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2 de Julio del 2014
Historias
Lectura: 35 minutos
2 de Julio del 2014
Antonio Villarruel. Especial para Plan V
Río, agridulce resonancia

Foto: ovaciondigital.com.uy

La limpieza social a la que fueron sometidas las calles de Rio de Janeiro causó rechazo en todo Brasil y y fue el punto de arraque de las protestas, solo opacadas por ahora por el Mundial de Fútbol.

 

Una crónica descarnada de Río de Janeiro, la metrópoli que es el rostro de un Brasil que quiere aparecer en un eterno carnaval, sin pobres y sin negros. Pero este imaginario maquillado para el Mundial de Fútbol y las Olimpiadas del 2016 sucumbe ante una realidad que la pluma descarnada de Antonio Villarruel muestra para nuestros lectores.

Santa Teresa. Dos Negros.

Esto sucede en el barrio de Santa Teresa, un enclave turístico y residencial de clase media alta colgado con las uñas de uno de los morros. Lo observo acontecer allí, pero bien podría transcurrir en cualquier lugar de Rio de Janeiro. Son las seis y media de la tarde, la luz se repliega, las ventanas de las cafeterías y las tiendas de recuerdos y las casas y departamentos están abiertas de par en par. Un taxi baja una empinada calle en dirección a Lapa, el barrio de las putas, de los turistas en búsqueda de desenfreno, de los niños bien, de la izquierda divina y liberal, de los drogadictos y los camellos. A contraflujo aparece una motocicleta con dos hombres negros vestidos deportivamente. Dura menos de un segundo el tiempo en que ambas máquinas móviles se intersectan. La calle es angosta y la motocicleta debe parar para que el vehículo continúe. Entonces el taxi pasa. Lleva pasajeros. La motocicleta sigue su camino.

Algo en ese contacto mínimo activa la sospecha de un automóvil del BOPE (Batalhão de Operações Policiais Especiais), apostado sobre una vereda estrecha de la cuesta sinuosa, que se lanza arrebatado, haciendo chillar sus frenos, en caza de la motocicleta. No existe persecución: la escena de película carioca, prolífica en tiros, acaba allí. Los dos jóvenes bajan de la motocicleta con sus rostros resignados, son llevados hacia la pared entre insultos y empellones de los policías militares. Son examinados a fondo: las pupilas, la boca, el pelo. Son obligados a desvestirse, a mostrar su torso y su abdomen. Se les palpa los testículos. Se les ordena que se retiren. Los hombres del BOPE (tres, cuatro) suben al auto, lo estacionan donde anteriormente estaba y la calle retoma su normalidad.

Nadie sale por las ventanas a ver. Los dos muchachos negros se esfuman, barrio adentro, en dirección a Prazeres, una de las más de 150 favelas de la ciudad.

Boutique carioca

Mujeres rubias, altas, un tajo desde la rodilla hasta arriba en la falda roja: gritan, gesticulan mientras hablan por teléfono y entran de golpe en un taxi...

Aterrizar en el aeropuerto Santos Dumont, de Rio, debe ser una de las proezas más notables de la aviación comercial contemporánea. A solamente dos kilómetros del microcentro de la ciudad, con dos pistas de apenas mil doscientos y mil trescientos metros rodeadas de agua, edificios patrimoniales, muros de contención y playas, la base aérea sirve ahora como nudo aeroportuario para vuelos internos, procedentes principalmente de Sao Paulo, ciudad con la que Rio ostenta un tráfico aéreo de un vuelo cada diez minutos. Para aterrizar o despegar, el avión debe vérselas con morros o montañas que emergen de la ciudad por decenas. No es raro observar algunos aeroplanos desde las playas, esperando su turno y sobrevolando a una altura bajísima.

Desde los aparatos el paisaje es impagable: la ciudad se despliega enteramente, dándole la frente al mar y a los cerros cariocas, con sus hondonadas, sus gigantescos parques urbanos, sus oscilaciones y pendientes. Los automóviles parecen micro-machines; la gente, granos de arena. Cuando la nave se sumerge en una velocidad vertiginosa, trompa al piso casi, los cerritos y peñones simulan obstáculos de juego de Nintendo. La pista aparece de pronto, providencial, y la mayoría de pasajeros se aprestan al frenazo del avión, maniobra obligada para que no termine fuera de pista.

