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20 de Diciembre del 2013
Historias
Lectura: 18 minutos
20 de Diciembre del 2013
Fernando Villavicencio
El culto a la gasolina

En la actualidad, el uso del petróleo y sus derivados se hace evidente en todos los aspectos de la vida cotidiana. 

 

En este ensayo, Fernando Villavicencio reflexiona sobre la importancia del petróleo en la sociedad industrial contemporánea y sus múltiples aplicaciones.

En el poema New York, Federico García Lorca nos recuerda que San Ignacio de Loyola asesinó un pequeño conejo y todavía sus labios gimen por las torres de las iglesias. El dolor lo consumió hasta el fin de sus días. Desde el vientre de acero, Lorca asistió a la fiesta de los taladros, ahí entre los muros del Empire State y las futuras Torres Gemelas, donde King Kong sigue huyendo de la civilizatoria flecha; ahí, debajo de las multiplicaciones, escondido de la “guardia nacional”, ahí mismo, sigue gritando al mundo que: “Todos los días se matan en New York cuatro millones de patos, cinco millones de cerdos, dos mil palomas para el gusto de los agonizantes, un millón de vacas, un millón de corderos y dos millones de gallos que dejan los cielos hechos añicos". Esa es la fiesta fósil desde hace 150 años.

Los hidrocarburos no son sólo el combustible que mueve las máquinas, constituyen la matriz económica e industrial sobre la cual se ha levantado el capitalismo moderno. Su importancia en la economía es consustancial al crecimiento industrial, tecnológico y económico, pero su carencia, posiblemente sea el propio combustible para su muerte o un terrible padecimiento.

Los alcances de los procesos de transformación industrial expresan una mayor dependencia del petróleo. Se estiman en centenares de productos y subproductos que provienen o están asociados al hidrocarburo, por lo cual, el control de su explotación e industrialización constituye un asunto trascendental en el dominio del mercado.

No, la comida no tiene directamente petróleo, dirá usted, cierto, pero sí los pesticidas, los preservantes, los fertilizantes y el diésel para mover el tractor y bombear el agua para sembrar y regar el maíz, los tomates y la cebolla.

Petróleo hasta en la sopa

Los expertos en petroquímica, suelen hacer el siguiente ensayo para que los ciudadanos comunes podamos asimilar la importancia del petróleo y sus derivados en la vida diaria: levantemos la mirada e imaginemos cómo sería el mundo sin hidrocarburos. Iniciemos con las mercancías que contienen plástico: toda la variedad de juguetes, las muñecas de sus hijas, los carritos del niño, los esferográficos, la mitad de la blusa, de la camisa, el pantalón, el teléfono, el chip, la computadora, los cosméticos y desodorantes, la pintura de las paredes, la variedad de asfaltos de las calles del mundo, los lentes de contacto. En todos estos productos nos encontramos con el polipropileno, el benceno o el xileno, componentes básicos provenientes del petróleo.

Por un momento quitemos el diésel o el búnker de las plantas generadoras de electricidad y se irá la luz: entonces deberemos prender unas velas, aunque ahora también las velas tienen subproductos del petróleo, entonces no quedará más que escribir a la luz del sol. Si usted vive en los pisos altos de una gran ciudad, se quedará sin agua, porque las bombas de agua  funcionan con diésel o gas licuado de petróleo. En invierno los sistemas de calefacción sucumbirán y millones de seres morirán congelados: esos equipos funcionan con petróleo. Ni sus zapatos, orgullosamente chinos, se salvan, porque además de que contienen suelas de caucho, pegamentos y tintes basados en petróleo, el cuero con que están hechos debió transportarse a la fábrica, a las bodegas, luego al punto de venta y de ahí a su casa, en carros movidos por combustible. Todos esos productos que han debido movilizarse largas distancias para llegar a sus manos dependen del petróleo, más de 95% del transporte en el mundo se hace con combustibles fósiles. No todo queda ahí, aún está el apetitoso plato de comida.

No, la comida no tiene directamente petróleo, dirá usted, cierto, pero sí los pesticidas, los preservantes, los fertilizantes y el diésel para mover el tractor y bombear el agua para sembrar y regar el maíz, los tomates y la cebolla. Además de que los pollos y los cerdos crecieron en granjas, con protectores de plástico, bajo una constelación de focos, todo transportado a través de combustión fósil. La comida es más sabrosa, cuando está caliente y para lograrlo el 80% de la humanidad consume gas licuado de petróleo. Luego de este ejercicio, veámonos al espejo y pareceremos medio desnudos y en tiempos remotos.

