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30 de Octubre del 2017
Historias
Lectura: 31 minutos
30 de Octubre del 2017
Pocho Álvarez

Cineasta.

Entre el dolor y la indolencia: cuatro semanas internado en el hospital del IESS

Carencias y falta de una atención digna persisten en el IESS, a pesar de los anuncios entusiastas de las autoridades de turno. La salud pública es cuestionada.

 

En este testimonio, el documentalista Pocho Álvarez cuenta cómo fue la atención que recibió en el principal hospital del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social en la capital. Entre la indolencia de algunos médicos, el descuido de ciertas enfermeras, una infraestructura antigua y escasa, Álvarez evidencia sus sospechas sobre compras de insumos que al final no se usan, y procedimientos médicos que podrían no seguir todos los protocolos.

El dolor profundo suele depositarse rápidamente en la memoria del olvido, es por ello que borroneo estas letras, a manera de ayuda memoria, para que el recuerdo no se extinga y sea testimonio fresco de un tiempo y espacio que me habitó intensamente durante tres semanas, dos días, (lunes 18 de Septiembre, miércoles 11 de octubre del 2017) y que dejó en mi piel de adentro la huella no solo de mi enfermedad y su sanación, sino también, el dolor sordo de un colectivo, un plural fallido de silencios que no se los puede conjugar en ningún tiempo, ni pronombre, el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social-Hospital Carlos Andrade Marín (IESS-HCAM).

Rebasado por los dolientes y su demanda de salud, esa infraestructura hospitalaria, el llamado HCAM de Quito, ícono de la seguridad social y de la atención pública en salud, es un espacio espeso de largas, muy largas horas de espera. Emergencia es la puerta de ese tiempo eterno, un andar de trámites para que certifiquen la gravedad de la dolencia y extiendan el pase para ingresar a ese limbo de horas detenidas que reparte camas, espacios y locaciones para la cura de enfermedades.

Llegué con estudios completos, con diagnóstico: "paciente en estado crítico" . Sin embargo, de ello, los trámites de ingreso duraron ocho largas horas.

Llegué con estudios completos de ecografía (Eco), tomografía (Tac) y con diagnóstico, "paciente en estado crítico" suscrito por mi médico personal. Sin embargo, de ello, los trámites de ingreso duraron ocho largas horas, desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche, hora en que los obstáculos burocráticos encontraron méritos para mi ingreso a ese depósito desbordado de dolidos y dolencias que es el área médica de la emergencia del HCAM.

“Esa cama es de mi Doc”,

Frase que desde una esquina de la sala martilló, a manera de queja mi tránsito por ese lugar. La cama de mi “Doc” era el lecho que ocupé. El transitorio espacio de mi estadía en emergencia. Una posesión prestada que la voz reclamo de una enfermera recordaba al personal de sala en tono demanda, la propiedad y su devolución. Tiempo espeso sin horas. Allí el dolor se estaciona en el ambiente y junto a él, en ese espacio de luz artificial, una suerte de limbo atemporal, en una relación simbiótica, la indolencia ocupa pasillos y habitaciones. Indolencia y dolor, una dialéctica de hospital público, una suerte de tejido en dos hebras que se anuda para crecer en red y ser una lógica operativa, una conducta, una forma de ser.

Mientras a mi cuerpo pasaban, gota a gota, medicamentos y otros químicos de sanación, escuché a mi derecha, “necesito ir al baño”, otra voz imperativa, la enfermera que nos atendía como grupo de pacientes respondió, “espere que llegue el asistente”. Mientras, junto a la puerta de la habitación, al pie de una camilla, sentada en una silla, una mujer aquejada de un profundo dolor de cabeza suplicaba la llegada del neurólogo. Había salido temprano de su terruño, una parroquia rural fuera de Quito, con el anhelo de que la cura sea pronta. Esperó estoicamente ocho horas de dolor en una silla, hasta que un alguien especializado aparezca. Al caer el día, cuando las sombras se pronunciaron y salió la noche, el especialista, ese alguien apareció para examinarla.  

