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24 de Septiembre del 2018
Historias
Lectura: 13 minutos
24 de Septiembre del 2018
Fermín Vaca
Periodista político. Es editor de PLANV. Ha trabajado en los principales periódicos de Ecuador en la cobertura de política y actualidad. 
El Palacio de Najas recupera su antiguo esplendor

Foto: Santiago Borja López

La fachada del Palacio de Najas, iluminada de noche. En una segunda etapa, se tiene previsto colocar modernas luces LED para la iluminación. 

 

De mansión de prominentes comerciantes a sede de la diplomacia ecuatoriana, la historia del Palacio de Najas está llena de anécdotas. La antigua mansión, que fue residencia de un excéntrico matrimonio, luego palacio presidencial y finalmente sede de la Cancillería, fue recientemente restaurada por el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Municipio.

El presidente Aurelio Mosquera Narváez. Su repentina muerte en 1939 fue motivo de muchas especulaciones. 

Cuentan que una noche de 1939, el presidente de la República se encerró en su habitación, decorada con muebles traídos de Europa, en la parte alta de una mansión de gusto francés. El jefe del Estado era médico de profesión, y figura prominente del Partido Liberal, en el poder desde 1895.

Todas las mañanas, el mandatario tomaba un coche que lo conducía al Centro Histórico, a su despacho en el Palacio de Carondelet. Ese día de noviembre en particular, convocó al Despacho Presidencial a un edecán con un encargo especial. Debía ir a la Botica Alemana por una fórmula magistral. El militar obedeció sin chistar y a la media hora volvió a Palacio con una botellita. El presidente la guardó en su chaqueta, y, en su último día en el poder, despachó como si nada hubiera pasado. Volvió a su residencia, la mansión que la familia Najas le arrendaba al Estado para Palacio presidencial, en la zona de La Mariscal. Abrió su botella, colocó en el café todo el contenido. El médico lo bebió despacio, sabiendo que la dosis sería letal, mientras por los ventanales miraba el ocaso sobre el Pichincha.


El aspecto original del Palacio de Najas, desde la esquina de la avenida Diez de Agosto y Vicente Ramón Roca. 

Tras dos días de agonía, el presidente Aurelio Mosquera Narváez salía muerto del Palacio de Najas. Mientras la carroza decorada con cortinas negras y penachos del mismo color, tirada por caballos y escoltada por soldados conducía su cadáver hacia el Centro Histórico, rumores quiteños que hasta hoy no se han comprobado decían que el mandatario, amargado por la infidelidad de su mujer y las intrigas de la política golpista del Ecuador de los años 30, había optado por el suicidio. 

La mansión del comerciante "turco"

Mientras la carroza decorada con cortinas negras y penachos del mismo color,  tirada por caballos y escoltada por soldados conducía su cadáver hacia el Centro Histórico, rumores quiteños que hasta hoy no se han comprobado decían que el mandatario, amargado por la infidelidad de su mujer y las intrigas de la política golpista del Ecuador de los años 30, había optado por el suicidio.

La historia del presidente Mosquera es solo una de las que ha marcado a la casona que el rico comerciante, de origen libanés, José Constantino Najas, hizo construir en La Mariscal, para su residencia y la de su esposa, la francesa Susana Delavelle hacia 1925. Los Najas, recuerda Fernando Najas, arquitecto y empresario de medios, descendiente de otra rama de esa misma familia, habían llegado de Líbano a principios del siglo XX, como ciudadanos del Imperio otomano. Dejando atrás las tensiones religiosas y políticas que envolvían al ya por entonces decadente imperio de la Sublime Puerta, los comerciantes libaneses encontraron en Quito un lugar propicio para dedicarse a la empresa.