Para la construcción de un coche en EE.UU., se requiere en promedio por lo menos de 20 barriles de petróleo. Incluso aquellos que promueven las energías renovables, saben que la mayoría de los materiales para operativizar estas energías, requieren grandes cantidades de petróleo para ser construidas. Igualmente, la producción de metales como el aluminio, es totalmente dependientes del petróleo. Estados Unidos, con el 5% de la población mundial, consume el 25% del petróleo que se produce en el mundo, y del cual importa más de la mitad.

El petróleo es el plato fuerte del actual modelo de desarrollo, que -desde la revolución industrial- condenó a la humanidad a vivir y crecer apropiándose de los recursos naturales. Primero fue el carbón y después los hidrocarburos. El planeta gasta sus energéticos cientos de veces más rápido de lo que se generan nuevas energías, lo cual nos está llevando al abismo. Si el petróleo es el combustible que alimenta el motor de la economía, su escasez más temprano que tarde anuncia un gran sacudón global.

Me gusta la gasolina

Uno de los signos de distinción del modelo de vida actual, es el culto al motor y a la gasolina. El sistema ha sido diseñado para devorar energía y ha creado una moral y una estética basadas en las formas de movilización y drogadicción mercantil, incurables. Tanto es así que muchos ciudadanos se avergüenzan con la sola idea de subirse al transporte colectivo; su individualismo se realiza al máximo en un descapotable para dos. Antes de sacrificarse para subir al autobús, serían capaces de gastar todos sus ahorros, trabajar el doble y hasta robar, para pagar lo que sea por un galón de gasolina, todo por no figurar en la fila esperando el colectivo.

Veamos a los personajes del mercado-combustible en la autopista devoradora de energía, con especial dedicatoria para el mercado y las hordas urbana, verdaderas tribus digitales. Ahí, se exhiben los gustos por los autos lujosos como parte de la construcción identitaria y el estatus tridimensional. Por ello, se asocia el símbolo musical de esa máquina cultural con la canción en reggaetón “me gusta la gasolina”. El posicionamiento de la máquina como el signo de clase, no sólo es privilegio de las grandes metrópolis del capital, en realidad es el tatuaje energético moderno. Tanto es así que las expresiones de un hombre o mujer de éxito, es tener un auto. El elemento central de la crisis energética que se avecina no está en la carencia de recursos o en la falta de generosidad de la naturaleza, sino en la esquizofrénica carrera impuesta por un sistema que idolatra el consumo de petróleo, para engordar las máquinas y el omnipotente poder de las transnacionales y sus estados tutores.

El dramático crecimiento de la demanda de crudo se ha empezado a sentir mucho más por las presiones de consumo de China e India, que han llegado a desequilibrar las curvas predecibles de incremento de la demanda en los últimos ocho años.

El subsuelo se agota

Los llamados científicos críticos, señalan que la producción mundial de petróleo alcanzará su cota máxima en los próximos cuatro años antes de comenzar a caer de modo drástico, lo cual tendrá fuertes consecuencias para la economía mundial y el estilo de vida. Ellos sostienen que la explotación de petróleo barato ha llegado a su fin, aun considerando la extracción de las reservas de petróleo pesado de las profundidades marinas, el techo de producción se alcanzó en estos años, y de ahí para adelante todo será descenso, vaticinan.

Debe considerarse que los costos de extracción de petróleo pesado de estructuras geológicas ubicadas en los polos o en aguas ultraprofundas, se dispararían a límites inalcanzables para los mercados, generando graves crisis energéticas y afectando sustancialmente la producción de todo tipo de derivados provenientes del petróleo. Aunque el debate pretenda distraer sobre los volúmenes reales de reservas mundiales de petróleo, una cosa es inobjetable para todos: la bonanza del petróleo barato llegó a su fin y ahora los países que controlan grandes reservas de crudo, tendrán verdaderas joyas en sus manos, las cuales han de convertirse en armas económicas poderosas para dominar aún más los mercados.

El dramático crecimiento de la demanda de crudo se ha empezado a sentir mucho más por las presiones de consumo de China e India, que han llegado a desequilibrar las curvas predecibles de incremento de la demanda en los últimos ocho años. Según las estimaciones más conservadoras de la Agencia Internacional de la Energía, la demanda aumentará a 113 millones de barriles día antes del 2030. Se estima que la tasa de caída anual en cuanto a producción corresponde a un 5%. Esto supone que en 10 años habrá un déficit cercano a los 60 millones de barriles diarios. Cifras alarmantes que demuestran la insostenibilidad de este recurso energético.

El mercado de Estados Unidos de Norteamérica es el primer consumidor de petróleo. Cada estadounidense consume 18 veces más petróleo que un ciudadano chino; lo cual significa que si en China consumieran la misma cantidad que en EE.UU., el país asiático requeriría 90 millones de barriles de petróleo por día, 5 millones más que toda la producción diaria del planeta.