“Señorita voy a orinarme aquí. Yo me hago aquí si Usted no me lleva ¡ya!” fue el imperativo de la señora que había pedido hace más de media hora ir al baño. Entonces la urgencia, devolvió milagrosamente al asistente a sala quien presto la llevó sorteando los ruegos de otra mujer que suplicaba atención, “denme una cama, necesito acostarme”, decía en tono de súplica mientras arrastraba su malestar de un lado a otro. No hubo, ni cama, ni camilla, ni silla, y a pesar del regaño de la enfermera, la doliente se recostó en el piso… Al poco rato, después de un tiempo, llego un tratante y le auscultó en una silla…

“Señorita voy a orinarme aquí. Yo me hago aquí si Usted no me lleva ¡ya!” fue el imperativo de la señora que había pedido hace más de media hora ir al baño. Entonces la urgencia, devolvió milagrosamente al asistente a sala quien presto la llevó sorteando los ruegos de otra mujer que suplicaba atención.

Allí observando estos cuadros, una puesta en escena de lo insólito, como galería abierta del universo de Bosco, pasé desde que ingresé, lunes 18 de septiembre a las 23:00, hasta el martes 19 a las 21:30, momento en el que fui trasladado a hospitalización. Habían pasado, más de treinta horas y emergencia con su aire viscoso y su agreste guardia, quedó atrás.

Mientras me conducían por largos y desolados pasillos pensé en la enfermera y su reclamo, la cama de "mi Doc" estará ya en sus dominios me dije, cuando se abrió el ascensor que me llevó a otro espacio.

“Aquí los pacientes deben traer su propia agua y un vaso”

Fue la respuesta a mi primera pregunta en el área de hospitalización. Descolocado por esa realidad, me dije hacia mis adentros, que insólito es el país del equinoccio. Desde muy temprano, como empleado o trabajador, estás obligado a aportar a una institución que no te puede dar agua… ¿Qué hemos construido? me pregunté, y por contraste recordé mis andares de cámara por el Mekong, en la Indochina. Allí, en el campo y la ciudad, al peregrino, al visitante, no se le niega nunca, agua, ni arroz, es parte de su naturaleza, de su cultura y fe como colectivo…

Amanecí en una habitación de cuatro pacientes, de un cuarto piso del pabellón de Gastroenterología y Otorrinolaringología. Los ventanales dejaban ver el tránsito de la noche al día, la magia de la transformación del negro al azul profundo y a la luz naranja del sol que despierta el quehacer, la rutina diaria de la atención en sala. Muy temprano con los primeros rayos, las enfermeras revisan las ordenes de medicación y el estado del paciente antes de entregar el turno. Las auxiliares inician las tareas de limpieza, arreglo y cambio de sábanas y los médicos tratantes y su equipo, se aprestan a pasar revista a sus pacientes.

En esa dinámica del pabellón, una voz tímida, respetuosa, un tono bajo que religiosamente se iba a repetir cada día durante el largo tiempo de mi estadía y que rompía con el universo médico de la sala, con su sonoridad y naturaleza, me llamó la atención. “El Universo, La Hora, El Extra”, anunciaba en tono bajo la voz de un habitúe, el vendedor de periódicos del hospital. Días después, por experiencia propia, supe que no era el único, que a pesar del estricto control que los guardias ejercen sobre el ingreso de personas, los vendedores de periódicos y otros artículos eran los únicos que permeaban pasillos, pabellones y salas del HCAM.

“Hospedería para peregrinos enfermos” como definían a los hospitales en la antigüedad, éste es un espacio sorpresa, un escenario de múltiples rituales. El relevo de los turnos de enfermeras y la revista al paciente, a su tratamiento y evolución en salud por parte de los médicos responsables, son ceremonias del protocolo clínico, que develan el rigor profesional y también la personalidad, la calidez humana del mismo. Mi primera revista médica, mi primer encuentro, después de emergencia, con mi médico tratante y su equipo, todas mujeres jóvenes, fue sorprendente. Aún recuerdo la actitud hierática de la doctora en jefe, el médico tratante, su indiferencia, ignorar al paciente, no mirarlo, tener la mirada fija en su colega subalterna y su reporte. Ninguna presentación, nombre o introducción, ninguna despedida o un buen día… Cero comunicación o empatía…

Sorprendido por ese derroche de arrogancia, me dije, seguramente en su juventud o en la enseñanza post-moderna que hoy en día reciben de escuelas y facultades médicas se le extravió esa suerte de mandamiento a observar en la práctica médica, el ‘Juramento Hipocrático’.

Sorprendido por ese derroche de arrogancia, me dije, seguramente en su juventud o en la enseñanza post-moderna que hoy en día reciben de escuelas y facultades médicas se le extravió esa suerte de mandamiento a observar en la práctica médica, el ‘Juramento Hipocrático’.