Santos Dumont respira la bonhomía carioca. Desde los ventanales azulados de las salas de espera se divisa la pista y más allá un mar bondadoso. Hay en sus pasarelas un cándido aire a inocencia, la simulación de una boutique desenfadada, casi improvisada. Aparece gente con un sutil apuro transitando por las pasarelas del aeropuerto. Otros se detienen a observar las joyas de H. Stern o los escasos juguetes alusivos al mundial de fútbol. Parejas tomadas del brazo que arrastran livianas maletas de rueditas. Mujeres rubias, altas, un tajo desde la rodilla hacia arriba en la falda roja: gritan, gesticulan mientras hablan por teléfono y entran de golpe a un taxi. Sus pasos, el seco sonido de sus tacos, tan acompasados. Hombres de traje negro haciendo tiempo en una de las perchas de energía que cargan teléfonos. Alguien que acabó de comprar Folha de Sao Paulo.

Ya lo anotó Walter Benjamin y vale la pena escribirlo de nuevo: las ciudades modernas, y tanto lo es Rio, cargan el peso de la heterogeneidad temporal. En la ciudad se viven tiempos y épocas diferentes. Cada ruta, cada barrio parece ser resueltamente distinto al próximo. Sin embargo, Rio sincopa un latido común: la ciudad emana todavía, como en tantas ocasiones en la historia republicana brasileña, el peso histórico y cultural que logró que fuera vista como el espejo total que resume lo brasileño. Parece dictar que el Brasil se construye a partir de lo que ella puede ofrecer, sustituyendo, así,  aquello que acontece en el resto de un país que tiene el tamaño de un continente.

La “velha caixa de ressonância nacional”, como la llamaron durante el siglo XX, se las arregla para congeniar de forma tan equilibrada aquella tensión entre lo local y lo cosmopolita, entre lo espontáneo y la sosa repetición turística. Santos Dumont es la silueta vacía de un Rio que también gusta: el de la ciudad descafeinada, que camina sosa al ritmo de un bossa ambiental y que muestra su mejor cara, la de la magia corpórea, la del mar manso y voluptuoso, la de los seres bellos despeinándose levemente por el viento del fresco artificial. El aeropuerto huele a café, rebota los colores de las piedritas semipreciosas del duty free, reclama ser más que dos pistas al borde del mar y el centro.

Amor y control

Uno de los primeros sonidos que se escuchan al salir del ambiente aséptico y climatizado del aeropuerto es el de los helicópteros. Varios de ellos orbitan en la ciudad que, con ese ruido de aire batido, parece presa del asedio de un ejército enemigo. La verdad no es tan lejana. Desde el 2008, el gobierno federal, con las administraciones de los estados (provincias) brasileños, ha puesto a  trabajar a la policía, la policía militar y el ejército en varias maniobras de incursión en las favelas de las principales ciudades brasileñas, con el objetivo de eliminar el tráfico de drogas y pacificar la zona.

El Plan Maestro de incursión en Río cuenta con Unidades de Policía Pacificadora. una de las políticas de la presidenta Dilma Roussef que más polémicas despierta día a día en Río y en todo Brasil.

De hecho, el plan maestro de incursión en Rio de Janeiro cuenta con “Unidades de Polícia Pacificadora”, las UPP, batallones cuya tarea es librar a la población de las favelas de las mafias, y disminuir la violencia producida como fruto del enfrentamiento entre ellas. Sin embargo, una percepción amplia entre la gente en Rio refiere a estas unidades como estrategias que trabajan menos por traer la paz que por pelear a brazo partido para dejar los espacios libres a mafias conchabadas con la policía.

Hacia mediados y finales de abril, cuando las operaciones policiales y militares han sido retomadas en Rio de Janeiro, los helicópteros flotan por el aire hirviente y espeso de la ciudad, y centenares de vehículos del ejército, el BOPE o la policía estatal se agencian un puesto en el caos vehicular con sus sirenas ululando a todo volumen. Por momentos, cuando se ven a tres o más automóviles salir despavoridos en dirección a las favelas, ya se sabe que alguna operación ha sido concertada.