El reordenamiento del poder mundial se basa, sin duda, en el control de la energía. Basta reconocer que las cuatro principales reservas de petróleo y gas del mundo están en manos de empresas estatales: Aramco de Arabia Saudita, Inoc de Irán, Pemex de México y Pdvsa de Venezuela; sin descuidar el peso de la empresa rusa Gazprom.

En estos tiempos, los medios masivos de información nos desvelan con titulares que destrozan la capa de ozono: nevada en Curazao, diluvio en el Sahara, millones de damnificados, todos pobres. Mientras Hollywood amasa fortunas con filmes en 3D sobre el fin del mundo, sube el precio de los misiles, las funerarias se enriquecen, el G7 sigue sin ponerse de acuerdo si es 17% o 23% la reducción de las emisiones de CO2. Así, mientras ellos no se ponen de acuerdo, los pueblos lloran, se disparan las acciones en las bolsas de valores, las Naciones Unidas y los cascos azules derraman solidaridad por los desheredados del mundo.

Sólo nos queda aullar, como decía Saramago, y convocar a los desesperanzados, a los tristes, a los desheredados, a los incómodos, a los dolidos, a los jodidos, y volver a pasar por el verso y por la calle, a incendiar la palabra junto a García Lorca: Debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato.

Mientras en un viejo bar, sigue rechinando el tango, que el mundo es una porquería, los tecnócratas de la modernidad, nos consuelan con que somos todos responsables. Así, el sacrificio será de todos, incluso de los insectos y de las bacterias más bacterias. Nuestro crimen será nuestro castigo: el Armagedón, donde sólo los elegidos llenarán el Arca construida con indestructible titanio y movida por gasolina. 

Entre tanto, los sacerdotes del ambiente, que se reproducen como “conejos en cautiverio”, son los que elaboran y aprueban los códigos verdes: las Iso, las deshizo. Los que ponen el sello ecológico a todas las industrias transnacionales que destripan la naturaleza y a sus hijos, en nombre de la sostenibilidad, la sustentabilidad, y las prácticas socialmente responsables. Los organismos financieros también son verdes, en las condiciones de los préstamos hay normas ambientales estrictas. Ellos financian a transnacionales petroleras, madereras y simultáneamente impulsan planes de reforestación.

El planeta arde y se congela, se congela y arde, las torres petroleras tienen más derechos que los tagaeri o los taromenane, los bosques huyen de los tractores, la sequía y la inundación se alternan; mientras en la selva tropical se calla el canto de las especies, devoradas por las explotaciones ganaderas y los cultivos de exportación “que el mercado exige y los banqueros aplauden. Esto no cambiará mientras sigamos creyendo que la naturaleza es una “bestia feroz” a la cual hay que domar y castigar para que funcione como una máquina.

Sólo nos queda aullar, como decía Saramago, y convocar a los desesperanzados, a los tristes, a los desheredados, a los incómodos, a los dolidos, a los jodidos, y volver a pasar por el verso y por la calle, a incendiar la palabra junto a García Lorca: Debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato. Debajo de las divisiones hay una gota de sangre de marinero. Debajo de las sumas, un río de sangre tierna. Un río que viene cantando por los dormitorios de los arrabales, y es plata, cemento o brisa en el alba mentida de New York. Existen las montañas, lo sé. Y los anteojos para la sabiduría, Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo. Yo he venido para ver la turbia sangre, la sangre que lleva las máquinas a las cataratas y el espíritu a la lengua de la cobra. Más vale sollozar afilando la navaja o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías que resistir en la madrugada los interminables trenes de leche, los interminables trenes de sangre, y los trenes de rosas maniatadas por los comerciantes de perfumes. Los patos y las palomas y los cerdos y los corderos ponen sus gotas de sangre debajo de las multiplicaciones, y los terribles alaridos de las vacas estrujadas llenan de dolor el valle donde el Hudson se emborracha con aceite. Yo denuncio a toda la gente que ignora la otra mitad, la mitad irredimible que levanta sus montes de cemento donde laten los corazones de los animalitos que se olvidan y donde caeremos todos en la última fiesta de los taladros. Os escupo en la cara. La otra mitad me escucha devorando, orinando, volando en su pureza como los niños en las porterías que llevan frágiles palitos a los huecos donde se oxidan las antenas de los insectos. No es el infierno, es la calle. No es la muerte, es la tienda de frutas. Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles en la patita de ese gato quebrada por el automóvil, y yo oigo el canto de la lombriz en el corazón de muchas niñas. Óxido, fermento, tierra estremecida. Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina. ¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes? ¿Ordenar los amores que luego son fotografías, que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?

O la militancia ecológica y la defensa de la naturaleza nos conducen a la reivindicación de la vida humana en el planeta, y a la recuperación de la armonía y equilibrio entre las especies, o seremos parte de la geología.

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El culto a la gasolina
 


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