Tres fueron los hermanos Najas, recuerda Fernando: José, Miguel y Emilio. Hicieron su vida en torno al comercio, y fundaron una de las tiendas más famosas del Quito de la época, el Bazar Verdún. Ahí las clases altas capitalinas podían obtener los últimos gritos de la moda parisina: ropa, adornos, alfombras, detalles traídos de Francia en los muchos viajes del comerciante libanés. 

Enriquecido por el comercio, José Constantino Najas puso la vara alta y se compró un gran lote en el nuevo norte de Quito, donde las familias más ricas de la capital y algunas de las más pudientes del país tenían su mansiones. Contrató al famoso arquitecto Francisco Durini, un suizo que era el arquitecto de cabecera de la oligarquía quiteña, para que le construyera un palacio que rivalizara con los de sus vecinos.


Los tres hermanos Najas: de izquierda a derecha: José (dueño del Palacio), Miguel y Emilio Najas (de quien desciende Fernando Najas).

A pocas cuadras, la imponente mansión de la Casa Jijón, La Circasiana, hacía gala de estirpe europea. La mansión de los Najas no podía quedarse atrás. Los planos de la villa Susana -como se llamó originalmente, a la usanza italiana- se conservan todavía: una edificio de estilo bellas artes, de gusto francés, con mansardas y altas ventanas.

Ahí vivieron los Najas y varios integrantes de su familia ampliada hasta 1935, cuando el Gobierno alquiló la mansión para convertirla en Palacio presidencial, pues en Carondelet no había habitaciones desde los tiempos de García Moreno. Luego, en 1943, el Gobierno compró la casona para destinarla a la Cancillería. 

Fernando Najas desciende de un hermano del propietario original del Palacio. 

Los Najas-Delavelle dejaron entonces el país, recuerda Fernando Najas. El comerciante vendió el Bazar Verdún y todas sus propiedades en el Ecuador. Fernando guarda todavía su foto de bautismo: aparece en los brazos de Susana Delavelle, quien nunca tuvo hijos con su marido, como madrina de bautizo. Con el equivalente de cinco millones de dólares, el comerciante libanés y su mujer se fueron a Buenos Aires, en donde se instalaron en el, para entonces, ultramoderno edificio Kavanagh, el primer rascacielos de Argentina. Se sabe que murieron en ese país, y perdieron el contacto con sus familiares en el Ecuador. 

Pero en Quito quedó el Palacio que levantaron para competir con la más rancia aristocracia quiteña. Palacio presidencial, primero, y sede de la Cancillería después, la suerte del Palacio de Najas se fundió desde entonces con la del Estado del Ecuador. A principios de los años cincuenta, un joven arquitecto educado en Francia propuso un proyecto innovador: demoler la mitad del edificio, reconstruir lo que quedaba y adosarle una torre de oficinas de estilo internacional. El resultado es lo que vemos hoy: un edificio que de la casona original solo conserva parte del elevado techo de gusto francés, que le da la espalda a la avenida Diez de Agosto y que no tiene puertas de acceso sobre dicho eje. A pesar de ello, un reciente proyecto de restauración ha devuelto parte de su antiguo esplendor a lo que queda del Palacio de Najas. 

La restauración


Los jardines de la mansión, que habían sido convertidos en parqueaderos, fueron recuperados. Foto: Luis Argüello

Aunque ya en 2003 se había retapizado todos los antiguos muebles que se encuentran en los salones del Palacio de Najas, hace poco se inició una restauración integral de la parte más antigua del edificio. El proyecto de rehabilitación, informó la Cancillería, tuvo un costo de USD 309.102 financiado por el Instituto Metropolitano de Patrimonio y la Cancillería aportó con USD 178.000 para la adquisición de alfombras, cortinas, mobiliario y trabajos de jardinería exterior. Además, la administración de parques y espacios verdes del Municipio de Quito contribuyó con un monto aproximado de USD 45.000. La obra fue inaugurada por el actual canciller, José Valencia, el 30 de agosto de 2018. 


