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25 de Septiembre del 2017
Historias
Lectura: 10 minutos
25 de Septiembre del 2017
Redacción Plan V
Los testigos del terremoto de México

Foto: AFP

La solidaridad de los mexicanos rebasó cualquier expectativa. Cientos ayudaron en las tareas de rescate y remoción de escombros.

 

Dos periodistas, un mexicano y un ecuatoriano, repasan los momentos más conmovedores que vivieron durante el terremoto del pasado 19 de septiembre en México, que hasta el momento ha cobrado 325 víctimas. Más que la tragedia les ha quedado en la retina la ayuda abrumadora de todo un país por sus afectados.

Testimonio: “Se nos olvidó el terremoto del 85”

Misael Zavala, periodista de El Universal de México

Como reportero yo he cubierto narcotráfico, desastres naturales, entre ellos el huracán Matthew en Haití, pero este terremoto ha cruzado mis límites como periodista. Ahora estoy en el epicentro del sismo, en Morelos, en pleno centro del país. Aquí hay más de 400 casas que se vinieron abajo, no hay ninguna que no tenga cuarteaduras o grietas. No sé de donde se sostienen.

Aquí hay cientos de personas que se han volcado a remover los escombros y las casas a ser demolidas. La gente trae palas y picos. Me acaban de dar un sánduche, porque las chavitas no pueden hacer otra cosa: hacen sánduches para la gente tenga algo de comer. Cuando fui a Haití, en el 2016, un huracán categoría 5 destrozó todo el sur del país, pero no había visto esa ayuda tan fuerte. Creo que nosotros somos así. Hay una tragedia y todos vamos al auxilio.

Estoy en Jojutla, en Morelos, justo en la parte con más afectaciones. En esta zona todavía hay labores de recate. Entonces cuando suenan las ambulancias quiere decir que rescataron a alguien con vida o lo están trasladando a algún lado. Ojalá que sea con vida. En Morelos se registraron 73 muertos. Pero el daño en las estructuras es bastante fuerte. Esta ciudad nunca había temblado tan fuerte.

También hemos ayudado a la gente. En la camioneta trajimos agua, cloro, jabón. Acabo de alejarme de Jojutla, porque tenemos que salir a enviar los reportes. Allí dentro no hay mucha red. El ánimo es de luto. Se escucha el martilleo y la recogida de escombros.

Hoy (viernes) la gente ya amaneció más animada. Mucha gente ha venido a quitar escombros. En este lugar seguramente tocará construirse otra ciudad. Veo muchas ambulancias, mucha gente por las calles. Hay personas que pudieron rescatar sus pertenencias y que las puso en la calle. Han armado campamentos para vigilar sus cosas. No quieren irse a los albergues por miedo a los saqueos. Los médicos también han colocado sus campamentos para atender a los heridos. Anoche llovió así que hay lodo en las calles. El día ha estado nublado.

Caminar y caminar

Estuve en el Instituto Nacional Electoral de México cuando ocurrió el terremoto el 19 de septiembre. Nunca había sentido un miedo tan impresionante. Fue conmocionante. Se sacudieron los edificios. Duró bastante.

Enseguida la ciudad colapsó. Toda la gente salió a sus casas. Caminé como 20 kilómetros y vi los puntos críticos del sur de la ciudad. Ninguno de mis compañeros periodistas tenía acceso a este sector porque las coberturas se concentran en el centro. Pasé por un parque que tenía conexión wifi y pude engancharme. Ahí me conecté y me enteré que había la instrucción en la redacción de El Universal de volcarse todos los reporteros al tema del sismo. Hubo una junta de emergencia y se designaron las coberturas a los reporteros de todas las secciones.

La primera afectación que encontré fue un puente peatonal que cayó encima de la parte trasera de un taxi. El taxista milagrosamente se salvó. Me contó que mientras estaba manejando empezó a moverse la vía y al darse cuenta que estaba bajo un puente aceleró hasta chocarse con el auto de enfrente. Sobrevivió.

La ciudad es muy grande. Colapsaron las vías y vi mares de personas caminando para llegar a sus casas, porque tienen que trasladarse bastante para llegar al trabajo y a las escuelas.

Caminé mucho hasta que encontré el primer multifamiliar que se había derrumbado. Para cuando llegué ya habían pasado tres horas del terremoto. Cientos de personas se habían volcado a ayudar. Un niño y una señora había sido rescatada. Fue sorprendente esa labor. Había ya un campamento con víveres y agua para los brigadistas. En esa zona había universidades con facultades de medicina. Los médicos y pasantes fueron a atender a los heridos. Lo único que se escuchaba eran ambulancias y patrullas por todos lados.

