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5 de Diciembre del 2017
Historias
Lectura: 18 minutos
5 de Diciembre del 2017
Susana Morán
Tras los pasos de Samuel

Foto: Luis Argüello

En la casa de Samuel aún se mantienen, ya marchitas, numerosas flores. Estos girasoles y rosas (foto) fueron dejadas en la entrada de su hogar.

 

El cuerpo de Samuel Chambers fue hallado sin manos y sin cabeza cerca a su casa en Guápulo, el pasado 7 de noviembre. Este episodio ha impactado a un barrio y su familia y amigos tienen temor. Pero bajo la condición del anonimato, los recuerdos caen en cascada. Mientras las investigaciones avanzan y hasta ahora hay una hipótesis. El abogado de la familia habla de negligencia. El pasado 25 de noviembre hubiera cumplido 25 años.

El cuaderno reciclado

¡¡¿¿Qué es esta basura señor??!!, gritó el licenciado y arrojó el cuaderno de Samuel Chambers lejos de su escritorio. Ocurrió en 2012 durante la clase de filosofía en el colegio General Rumiñahui, en el centro de Quito. Estaba por finalizar el semestre y los estudiantes debían presentar sus cuadernos. El de Samuel era desaliñado y hecho de papel reciclado. Había juntado hojas de revistas y envolturas de caramelos para armar la pasta. Las agrupó y sujetó manualmente. Pero en su interior llevaba los apuntes de la materia mejor que cualquiera, recuerdan sus compañeros.

A Samuel más de una vez lo retaron en el colegio por su extravagante aspecto: túnicas hasta los tobillos y su alborotado cabello rubio, que remataba en rastras sujetas por cintas. Los acompañaba de pulseras, collares, huipalas y bolsos. De enero de 2015 data una fotografía colgada en su página de Facebook donde se lo observa colgado de una larga tela roja amarrada a un árbol y él con una túnica de varias capas, a la que se sobreponía un manto blanco. Con estos trajes paseaba en patineta.. Pero el colegio no fue el único lugar donde tuvo problemas. Sus familiares afirman que por su forma de vestir muchos preferían sentarse lejos de él o cruzarse a la vereda contraria.

Samuel construyó su propia apariencia y moda personal. Las túnicas eran parte de esa forma de concebir la vida. Él mismo hacía su ropa con telas recicladas. En una imagen de 2014 aparece junto a una máquina de coser mientras sostiene telas de rayas y multicolores. Con esas piezas también armaba muñecas y muñecos de trapo para venderlos. Al colegio más de una vez llevó este tipo de ropa para obtener dinero.

Pero en el salón de clase, sus aficiones también le causaron inconvenientes. Una vez fue sorprendido por usar su tiempo de clase para tejer sus pulseras de coloridos hilos sobre su pupitre. Solía pedir opiniones a sus compañeros sobre sus diseños. Esta aparente falta de atención molestaba a sus maestros. Pero es recordado por ser educado, de los pocos que respondía a las inquietudes de sus profesores y por sus buenas calificaciones: no bajaba del tercer lugar.

Samuel pasó por varios colegios entre particulares y públicos. En el Rumiñahui estudió por la noche. Mientras que por las mañanas acudió a la extinta Escuela Taller de Quito para artesanos. Allí aprendió carpintería y jardinería. Con este último oficio consiguió trabajos en casas de amigos y conocidos. Ese dinero lo sustentaba.

En 2017, de enero a noviembre, se registraron 101 muertes violentas, tres menos que en el 2016 en el mismo periodo, según el Ministerio del Interior. La tasa de homicidios en Quito se ubicó en este año en 3,86% por cada 100.000 habitantes. El año pasado fue de 4,36%.

Pero llevaba una vida austera. Cuando necesitaba ayuda para sus estudios o trámites solo tomaba lo que necesitaba. Si alguien le ofrecía 20 dólares, pero sus gastos era de 15 dólares, devolvía lo restante. Alguna vez una vecina le ofreció mandarinas. Pero solo se llevó una, porque creía que no avanzaría a comer más. —Esto habla de un espíritu desprendido de lo material—, dice un familiar que lo vio crecer.