Una de las políticas de la presidenta Dilma Rousseff que más polémica despierta día a día en Rio y en todo Brasil. Las denuncias de tortura, muertes por balas perdidas, ejecuciones in situ y corrupción policial se multiplican. Las UPP son conocidas, entre risas, como las “Unidades de Porrada em Preto”, o “Unidades de Paliza al Negro”. El índice de violencia en la ciudad ha crecido: 38 000 desaparecidos, 31 000 tentativas de homicidio, fuera de las 5 677 muertes derivadas de intervenciones policiales en los ocho últimos años en la ciudad. Más de 500 muertes al mes, según cifras que publica el diario español El País, que cita a la ONG Rio de Paz.

A Amarildo Dias de Souza le llegó la fama en ausencia. Este ayudante de albañil y cargador, de 43 años según algunas fuentes y 48 según otras, negro, analfabeto y habitante de Rocinha, una de las favelas en que la policía había ingresado para eliminar el comercio de drogas, desapareció el 13 de julio de 2013 cerca de su casa, después de que integrantes de la UPP de su barrio lo detuvieran. Dejó seis hijos huérfanos que ahora sobreviven gracias a la ayuda de su madre y su tía. La operación policial que hizo que Amarildo se volviera humo contó con más de 300 policías y tuvo como nombre “Paz armada”. Inicialmente, según fuentes oficiales, Amarildo fue confundido por un narcotraficante. La policía alegó que ese día las cámaras del edificio de la UPP estaban dañadas y que los rastreadores satelitales de los vehículos policiales estaban desconectados. Sin embargo, las 82 cámaras restantes de la favela estaban funcionando con normalidad.

La familia de Amarildo pasó a formar parte del programa de testigos protegidos del Estado de Rio de Janeiro. El gobernador, Sérgio Cabral, ofreció movilizar a todo el estado para encontrar el cuerpo del hombre, pero hasta el día de hoy Amarildo solo es memoria. Meses más tarde, La División de Homicidios de la Policía Civil de Río de Janeiro constató que de Souza fue torturado dentro de la Unidad de Policía Pacificadora (UPP).  También fue sometido a choques eléctricos y asfixiado con una bolsa plástica dentro del predio policial. Al padecer de epilepsia, no resistió la sesión de tortura a la que fue sometido por parte de la policía, con la creencia de que iba a develar el paradero de armas guardadas por narcotraficantes.

Nadie sabe con certeza por qué, pero la muerte de Amarildo, una de tantas, al fin y al cabo, prendió la mecha de una ciudad que poco a poco iba acostumbrándose a saldar las disputas entre la policía y el crimen organizado en los barrios populares con muertos inocentes.

Cláudia da Silva Ferreira fue alcanzada por una bala de la policía.  Fue recogida por oficiales  y lanzada a la parte trasera del vehículo. 

A la de Amarildo se sumaron las muertes de Anderson Santos Silva, de 21 años, que pereció por un fuego cruzado; de Emanoel Gomes, que fue atropellado por un blindado del BOPE, y de Cláudia da Silva Ferreira, de 38 años, habitante del barrio de Morro da Congonha, quien salió a comprar pan el pasado 16 de marzo y fue alcanzada por una bala de la policía. Cláudia fue recogida por oficiales y lanzada a la parte trasera del vehículo, con la mala fortuna de que su cuerpo resbaló del balde de la camioneta y fue arrastrada 350 metros, antes de que los habitantes avisaran a los policías. Llegó muerta al hospital.  Dilma Rousseff, así como el gobernador Cabral, manifestaron sus condolencias. Cabral fue aún más allá: dijo que los agentes "actuaron de forma repugnante, inhumana y responderán penalmente por la barbarie que han perpetrado”. Alexandre Fernandes da Silva, viudo, manifestó que Claudia no se encontraba dentro de un tiroteo: “Ellos le dispararon de frente.  No hubo ningún tiroteo. Ella fue baleada en el pecho y en el cuello. Ellos llegaron en el medio del tumulto, vieron algo y dispararon”, relató, según la Agência Brasil.

Casi siempre pobres, casi siempre negros, casi siempre sin mayores amistades con el aparato de justicia brasileño. Numerosos grupos de todo el espectro socioeconómico brasileño comenzaron a movilizarse para demandar el esclarecimiento de la desaparición de Amarildo y otras tantas que habían ocurrido anteriormente. Mientras tanto, al compás de la demora de la construcción de los estadios brasileños, varios trabajadores agrupados decidían ir a huelga por lo que veían como un despropósito: vaciar las arcas nacionales a favor de la construcción de una infraestructura gigantesca.