Recordaré que la medicina no sólo es ciencia, sino también arte, y que la calidez humana, la compasión y la comprensión pueden ser más valiosas que el bisturí del cirujano o el medicamento del químico.” [1]

Cuando se alejó para repetir el mismo ritual en otros pacientes pensé en mis adentros, recordando a mi padre, médico, cofundador del Ministerio de Salud y uno de los primeros salubristas de este país. “Hemos involucionado somos un plural fallido”. No solo es la formación en las ciencias y artes médicas. Es también el esculpir como tallador fino la ética, la calidez y calidad del profesional en salud, de manera tal que su condición humana sea abrigo.

“Aló… hija… si… estoy cogiendo una vía, dime…”

Fue el inicio de la conversación telefónica de una joven enfermera en una tarde noche de hospital, mientras buscaba con la aguja la vena de un paciente vecino de sala. “No se preocupe ya le bañamos, pedimos prestado el jabón…” dijo la auxiliar al familiar que apresurado llegaba. “Señorita necesito el pato[2] urgente le dije…” “Va tener que esperar porque están desinfectándose…”  le contesto la auxiliar, a lo que el paciente respondió, “Sabe lo que es la urgencia, que me orino ya...”.

En más de tres semanas de HCAM muchos son los vacíos que uno puede observar y sentir. Podría borronear cuartillas de frases, conversaciones y anécdotas que develan ausencias de rigor y compasión, de tolerancia y bondad en la formación profesional y humana del personal de salud de un hospital de tercer nivel[3].

El pato, sino me equivoco, es parte del equipo de norma para uso del paciente… Pero en el pabellón donde reposé, éste depende del criterio de cada auxiliar que en sí mismo es un universo soberano en decisiones. Por ello parecía un objeto vivo, unas veces permanecía fijo, otras desaparecía períodos largos o toda una noche. De igual manera los pedidos clínicos, de análisis o interconsulta que se tomaban el tiempo del extravío. Espacio de salas y sueros, de venas dolientes que deben resistir la inexperiencia de muchos internos o pasantes. La extracción de muestra de sangre, muchas veces viraba vía crucis. (Varias veces tuve que pedir, después de algunos intentos de la aguja, que por favor la interna desista de la tarea y pida ayuda), igual situación sucede con los medicamentos que no pasan por la vía, lo que supone una larga espera hasta que atiendan ese detalle de la cotidiana vida del paciente en hospitalización.

En ese sentido, creo yo, que negligencia y diligencia, calidez y frialdad, dilación y rapidez conviven juntos y afloran en un mismo tiempo como respuestas de un personal saturado, inmerso en un sistema desbordado por la avalancha de pacientes, por la escasez de camas, el volumen de quehaceres y el tremendo desnivel de su formación. Talvez eso explique el porqué, el quehacer médico clínico de la auxiliar y la enfermera, de los médicos, internos y de post grado o el tratante en jefe, expresan un abanico amplio de estados y prácticas diferentes. Un ejercicio pendular que va de la meticulosidad, la calidez, afecto, delicadeza, control, eficiencia, que debería ser siempre, al otro extremo, al descuido, indolencia, frialdad, tosquedad, arrogancia, dilación, una realidad lastimosamente frecuente y que hace que desborde y deficiencia vayan de la mano, sean hermanos siameses. Por eso seguramente, aquello que llaman estándar o procedimientos obligatorios a seguir como sello calidad o marca de excelencia en la atención médica de una institución, es en el HCAM, un espacio todavía en ciernes, permeable, laxo, moldeable como plastilina.

Utilería sucia y ducha de pacientes

Un hospital con científicos médicos de primera y un entorno de personal médico subordinado, deficiente, no hace excelencia en la atención. Un hospital con científicos médicos de primera y un entorno de personal médico subordinado, eficiente, tampoco hace excelencia en la atención.  Un hospital con científicos médicos de primera, un entorno de personal médico subordinado, eficiente, una infraestructura hospitalaria adecuada y funcional, con tecnología métodos y organización administrativa de punta, puede hacer excelencia en la atención médica. Pero...

Cuando la infraestructura hospitalaria es: un lavabo, un inodoro de mujeres, un inodoro de hombres, en un solo ambiente para un promedio de cuarenta o más pacientes sin sumar familiares y visitas. Cuando una sola, improvisada y estrecha, ducha en un mismo espacio, el depósito de utilería sucia, sirve a todos los pacientes sin distinción de género en medio de una vecindad de carros repletos de sábanas, cubrecamas, mantas, ropa y otros objetos.