El mismo allegado relata este episodio: “Cuando tuve a mi primer hijo, Samuel vino con un paquete que contenía su ropa y peluche favoritos, un conejito. Él quería regalarle lo mejor. En su cumpleaños le dio un libro y se había olvidado de borrar su precio. Le costó 35 dólares. Nos conmovió el gesto. El invitado más humilde trajo el regalo más valioso”.

Samuel, quien vivió con su madre, se independizó a los 17 años. Sus padres eran separados y él, hijo único. En su infancia la figura de sus abuelas y sobre todo de su bisabuela fue una gran influencia. De ella aprendió valores y a ser educado.

Fue un niño y adolescente lleno de inquietudes espirituales. Cuando era pequeño, dice un allegado, quería ser cura. A los 14 años hablaba perfectamente sobre las distintas culturas religiosas. Lo demostraba en paseos familiares cuando tenía largas charlas con sus parientes. Visitó los templos judío e islámico en Quito. Fue invitado a ser miembro de estas congregaciones. —La verdad no es una sola, ni está en un solo sitio—, fue su respuesta.

Por un tiempo fue cercano a los Hare Krishnas, cuyo templo se encuentra en el centro de Quito. Allí pasaba sus horas charlando con miembros de ese movimiento o comiendo el menú vegano que allí se ofrece. Pero casi un mes de después de conocerse el crimen, miembros de esa comunidad prefieren no hablar sobre Samuel.

Optó por el vegetarianismo después de que adoptara como su causa la defensa de los animales. Siempre fue visto acompañado por una mascota. Recogía de la calle a perros y gatos a los que les daba casa y alimento. En Guápulo fueron pintados sobre una vereda ángeles multicolores con un perro al lado, en su honor.

También fue conocido por su afición por el arte. Hacía grabados y un espacio de su última casa en un bosque de Guápulo lo adecuó para un pequeño salón musical. Tuvo una batería, un acordeón, guitarras, platillos y panderetas para tocar con sus amigos. Le gustaba el rock clásico y la imagen de Janis Joplin más de una vez la colgó en su perfil de Facebook.

Quizá por ese estilo de vida libre demoró en terminar sus años de bachillerato. En el colegio General Rumiñahui, según un amigo de aquella época, perdió el año por faltas, no por notas. Le entusiasmaba más los oficios que aprendía en la Escuela Taller. Pero con el tiempo cambió de idea y decidió terminar el colegio. En este año, 2017, terminó sus estudios en el Manuela Cañizares, también asistiendo a la jornada nocturna.

—Lo que importa es lo que está dentro—, le contestó Samuel al profesor de filosofía que lo cuestionó por el cuaderno reciclado. —No hable pendejas. Usted tiene que venir acá a presentarse bien, ni creo que se baña—, siguió el profesor. Pero Samuel insistió: “lo que importa es el interior no el aspecto”.

La casa de los dos eucaliptos

Guápulo es conocido por ofrecer una de las vistas más bellas de Quito. Desde allí se ven los valles de la ciudad, la traficada vía Simòn Bolívar y la cúpula de la antigua Iglesia de Guápulo. Se encuentra en las faldas de la quebrada que da al río Machángara, donde ha quedado remanentes de bosques de eucaliptos afectados por el crecimiento urbano.


Samuel habitó por cinco años y medio en esta humilde construcción, ubicada en medio de un bosque, en el sector de Guápulo. Al pie hay dos imponentes árboles de eucalipto.

En medio de uno de ellos está la casa que habitó Samuel por cinco años y medio. Es necesario adentrarse 50 metros en el bosque para encontrar la humilde construcción terminada con materiales reciclados. Por ejemplo, los huecos que no fueron tapados con bloques están rellenos con botellas. Asimismo parte de unas de las paredes del cerramiento tiene el mismo material.


El joven activista utilizó materiales reciclados para cubrir del frío. Por ejemplo, puso botellas de plástico en los espacios que el bloque no cubría.