Solamente el Mundial de Fútbol de junio cuesta más de lo que llegaron a representar las adecuaciones de los estadios y la organización de los dos torneos pasados, en Sudáfrica y Alemania: 3.712 millones de dólares solamente los recintos, un costo tres veces superior al presupuestado; hasta 12 700 millones de dólares todo el torneo, según la revista Veja. Mientras los médicos se iban a la huelga, los sindicatos y las organizaciones vinculadas a los estudiantes protestaban en las calles de las principales ciudades brasileñas, entre ellas, por supuesto, Rio. Luiz Inácio Lula da Silva, acreedor todavía de una popularidad alta entre los sectores populares, intenta convencer que la Copa del Mundo iba no representa solamente entrada de dinero para amplios sectores de la población, sino que supone la culminación del orgullo futbolero brasilero.

Lo cierto es que las protestas vinculadas al desproporcionado costo del Mundial de Fútbol fueron solamente el detonante: desde 2008, año en que se inició en la favela de Santa Marta la incursión policial, manifestaciones debidas al aumento de la criminalidad, a la impunidad de la corrupción, a la tremenda inflación que vive Rio o a la agresividad de las obras públicas que desplazan a los barrios populares, han inundado las principales avenidas cariocas. Y han logrado que solamente el 36% de los brasileños apruebe abiertamente la fiesta del fútbol.

Pero hay otra visión, también. El video encargado al director de cine Fernando Meirelles, director de Ciudad de Dios, ha promocionado  la candidatura de Rio de Janeiro para los Juegos Olímpicos de 2016 desde que la ciudad fue tan solo un candidato con buenas opciones. Con pretexto del Mundial de Fútbol  ha vuelto a circular el spot publicitario: Rio es allí una ciudad que vive solamente explotando su sector sur, el más cercano a las playas, y que incluye los barrios de Botafogo, Ipanema, Leblon, Gávea, São Conrado, Vidigal, y algunas favelas dentro de este perímetro que han entrado en un plan de “estetización”:  paseos turísticos, construcción de hoteles de lujo, instalación de comercios de élite y mejora del transporte público.

Vale la pena observar con detalle los dos minutos que dura el montaje: Rio no solamente parece una ciudad aislada de todos sus inconvenientes. Es, además, según el video, una ciudad sin negros. Pero también una ciudad de permanente carnaval, como si el mes de febrero se hubiese quedado estancado todo el año en las calles, las playas, las plazas y las favelas. Lapa, en lugar de estar cercado por cientos de policías que resguardan a los visitantes de la violencia, parece vivir la efervescencia de la libertad, una libertad de enamorarse también. Leblon, el barrio con el precio de metro cuadrado más caro de América Latina, parece haber desterrado a su vecina Rocinha, una de las favelas que más violencia ha generado estos años, a la que se llega en tan solo diez minutos. 

Si hay tomas de favelas, uno sale con la idea de que a la gente le gusta en serio vivir allí, o que se ha acostumbrado exitosamente y nimiedades como las guerras intestinas por el control de la venta de drogas, la falta de servicios básicos o la seguridad ciudadana, son pretextos de quejicas. Rio parece ser una ciudad de constantes atardeceres, en que la ira de los interminables atascos de tráfico ha desaparecido y cuya capacidad reactiva siempre se manifiesta alegría mediante. Muchachas mestizas bellísimas montando en bicicleta, los morros como inocentes testigos de una ciudad-alegría, la opulencia sublimada hasta el punto que parece de buen gusto ser tan rico, tan feliz, tan vital en la ciudad de Amarildo.

Magic favela

Lo que a Rio de Janeiro la vuelve una experiencia urbana irrepetible es, al mismo tiempo, su maldición. Las decenas de barrios pudientes y de favelas que se amontonan en el sector meridional de la ciudad luchan por ganarse centímetros para sí mismas y el mestizaje social, inevitable, saca a todo mundo a las calles, ahora cada vez más custodiadas, y despierta las ambiciones del poderoso sector inmobiliario, con ansias de construir la mayor cantidad de edificios con vista al mar. La brisa es un bien tasado en una ciudad que puede llegar a alcanzar una sensación térmica sobre los 45 grados en verano. El mar, un patrimonio que parecen disputarse todos, inclusive quienes hoy encuentran bajo la mirada de la policía y que han creado, sin quererlo, el arquetipo del carioca feliz: una camiseta de colores claros, unos shorts que se ondulan al viento, y un par de chancletas fácilmente desprendibles en caso de que la arena o el mar lo demanden.