Cuando hay cero instalaciones especiales o facilidades para pacientes con discapacidad o en silla de ruedas, cuando baño y ducha son un tiempo de colas y espera para los pacientes, cuando su dignidad no es tomada en cuenta, definitivamente no es posible pensar en la excelencia.

Esta realidad deficitaria en un pabellón de hospital de tercer nivel, con funciones de “asistencia, enseñanza e investigación”, según las definiciones de los organismos especializados, OPS-OMS, arruga el alma porque es la radiografía de un colectivo, de un plural fallido que multiplica legados de indolencia. Allí, desde que se inauguró el hospital, en 1970, esa infraestructura hospitalaria está operando, y desde esa fecha hasta la presente, a nadie, a ningún administrador, director o gerente, a ningún político de avanza, alianza u otro membrete electoral que manejó, mejor dicho, se sirvió del IESS-HCAM, le molestó esta realidad poco digna y espinosa para los pacientes.

Mirar casa adentro es obligación de las autoridades de salud. “La autoridad sanitaria nacional” el Ministerio de Salud junto al de Turismo expidieron, en mayo 17 del 2012, en el registro oficial 705 el ‘Reglamento para el control del funcionamiento de los servicios higiénicos y baterías sanitarias en los establecimientos turísticos’. Dieciocho artículos buscan regular y controlar las condiciones higiénico sanitarios de dichos establecimientos.

Art. 6 Todos los establecimientos turísticos, según su categoría, procurarán contar con al menos un servicio higiénico para personas con discapacidad física en silla de ruedas, personas con movilidad reducida, con equipamiento y accesorios adecuados. En establecimientos con nueva infraestructura este requisito será de cumplimiento obligatorio

Art. 8 Todos los servicios higiénicos o baterías sanitarias deben estar dotados del equipamiento y accesorios mínimos detallados a continuación:

  1.  Inodoro con asiento y tapa si aplica según los tipos de inodoros.
  2. Urinario, cuando corresponda según el Art. 13 de este reglamento.
  3. Lavamanos.
  4. Espejo sobre el lavamanos.
  5. Jabón líquido.
  6. Dispensador de pared, desechable o decorativo para jabón líquido.
  7. Equipos automáticos en funcionamiento o toallas desechables para secado de manos.
  8. Papel higiénico
  9. Porta papel o dispensador de papel higiénico dentro o cerca al área de los servicios higiénicos y/o baterías sanitarias.
  10. Basurero con tapa.
  11. Dispensador de toallas desechables (si aplica).
  12. Dispensador de desinfectante, dentro o fuera de las instalaciones sanitarias
  13. Iluminación central controlada junto a la puerta de acceso o sistemas de iluminación similar.

Si este reglamento, los dos artículos citados, fueran aplicados por “la autoridad sanitaria nacional” en sus propias instituciones de salud, a lo largo y ancho de nuestra geografía, estoy seguro que ninguna aprobaría esta normativa. Por lo tanto, la realidad de exigencia a la sociedad civil, sin mirar la propia, es una suerte de descaro, una prédica obscura del Estado, el gobierno y sus instituciones que deben pregonar con el ejemplo y deben construir la transparencia como práctica, de manera que el cinismo no sea sinónimo de política pública.

Luchar para que la incoherencia, la doble moral, no sea conducta es un pendiente. No debemos permitir como plural que el dolor humano sea sustento y negocio de la política. Si callamos o creemos que eso es normal, habrá utilerías sucias y duchas de pacientes compartiendo la misma mugre…

Luchar para que la incoherencia, la doble moral, no sea conducta es un pendiente. No debemos permitir como plural que el dolor humano sea sustento y negocio de la política. Si callamos o creemos que eso es normal, habrá utilerías sucias y duchas de pacientes compartiendo la misma mugre… Por ello es imperativo recuperar el espíritu de ese viejo y olvidado principio de la sanidad pública, “La Salud es la suprema Ley”. No se puede curar si somos contagio.

Errar es humano, no seguir los procedimientos es negligencia

Días antes de ponerme el traje aséptico para ingresar a quirófano, había firmado el protocolo de consentimiento para que me practiquen un drenaje hepático. Un diestro camillero me condujo por pasillos atestados de gente, casi una feria que había que esquivar y atravesar, hasta “estacionar” en un corredor del primer piso frente a una puerta, a la espera de que me llamen.