La casa fue la morada de un antiguo dueño de esos predios. El hombre falleció hace más de 16 años, según una comerciante del sector. El lugar quedó abandonado por mucho tiempo hasta que Samuel lo ocupó por sugerencia de una vecina que lo apreciaba. Antes arrendaba un cuarto en el mismo sector. Pero esto no le libró de que lo acusaran de invasor.

Samuel arregló a su gusto la casa abandonada. Sus amigos le ayudaron a colocar el techo. Trajo puertas de casas en demolición. Pintó la casa y dibujó personajes del cuento Alicia en el país de las maravillas. Como el conejo que iba siempre apresurado por el paso del tiempo. Justamente en su foto de portada de Facebook aparece dibujando un conejo mientras su perro lo espera. Tenía fascinación por ese mundo mágico que lo llevó a tatuarse la imagen del conejo y de Alicia en el omóplato izquierdo. Esta señal fue la que permitió identificar sus restos.

Su casa tenía algunos espacios. Un dormitorio donde tenía una cama muy alta. Una salita con cierto aislamiento acústico donde hacía música con sus amigos. Una cocina con un menaje humilde, pero cocinaba con leña porque el enser le fue robado. Un patio con un huerto de plantas medicinales y jaulas para sus animales. Y una pequeña biblioteca con un escritorio. Tras su muerte, encontraron allí libros sobre cómo mejorar su expresión escrita y oral. Era un gran lector, según lo recuerda una prima. Su padre, que vive en el extranjero, le solía traer libros de arte. Juntos también tenían proyectos para crear una web y publicar los trabajos de Samuel.


Los vecinos compartían con él agua y luz. Aunque este último servicio le fue suspendido porque no podía adquirir un medidor, al no ser dueño del predio.

El joven se ganó el afecto de sus vecinos por su comportamiento respetuoso y de servicio. Cuentan que una vez en agradecimiento a las frutas que le regalaba una vecina de la tercera edad, él le trajo una puerta para un baño de su casa. En otra ocasión, por un trabajo de jardinería le pagaron con aguacates, que los regaló a una moradora. —¡Hola abuelita!— le decía con cariño a una vecina de 97 años, sin que esta fuera tal. O ayudaba en las mingas barriales.

La comunidad era recíproca con él. Sus vecinos no tenían reparo en compartir la luz y el agua con él. Aunque el servicio eléctrico le fue cortado al poco tiempo de instalarse en la casa del bosque.

Pero también había preocupaciones. Los vecinos recuerdan que Samuel sabía acoger a viajeros y personas que no tenían techo. —Ten cuidado con las personas que recoges— fue advertido. Pero él respondía que tenía mucho espacio como para permitir que duerma gente a la intemperie.


Desde la casa de Samuel, la vista de los valles de Quito es impresionante. Lejano y oculto de la convulsionada ciudad, es un lugar que brinda paz.  También se observa la iglesia de Guápulo.

El dueño de una tienda dice que llegaban hasta grupos de ochos personas los fines de semana. Una vecina, a casi un mes de hallado el cuerpo, aún se le van las lágrimas. —Tengo una espina que no me puedo quitar—, dice. Refiere que en septiembre, después de las fiestas de Guápulo, supo de un incidente. Supuestamente un joven habría salido de la casa de Samuel gritando y amenazándolo. Llegaron los bomberos y la policía.

Ahora la casa está cercada por cintas de prohibido el paso. Una guitarra desteñida y desbaratada sigue inmóvil en su patio. No hay animales. Solo dos imponentes eucaliptos al pie de la casa que permanecen silenciosos en medio del disminuido bosque.

Hipótesis y negligencia

Guápulo está alarmado y triste. A raíz del hallazgo, la noticia invandió la redes sociales, noticieros y prensa. La dueña de una tienda ubicada sobre una de las tantas calles empinadas pide que no se estigmatice al barrio. —Ni los taxistas quieren bajar por miedo—, dice. Asegura que es la primera vez que ocurre una muerte tan violenta como la de Samuel. El único antecedente que recuerda es el asesinato de la francesa Charlotte Mazoyer en el 2009 con un disparo.