El Salón de los Próceres, antiguo comedor de los Najas. Fotos: Luis Argüello


Estos muebles, de estilo Luis XVI, fueron traídos especialmente de Francia.


Varios majestuosos candelabros, de cristal de Baccarat, fueron encargados a la Embajada del Ecuador en París. 

El proyecto de rehabilitación, informó la Cancillería, tuvo un costo de USD 309.102 financiado por el Instituto Metropolitano de Quito y la Cancillería aportó con USD 178.000 para la adquisición de alfombras, cortinas, mobiliario y trabajos de jardinería exterior.

Diego López, de la Dirección Cultural de la Cancillería, acompañó a PLANV en un recorrido por los renovados salones del Palacio. En lo que se cree eran las áreas sociales de la familia Najas, el Estado instaló varios salones de recepciones. En un gran comedor, se instaló el Salón de los Próceres, llamado así porque está decorado con una galería de cuadros de los próceres de la independencia nacional. López destaca que hay varias intervenciones en el edificio original desde 1947, cuando se colocaron paneles de madera en las paredes del Salón, así como se colocó una gran chimenea de piedra labrada, que probablemente no era parte original del Palacio. También en 1947, se pidió a la Embajada del Ecuador en París que comprara candelabros de cristal de Baccarat. Por la misma época se encargaron algunos de los  muebles, estilo Luis XVI, a la casa francesa Soubrier. La marca de los muebles todavía es visible en los forros de los muebles, aunque no conservan su tapicería original. 


En el Salón Principal del Palacio tienen lugar las recepciones de la Cancillería. Foto: Luis Argüello

En lo que era el salón principal de los Najas se encuentra el Salón de los Libertadores. Está decorado con los muebles traídos de Francia. Una chimenea de mármol, rematada con la cara de Hércules en bronce, parece ser original de la casona. El héroe mitológico es reconocible por tener la cabeza cubierta con la piel del León de Nemea, cuya muerte fue uno de sus doce trabajos. Sin embargo, López admite que hay pocos datos sobre si algo del mobiliario que ha llegado a nuestros días pudo haber pertenecido a los Najas. No hay, aparte de los cuadros y los muebles, prácticamente ningún objeto antiguo, aparte de unas consolas que también fueron restauradas a principios de los 2000 con pan de oro. 


Esta chimenea de mármol, con un decorado de bronce que representa a Hércules con la piel del Leon de Nemea, sería original de la casa. Fotos: Santiago Borja López

Alex Monge, arquitecto de la Cancillería, precisa que se realizó una tarea de mantenimiento en la parte antigua del edificio. Se cambiaron techos, pisos, tejas, se pintó las paredes tomando en cuenta los colores originales. El techo original del Palacio también fue modificado, cuando se le adosó el edificio moderno. Pintado de verde durante décadas, ahora está de color rojo, que se cree era el color original. Los conductos de las chimeneas no conducen a ninguna parte, pues ya no tienen salidas. 


Varios de los salones fueron decorados con nuevas alfombras y cortinas. Foto: Santiago Borja López

En la parte exterior, lo que durante décadas fueron parqueaderos se convirtieron en amplios jardines, mientras que las paredes del cerramiento, que impedían ver hacia el interior, fueron reemplazadas por rejas. Ahora, los transeúntes pueden ver la casona y la gran bandera del Ecuador que ondea en el centro, entre dos antiguos árboles de magnolias que formaron parte del parque original. 


Esta fuente se encuentra en el Patio de Honor del Palacio, por donde entran los diplomáticos extranjeros.  Foto: Luis Argüello

Diego López no cree en la historia del presidente Mosquera y su posible suicidio en el Palacio de Najas, por falta de documentos probatorios, afirma. Pero las historias secretas, lo destaca también Fernando Najas,  no siempre dejan testigos.


El cerramiento exterior fue abierto, para que la ciudadanía pueda mirar hacia el interior. Foto: Luis Argüello

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