Hace ya más de un año que la policía carioca viene enfrentándose con habitantes de las favelas cercanas a Copacabana, generando fastidio en los barrios privilegiados.

Hace ya más de un año que la policía carioca viene enfrentándose con habitantes de las favelas cercanas a Copacabana, generando fastidio en los barrios privilegiados a la orilla de esta playa concurrida por clases populares, por turistas de medio mundo y por brasileños acomodados que se dejan ver apenas sale el sol. A la continua inflación de dos cifras que viene generando presión a las favelas para que desalojen sus predios, se suma la naturaleza de la intervención policial, que apenas si pregunta.

El paisaje de guerra, de fuegos en medio de la noche, de alaridos e insultos, de consignas y cacerolas, ha reemplazado al murmullo de la música que viene de los bohíos instalados a orillas de la playa.  Barricadas y explosivos lanzados al aire en nombre de Douglas Rafael da Silva Pereira, un joven bailarín que fue encontrado muerto en una guardería de Pavão-Pavãozinho, la favela más grande de este sector, que comparte vías de acceso y una privilegiada vista al mar con hoteles de lujo, centros comerciales de productos suntuarios y centros de entretenimiento.

La primera favela erigida en Rio de Janeiro es más antigua que muchos de sus barrios señoriales. El Morro da Providência fue entregado en 1897 a veteranos de guerra que requerían de un sector cercano al puerto, fuente de trabajo que durante el siglo XX fue oxidándose y perdiendo importancia estratégica para Brasil. Sin embargo, con el tiempo la favela creció, y hoy día, pese a su valor en el imaginario carioca, posiblemente desaparezca. Las proyecciones para la construcción e instalación de un teleférico de casi 40 millones de dólares son parte del plan de “regeneración” del Puerto de Rio de Janeiro, y éste parte de un plan multimillonario de modernización de la ciudad de cara a los Juegos Olímpicos de 2016. El miedo al narco ha sido transferido y hoy los habitantes manifiestan miedo a la policía. Por eso no sorprende encontrarse con una manifestación escasísima en protesta al desalojo de 670 familias a las que se les prometió una casa de exacto valor en otro lugar de la ciudad. Pero primero deberán salir.

El caso del Morro da Providência es el ejemplo perfecto para apreciar cómo Rio de Janeiro está haciendo esfuerzos sobrehumanos para borrar su conocidísima frontera sur (millonaria)- norte (miserable), para convertir a la urbe carioca en un escenario global de la brasileñidad feliz. La presión demográfica e inmobiliaria ha obligado al gobierno a rescatar lo que se pueda de las áreas que colindan con el mar, y a fijarse en posibles nuevos centros de desarrollo urbano.

Ciudad del futuro

Cuando una ciudad no es ortogonal, sino lineal, como Rio, el crecimiento se toma los montes y sobrepasa una mancha urbana manejable hasta adentrarse en otrora reservas naturales o caseríos a la vera de la gran ciudad. La gran metrópolis los engulle y pasa a ordenar estos nuevos espacios a su conveniencia. Barra da Tijuca es un sector regado de forma irregular y todavía inconclusa al oeste de la ciudad. Toma al menos  una hora en transporte público llegar desde el sur. Decenas de barrios de clase media y otras tantas favelas, la proximidad con reservas naturales como bosques y lagunitas así como importantes vías de acceso hacia el sur y las playas, han propiciado que los planes de desarrollo apunten a este sector como el nuevo polo comercial y de vivienda a ser desarrollado.

Las autoridades de Rio han elegido a Barra da Tijuca como la zona de expansión urbana que requiere la ciudad para ensamblar la infraestructura necesaria para los Juegos Olímpicos de 2016. Por eso, es de esperar que cientos de edificios se tomen esta zona que, hace treinta años apenas sobrepasaba los 40 mil habitantes pero donde ahora viven ya más de 300 mil personas. La construcción de buena parte de los 403 kilómetros de vías expresas que tiene proyectado el municipio de Río de Janeiro pasa por este sector de la ciudad, que requiere de una rápida conectividad con los barrios acomodados del sur de la ciudad y con los nodos de transporte masivo, como aeropuertos, estaciones de buses y paradas de metro.