En Guápulo era uno de los personajes más conocidos. El activista y defensor de los animales siempre saludaba a sus vecinos mientras caminaba con sus mascotas.

Más abajo de esa tienda, un vecino de avanzada edad narró la conmoción de su esposa después de que ella encontrara el cuerpo en medio de los matorrales. Junto con un joven, ella salió a buscar  hierba para los cuyes que cría para el consumo de la familia. Dieron la alerta a las autoridades y el hombre recuerda que los investigadores demoraron en llegar.

El cuerpo apareció sin parte de su cabeza y manos. Estaba sin ropa, sin pulseras, sin su collar. El 7 de noviembre, cuando fue encontrado, el cuerpo fue llevado a la morgue. El primer análisis en medicina legal determinó que el cuerpo tenía "antropofagia calavérica, que es la destrucción del cadáver debido a la acción animales", manifestó Diego Tipán, subsecretario de Seguridad Interna del Ministerio del Interior, a Plan V. Esto ha dificultado la investigación, en su opinión.

Por esa razón, la Fiscalía ha solicitado un segundo estudio que permita hacer una análisis más profundo y corroborar o no esos primeros indicios."Del cadáver se encontraron ciertas partes, no faltantes completos, ciertas partes del cráneo y de las manos no se han encontrado. Se halló el 75% de las osamentas", precisa el funcionario. Los restos fueron identificados por un tatuaje que un pariente cercano le hizo a Samuel. Después con el examen de ADN se confirmó su identidad, contaron a Plan V sus familiares.


En las rejas de metal, ubicadas en la calle Eduardo Mena, en Guápulo, se hizo un homenaje a Samuel. Amigos y allegados colaron retazos de telas multicolores. Con ellas dibujaron su nombre o sus túnicas.


También sobre la vereda de la calle Eduardo Mena, se pintaron ángeles multicolores, de cabello alborotado y acompañados de un perro.

Pero Farith Simon, abogado de la familia, cree que las instituciones responsables no actuaron oportunamente en los primeros momentos en que fue ubicado el cuerpo y ni recogieron evidencias esenciales para cualquier investigación criminal. "Los primeros días no pasó de ser una nota secundaria en la prensa. Fiscales y policías asumieron que era un indigente, que nadie reclamaría, una muerte violenta que no llamaba la atención, y que quedarían archivadas bajo la carátula de “indeterminada”", escribió en una columna de opinión en diario El Comercio.

Hay quienes sostienen que este caso refleja el miedo a lo diferente. "No soportaron un vagabundo por decisión propia y alegre de ella; no soportaron su abundancia significante que desparramaba por las calles de la Franciscana Ciudad de Quito", escribió la catedrática Natalia Sierra en su blog.

Ahora la investigación del crimen se lleva al más alto nivel. El lunes 20 de noviembre, el presidente Lenín Moreno se reunió con tres representantes de la familia y ofició al viceministro del Interior, Andrés de la Vega, para que lidere un equipo que combine a agentes de distintas unidades. De la Vega efectivamente convocó a la familia y a las cabezas policiales, quienes manifestaron a los allegados de Chambers que han puesto al servicio del caso todo el aparato de investigación.

La búsqueda de más pistas continúa alrededor de la casa. El último rastreo se hizo el pasado 28 de noviembre. Vecinos aseguran que en las cámaras de seguridad de edificaciones aledañas filmaron a dos hombres saliendo del bosque por el camino que da a la González Suárez. Sin embargo, aún no hay certezas sobre cuándo fue visto por última vez.

Pero vecinos, policías y autoridades coinciden en que Guápulo es un sector tranquilo. Según la versión oficial, es un lugar que no registra ni asesinatos y tiene poca incidencia en robos a personas y domicilios. Los vecinos esperan los resultados de las indagaciones para reiterar que el barrio no es violento. La familia y sus amigos, en cambio, buscan justicia y verdad. Mientras tanto en redes sociales su caso ya tiene su propia etiqueta: #Nadiemenos.

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