Decenas de personas con sus voces, conversaciones y exclamaciones cruzaban longitudinalmente mi camilla. A más de los periódicos, la lista de los productos de venta ambulante al interior del hospital se amplió con el anuncio, “la sopita de letras tres un dólar”.

Mientras pasaba el vendedor, pegado junto a la pared, obstaculizando el apurado paso de la gente esperé hasta que una voz llamó y me trasladó al interior de una habitación. Una suerte de quirófano menor, provisto de moderna tecnología sirvió de escenografía para el drenaje practicado en la misma camilla en la que me transportaron. Mi geografía y sus posibles caminos de exploración fueron monitoreados o develados por un eco[4]. Terminada la intervención, fui depositado nuevamente en esa avenida de gente que es el pasillo. Las voces y conversaciones que iban y venían, el tráfico de personas urgentes, junto a mi estado de fragilidad por el dolor, acentuaban la sensación de indefensión total. Tiempo después sentí alivio al oír la voz del camillero que apurado llegaba a recogerme después de haber recorrido los polos del hospital, con otra camilla, con otro paciente. 

Ya en la habitación me indicaron que para el próximo drenaje debía comprar el dren “Pigtail # 12F. Catéter Multipropósito” porque el hospital no disponía del mismo. Junto al detalle de las características del dren me entregaron un nombre y un teléfono. Más tarde me dijeron que sería mejor observar la evolución del proceso y esperar los resultados de los exámenes del primer drenaje. Días después, una vez realizados los controles de imagen, ecografía y tomografía y confirmada la necesidad de realizar un segundo drenaje, el requerimiento del dren se volvió compra.[5]

Un lunes de octubre, camino al medio día, al igual que la primera vez, hice el mismo ritual y recorrido. Llegué al mismo pasillo y esperé en medio del andar de la gente para ser ingresado a la misma sala. Entregué el dren solicitado y más tarde el mismo equipo médico, en la misma camilla, con el mismo eco como auxiliar de “geografía” empezó a realizar el mismo procedimiento por la misma ruta. Extrajeron de mi cuerpo el primer dren, más delgado, y empezaron a introducir el otro dren, hasta que se detuvieron. Sentí algo adentro y mi respiración se agitó lentamente. Fui conducido rápidamente al tomógrafo, allí se confirmó que me habían “tocado” el pulmón, que el procedimiento de introducción del dren produjo un neumotórax[6]. Tenía el pulmón derecho colapsado.

Fui llevado a mi habitación y un equipo de cirugía pulmonar me realizó de urgencia una Toracotomía[7] para recuperar el pulmón.

Testigos de mis ayes de dolor adentro, durante la intervención, fueron un adulto mayor y el nuevo paciente que había ingresado a la habitación 11, un niño de seis años. Esta realidad inusual, su presencia en edad tan temprana, compartiendo dolencias de adultos, en habitación de adultos, me llamó mucho la atención … ¿Déficit o ausencia de espacios, de camas para niños o post-modernidad hospitalaria…? Me pregunté…

La premisa de “las probabilidades”, eso que significa que una condición o acontecimiento no deseado se produzca o suceda al azar, como explicación oficial de lo sucedido con mi pulmón, esconde o evita reconocer, frente al reclamo justo de mis familiares, por conveniencia institucional o pudor profesional, que aquello de tocar, fue una deficiencia en la práctica y que ese azar no deseado, ni por el médico, peor aún por el paciente, es propio de un espacio donde los estándares son interpretaciones  o prácticas moldeables.

Los procedimientos que la ciencia y la tecnología han desarrollado como métodos o normas para mitigar, reducir, evitar o amortiguar aquello que es inherente a la vida y su quehacer, el riesgo, deben seguirse con luz, es decir con conocimiento y sabiduría de manera que sirva para comprender cada caso y permita actuar con destreza e inteligencia.

Si es que se quiere implantar, desarrollar, la atención médica de excelencia. Si es que se quiere crecer y comprender que la conducta humana en el área de las ciencias de la vida y el cuidado de la salud, la medicina y su práctica, es un fino tejido que se entrelaza con la luz de los valores y principios éticos, se debe elevar el rigor de la formación profesional, se debe formar en compasión.