Barra da Tijuca, y el barrio central de este sector, que lleva el mismo nombre, albergará decenas de localidades deportivas, un área portentosa de compras, casas y departamentos de clase alta, y vías de tráfico de alta velocidad que demandan el cercenamiento de varios barrios de la zona. No es que no tenga estos servicios y arquitectura; lo que sucede es que requiere aún más de esto para dentro de menos de dos años: de una suerte de suburbio para millonarios, se procura crear una nueva centralidad que atraiga cientos de miles de turistas, reproduzca el brillo del desarrollo brasileño y ostente lo mejor de su ingeniería civil en las obras públicas y los edificios de interés privado.

Las autoridades de Río han escogido a Barra da Tijuca como zona de expansión urbana que requiere la ciudad para ensamblar la infrestructura necesaria para los Juegos Olímpicos del 2016.

Las lagunas naturales, las playas poco concurridas, los centros comerciales al estilo norteamericano, ya han hecho de Barra da Tijuca una de las zonas más apetecidas para vivir o poner oficinas. Aunque con sus palmeras gigantescas, sus amplias avenidas con pocos transeúntes y sus autopistas siderales el sector sea una suerte de injerto que no termina de corresponder a  la arquitectura señorial decadente del resto de la ciudad, hoy en día es uno de los mayores receptores de inversión pública y privada y el caro anhelo de famosos de la televisión y otros nuevos ricos.

Con mucha menos gente en las veredas, más en sus autos en las anchas vías de desfogue, esta zona, donde ya son visibles mansiones que ocupan manzanas enteras de extensión, parece ser el inevitable rostro de una parte de la ciudad del futuro. Además, se espera desarrollar centros de convenciones, erigir aún más hoteles globales, poner unos cuantos museos por aquí y por acá y, sobre todo, ampliar las ya considerables autopistas que circunvalan sector. Parte de esto puede explicarse por el plan de desarrollo territorial de la zona, que busca proponer un modelo de ciudad geométrico, como el de Brasilia.

De acuerdo a la revista Caros amigos, tan solo entre enero de 2008 y marzo de 2013, los precios del metro cuadrado en esta área subieron 152%. No mucho, en relación a la media de Rio, que pasa del 250% durante el mismo periodo. No obstante, esto adquiere un matiz diferente cuando se menciona que hace seis años el costo ya era muy superior al promedio de la ciudad, aunque se tratara todavía de un sector en consolidación, con decenas de terrenos vacíos y una visible falta de consolidación urbana y cuando se observa que Barra da Tijuca es el primer gran intento por crear una zona de lujo más allá del tradicional sur de Ipanema y Copacabana. Llegar en automóvil es todavía difícil, sobre todo si se considera la cercanía de los barrios acomodados cariocas con los centros de decisión política y administrativa y la concentración de una ciudad que siempre hizo de la caminata parte de su retórica identitaria.

Vila Autódromo, una nutrida favela fundada hace más de 40 años, descansa en la zona de Barra da Tijuca, a orillas de la laguna de Jacarepaguá. Desde hace más de 20 años, de acuerdo al movimiento rioonwatch.org, los residentes de este barrio han sido continuamente conminados a desalojar el área para la construcción de autopistas y la consolidación de la zona, que desea aprovechar el libre acceso a la laguna. En estos últimos años, la municipalidad ha ofrecido a cada una de las familias 80 mil dólares por vender sus propiedades a al menos 280 de las 583 familias que residen en el sector.Más de 100 familias han aceptado la propuesta y su posterior reubicación en un área llamada Parque Carioca, dentro de un plan denominado Minha Casa Minha Vida. Sin embargo, a medida que los bulldozers y las avenidas gigantescas se acercan al sector, más tienden a disolverse las promesas.

Ante el miedo de quedarse sin pan ni pedazo, los residentes de Vila Autódromo optaron por protestar y se han sumado a las decenas de manifestaciones en contra de la Municipalidad y el gobierno de Brasil. Sin embargo, la entrada de la policía militar al sector y los rumores de ajusticiamiento y represión, han logrado que la gente se mantenga dentro de sus casas. Según un testimonio aparecido en Caros amigos, el ofrecimiento ahora ha bajado a menos de 20 mil dólares. Pese a esto, ya cada vez menos gente sale en Vila Autódromo a protestar a la calle. Para mayo de este año, según el Comité Popular da Copa RJ, 4931 familias han sido amenazadas de remoción en la ciudad. 903 han sido ya obligadas a dejar sus casas.