Cuando avancé más vi una tienda colapsada. Eran las 20:00 y tuve que enviar material desde allí. Me colgué del internet de una persona. La gente estaba dispuesta a ayudar. Las personas te dejaban pasar a sus casas, a cargar el celular. Te daban de comer y agua. Había motociclistas que andaban por todo lado para ayudar a la gente.

En este momento en el diario no se cubre nada más que el sismo. A mí me enviaron a Morelos, el epicentro. Mientras que cada uno de mis compañeros hizo guardias en los edificios del DF donde existía la posibilidad de sobrevivientes. El 20 de septiembre, un día después del terremoto, salí temprano para viajar a Morelos. Recuerdo una ciudad en silencio total. El DF es una ciudad muy ruidosa, de mucha gente. Era un silencio mortal e inquietante. Solo se escuchaba el pasar de las ambulancias y patrullas.

La primera noche después del sismo le dije a mi novia que no se pusiera la pijama. Que armara una mochila con documentos, agua y víveres. Le dije: ‘no te quites los zapatos’. Desde ese día no logro dormir bien y tampoco no me he quitado las botas. O me las quito un rato y enseguida me las vuelvo a poner. La amenaza de una réplica ha sido bastante estresante.

Se nos olvidó el 85

Creo que nos relajamos muchísimo. La ciudad de México no tiene una cultura de protección, aunque para la magnitud de ese sismo no nos ha ido tan mal (hasta el 25 de septiembre se registraban 325 muertos). Es un desastre en cuanto al crecimiento inmobiliario. Muchas autoridades han dejado que se construya edificios más altos de los permitido y eso se debe a la corrupción que impera en las autoridades delegacionales de la Ciudad de México.

Se nos olvidó el 85. Hablo por mi generación. Tengo 33 años y en mi vida había sentido un temblor tan fuerte. Cuando fue el terremoto de 1985 (también ocurrido el 19 de septiembre) yo tenía un año de edad. Recuerdo que mi familia decía que fue el peor terremoto en la historia del México moderno. A partir de mi generación no sabíamos del impacto de un terremoto.

Ahora nos queda el recuerdo de esta crisis. Algo que debo reconocer es cómo una inmensa cantidad de chavitos, adolescentes de 15 años, están en las calles ayudando. Preparan alimentos, cargan piedras. Esta generación ha respondido bastante bien al desastre. Estoy en una avenida y veo pasar una camioneta con víveres y chavos con palas y picos que se dirigen a la zona más afectada de Jojutla (Morelos). Los chavos vienen preparados con botas, con lámparas. Un chico acaba de llegar en un bicicleta, con una pala y un pico colgados en su mochila.

Nos agarró mal parados este sismo. Pero tenemos que agradecer que el DF no se cayó. Ahora viene una etapa muy fuerte de reconstrucción. Vamos a tener que ayudar. No solo en este momento, porque mucha gente se quedó sin casa y una casa no se construye en un solo día. La sociedad tiene que empujar a la clase política para que no utilice la tragedia para las elecciones presidenciales de 2018. Vamos a seguir presionando para que esta gente no se nos olvide.

Testimonio: ‘Ser voluntario para agradecer a México’

Alex Eduardo Pérez
Comunicador ecuatoriano, vive en México más de 15 años.

Luego del terremoto no me sentía bien, tenía angustia y ansiedad, pero sobre todo la necesidad de hacer algo por las personas que hoy nos necesitan. Con una amiga, Carolina Flores, decidimos al siguiente día ir a dejar medicamentos y apoyar en las labores de rescate.

Nos dirigimos a la Fábrica de Textiles, en el DF, cuyos siete pisos colapsaron. Iniciamos nuestra labor sacando en botes el cascajo y las piedras del edificio para llevarlos a las boqueras. Los coordinadores luego nos llevaron a los patios externos del inmueble y comenzamos a cargar los rollos de tela y acomodarlos en un salón.

En este tiempo sacaron dos personas muertas. Fueron 10 horas de trabajo continuo y a pesar de que no se pudo rescatar a nadie con vida, fue un gran momento porque se siente el calor humano y la solidaridad del mexicano con sus hermanos en desgracia. so a uno le llena de gozo, paz y satisfacción. 

Hoy me siento más motivado que nunca. En la noche seguiré apoyando y siempre con la esperanza de salvar una vida. Es la mejor manera que puedo agradecer a México por todo lo que me ha dado.

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