Dren al olvido

Recuperado el pulmón volví a repetir por tercera vez el mismo ritual y recorrido. Pero esta vez fue distinto, una enfermera acompañó mi camilla y me introdujo a la misma sala, donde fui trasladado de la camilla a la mesa de operaciones. Allí, mi cuerpo de tres semanas de hospital se acomodó para un nuevo episodio. Las luces, el tomógrafo y sus tres monitores de alta definición se encendieron y el mismo equipo médico con el director de área a la cabeza iniciaron el procedimiento por otra ruta.

Durante el drenaje me pregunté y me pregunto ahora mientras escribo, ¿Por qué no hicieron este mismo procedimiento la primera vez…? ¿Por qué debe ocurrir un incidente de esa naturaleza para que el trato al paciente cambie? ¿Por qué el camino del tropiezo es el único sendero que los ecuatorianos caminamos? Una respuesta que seguramente será un misterio que me acompañe siempre, al igual que el dren multipropósito devuelto, nunca usado y cuyo pedido de compra y explicación del mismo evidenció una realidad obscura, permeada por prácticas ajenas a la naturaleza misma de la institución y su vocación de servicio. De allí la necesidad de hacer una limpieza interna, una profilaxis ética si cabe el término, de esos abscesos de pus que lesionan la salud institucional y atentan contra la ética médica.

Para que eso no se repita y sea pasado, es imperativo drenar el ahora y el olvido que generalmente vela a este tipo de conductas y realidades extrañas a la esencia de la sanación y cura como principio y fin de un hospital.

Al salir, la memoria

Camino a la cuarta semana de hospitalización me dieron el alta, Al salir del pabellón y del hospital con mis tres heridas al costado recordé el poema de Miguel Hernández y evoqué a mi padre y su vida volcada a la gran utopía de construir la salud pública en el Ecuador… Recordé otros nombres, sus amigos, César Ayora, Enrique Garcés, Carlos Andrade Marín, y tragué agrios. Los hospitales públicos en tanto no sean espacios de calidad y calidez, en tanto no sean lugares de excelencia, atendidos por profesionales formados en la compasión y el saber, no se merecen esos nombres de médicos ilustres. Deberían llamarse como en la antigüedad “hospedería para peregrinos enfermos” o simplemente “hospital”.

Tiempo aleccionador el que viví en el HCAM. Aspiro que los calendarios y su paso no borren los aprendizajes ni sus reflexiones. Ese es el sentido de estas letras, no me anima ningún afán de desprestigio, ni de escándalo.

Los hospitales públicos en tanto no sean espacios de calidad y calidez, en tanto no sean lugares de excelencia, atendidos por profesionales formados en la compasión y el saber, no se merecen esos nombres de médicos ilustres. 

Hay mucho por agradecer, al personal que me atendió, médicos, internos, enfermeras, tecnólogos, auxiliares, personal de alimentación y limpieza, por los cuidados, la cura y también y sobre todo por las enseñanzas.

Ojalá más temprano que tarde este relato reflexión sea memoria de un tiempo colectivo que ya no es, un pretérito remoto que fue. Aspiro llegue el calendario donde la conjugación plural, el nosotros, sea una realidad que nutra el concepto humanidad y sus valores profundos.


[2] Pato u orinal que usan los hombres en los hospitales

[3] Los hospitales de tercer nivel son centros de especialidades, atienden patologías complejas que requieren procedimientos especializados y de alta tecnología con personal médico altamente calificado.

[4] Ecografía/Ultrasonido, Técnica de exploración de los órganos internos del cuerpo que consiste en registrar el eco de ondas electromagnéticas o acústicas enviadas hacia el lugar que se examina.

[5] Como anécdota de este relato, cabe señalar que en el teléfono indicado el costo del dren era más del doble y no tenían en ese momento porque “no llegaba aún la importación”.

[6] Neumo=aire, neumotórax, aire en el tórax. El pulmón funciona como un globo pinchado, donde el aire que llega por la tráquea sale inmediatamente hacia el tórax, sin ser capaz de inflarlo. https://www.mdsaude.com/es/2016/08/neumotorax.html

[7] La toracotomía, es un procedimiento en el que un tubo fino de plástico es insertado dentro del espacio pleural, entre la pared del tórax y los pulmones y puede estar adosado a un aparato de succión para remover el exceso de fluido o aire. http://cuidadodeenfemeriaalaldultoylafamilia.blogspot.com

 

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