Resonancia de la memoria

En los acordes de Chico Buarque, héroe cultural y vecino ilustre de Rio de Janeiro, parece agrietarse el ánimo de misa, aquel responso secular al que están ya tan acostumbrados quienes han tratado de mantener viva la memoria.

Este año se ha cumplido el 50 aniversario del régimen militar en Brasil, una dictadura de 21 años centrada en el nacionalismo y la seguridad nacional, que durante ese tiempo fue sobre todo reforzada para implantar una homogeneidad discursiva en todos los ámbitos sociales. Pensar igual, hablar igual. Opacada por la barbarie chilena o Argentina, en general se conoce menos de la dictadura brasileña que de aquéllas en el mundo hispanohablante. En esta temporada, salvo escasas manifestaciones y actos de solidaridad organizados por grupos de izquierda y por Amnistía Internacional, uno tiene la idea de que los cariocas tampoco están dispuestos a acordarse demasiado de aquel régimen que causó entre mil y tres mil víctimas mortales, 20 mil torturadas y 50 mil presas, además de otras decenas de miles de exiliados y desplazados.

Hay unos pocos cientos de personas en la Praça Floriano, muy cerca de la mítica Cinelândia, en pleno centro de la ciudad. Todos ellos dan la cara a la Câmara Municipal, un edificio imponente que décadas atrás, cuando Río fue la capital de Brasil, albergó al Supremo Tribunal Federal.  Muchos llevan fotos de personas desaparecidas en las décadas de régimen militar. Otros, con la ayuda de Amnistía, portan sombras negras de cartulina de las que han sido recortados perfiles de tamaño real de hombres y mujeres. Gritan consignas y luego escuchan a varios de los dirigentes de organizaciones de izquierda. Algunos curiosos, unas decenas de turistas y las personas que consumen en el mítico Restaurante Bar Amarelinito miran hacia allá.

El acto está a punto de acabar y es prácticamente imposible no sentir una cierta tristeza, impropia del clima y la ciudad, pero tristeza al fin, que dejan los discursos encendidos y los lamentos y las elocuentes figuras de vacío que portan algunos de los manifestantes. Una flauta, una guitarra, un contrabajo, un teclado y algunos cantantes empiezan a hacer música. Samba, que se canta al unísono y se acompaña con palmas.

En los acordes de Chico Buarque, héroe cultural y vecino ilustre de Rio de Janeiro, parece agrietarse el ánimo de misa, aquel responso secular al que están ya tan acostumbrados quienes han tratado de mantener viva la memoria de las personas desaparecidas en los regímenes sudamericanos. Pero lo que permanece es una samba triste, bailable pero muy de lamento, una melodía que reúne la histeria del dolor con la de la liberación y la alegría, pero las deja permanecer y coexistir y por momentos también explicarse la una a la otra. Esa amarga dulzura se disemina por las calles felices de Río, por sus barricadas, sus estadios, sus barrios. Y parece habitar en su gente, la resonancia viva de lo que allí sucede. 

Referencias:

Brito, Felipe y Pedro Rocha de Oliveira, eds. (2013): Até o último homem. Sao Paulo: Boitempo Editorial.
Revista Caros amigos, edición del 4 de mayo de 2014. Número 206.

Diario El País: “El rechazo incandescente de Brasil”. Disponible en: http://deportes.elpais.com/deportes/2014/04/20/actualidad/1398022778_861... Consultado el 21 de abril de 2014.

Diario El País: “Las favelas de Río se levantan contra la violencia policial” http://internacional.elpais.com/internacional/2014/04/20/actualidad/1398... Consultado el 21 de abril de 2014.

O Globo, cadena de noticias brasileña. Enlaces consultados:
-http://epoca.globo.com/colunas-e-blogs/eliane-brum/noticia/2013/08/onde-...
-http://epoca.globo.com/colunas-e-blogs/eliane-brum/noticia/2013/08/onde-...
-http://g1.globo.com/economia/seu-dinheiro/noticia/2014/03/rio-de-janeiro...
Enlaces consultados a fines de mayo de 2014.

Brasil 247, portal de noticias.
http://www.brasil247.com/pt/247/brasil/104540/Quantas-pessoas-de-verdade... Consultado el 25 de mayo de 2014.

Rio on Watch, movimiento sin fines de lucro.
http://www.rioonwatch.org/?p=14123 Consultado el 15 de junio de 2014.

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