepción en donde ya no sabemos si la meta es erradicar el consumo de estupefacientes o, en su defecto, garantizar los procesos de acumulación mediante la implementación de aparatos de seguridad cada vez más complejos, la creación de nuevas instituciones de control, la construcción y administración de más cárceles o la continuidad del tráfico de armas y de estupefacientes en el mercado negro.

“Pero así no se puede. Tarde o temprano, las cosas regresan a uno y hay que enfrentarlas”. Tal como pasó con Billie Holliday, las historias de la violencia, la adicción y los traumas se repiten. Al final de Ratas, Salvador pierde la inocencia y cobra conciencia de que él tampoco tiene a donde ir. El limbo de la exclusión social lo ha capturado por completo. No sabemos si tomará el camino de Ángel o el de su abuelita; únicamente nos queda claro que se quedó solo, sin alternativas y con el futuro prácticamente clausurado.

La canción de Billie Holliday, Strange Fruit, denunciaba, la vigencia de la colonialidad y la opresión por medio de las clasificaciones raciales o prejuicios. Ratas, ratones y rateros da cuenta de la linealidad de un modelo geopolítico imperial en el que los prejuicios y la exclusión continúan. En ambos casos, la muerte violenta sigue siendo un lugar común. Al inicio de la guerra en contra de la droga, Billie Hollyday  sufrió en su propio cuerpo el exceso de una represión que la llevó a la muerte. La historia de esta gran cantante se repite en Salvador, Ángel y la abuela. Al igual que Salvador, ella perdió violentamente la inocencia a temprana edad; como Ángel y a pesar de los golpes sufridos, mantuvo su espíritu rebelde y como la abuela, terminó postrada en la cama de un hospital en donde murió en soledad. “Tarde o temprano las cosas regresan a uno y hay que afrontarlas”, nos dice Ángel, lo malo es que solo las vemos regresar, pero no sabemos cómo afrontarlas. Con la cruzada en contra de la droga, estamos repitiendo una historia de exclusión y represión, cuyo resultado no puede ser otro que la perpetuación e intensificación de la violencia.


1 Si usamos las contribuciones de Michel Foucault, la guerra contra las drogas son un mecanismo de control tanto soberano como biopolítico. Esta cruzada no solo “hace vivir o deja morir” a partir de la intervención gubernamental y sus tecnologías disciplinario/regulatorias (en donde se destacan la medicina o los servicios sociales), sino que todavía “hace morir o deja vivir” a través del ejercicio extremo de la violencia por medio del funcionamiento de un gigantesco aparato represivo sea de carácter legal o paralegal.

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