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18 de Septiembre del 2013
Historias
Lectura: 9 minutos
18 de Septiembre del 2013
Fermín Vaca
Periodista político. Es editor de PLANV. Ha trabajado en los principales periódicos de Ecuador en la cobertura de política y actualidad. 
El traje nuevo del Presidente

Foto: Gianna Benalcázar

De izquierda a derecha: Ramiro Ávila, Natalia Sierra, Alberto Acosta, Esperanza Martínez y Arturo Villavicencio. 

 

Foto: Gianna Benalcázar

Estudiantes de la Universidad Católica escuchan la intervención de los autores.

 

Buena parte del auditorio se había retirado, pensando que, como en el cuento "El traje nuevo del emperador”, los líderes de las izquierdas no quisieron quedar de tontos en su momento y se demoraron en decir que el emperador estaba desnudo.

Portada del libro

Es un cuento de la infancia, de aquellos inolvidables de Hans Christian Andersen. Un charlatán llega a la capital de un famoso imperio y le ofrece al emperador un traje nuevo, cuyas telas son tan mágicas, que solo los inteligentes y talentosos pueden verlas. Los tontos, los malvados, los ineptos, advierte, no van a poder ver el traje. No ven nada los ministros durante las pruebas de la imperial prenda, pero nadie quiere decirlo, pues no quieren quedar de tontos. Sale el soberano de palacio a lucir su nueva prenda, escoltado por húsares a caballo, pero completamente desnudo, mientras el charlatán huye con el oro. Solo un niño que mira el desfile no se traga la engañifa y pregunta: “¿papá, por qué el emperador está desnudo?” La gente se da cuenta, tarde, de la estafa. Recuerda uno El traje nuevo del emperador viendo la portada del libro El Correísmo al desnudo, recientemente presentado en Quito.

Empieza a oscurecer el pasado 17 de septiembre en el campus de la Universidad Católica. En el vestíbulo del edificio que alberga a la Facultad de Derecho hay el movimiento habitual. La cafetería que funciona en ese lugar cuenta con una franquicia norteamericana, que atiende a esa hora a muchos de los estudiantes. Cerca de ahí, en el parqueadero del edificio administrativo, un sacerdote jesuita que ejerce un alto cargo en ese centro de estudios termina su jornada de labores y se sube en un Volswagen plateado del año. El viejo “acátase pero no se cumple” del pedido del papa Francisco de que dejen los carros de lujo y vivan con más modestia.

Junto a la cafetería concesionada a la franquicia de sánduches gringa, que se asemeja ya más a un pequeño patio de comidas que a un cafetín universitario, está la entrada a un amplio auditorio. Como de costumbre, muchos estudiantes se acercan a mirar, desde la puerta, lo que ocurre en el interior. La sala está ya llena desde antes de las 18:00.

En la mesa directiva, preside con gesto severo, el mismo con el que presidió la Constituyente de Montecristi, Alberto Acosta. Luce una de las chaquetas de color crema que son la marca de su vestir. Se trata de la presentación de un libro en donde 23 críticos de la autodenominada Revolución ciudadana, algunos de ellos, como el propio Acosta, ex funcionarios del actual Gobierno, se proponen sacarle los cueros al sol al oficialismo.

En la entrada del auditorio, sobre una mesa se venden los ejemplares de la obra: en la portada, un traje de calle en su armador, atravesado por la Banda Presidencial representa al gran ausente en este evento: “el primer acostista” que no fue, pero del que todos quieren hablar.

Discretos, pero algo descolocados en un cónclave más digno de las épocas más combativas de la Universidad Central que del ambiente más bien pequeñoburgués de la Católica, están parados en los pasillos dos cuadros del MPD: Edgar Isch y Geovanny Atariguana. En la mesa directiva, franqueando a Acosta, están Ramiro Ávila, Esperanza Martínez, Natalia Sierra y Arturo Villavicencio, en representación del resto de autores de la obra colectiva.

En la entrada del auditorio, sobre una mesa se venden los ejemplares de la obra: en la portada, un traje de calle en su armador, atravesado por la Banda Presidencial representa al gran ausente en este evento: “el primer acostista” que no fue, pero del que todos quieren hablar.

Acosta instala la sesión. Natalia Sierra, ex guerrillera del Alfaro Vive Carajo y profesora de la Católica y Pontificia universidad, se esfuerza por conectarse con un auditorio de veinteañeros vestidos, en general, con ropa de marca, que sostienen tabletas y celulares inteligentes. Habla como con jerga juvenil, y pretende aparentar con ello menos edad de la que tiene. Define al apoyo de “las izquierdas” a Rafael Correa como “un error muy loco”, y esboza una definición de comunismo que lo hace coincidir con la posibilidad de que todos vivan mejor. Su mirada se ilumina cuando habla de “la utopía comunista”, para luego caer en un gesto de angustia al describir la triste realidad: “el error muy loco” es más bien un reenchauche feroz del capitalismo en el Ecuador.

Sus palabras arrancan algunos aplausos en el auditorio, compuesto en su gran mayoría por estudiantes de las facultades vecinas. Se ve entre el público a Decio Machado, activista de izquierda español que tras ser asesor político del actual Gobierno es uno de sus críticos más severos.

Ramiro Ávila, un jurista de cabellos rizados y gestos enfáticos denuncia como la autodenominada Revolución y su ejército de abogados ha arremetido contra todo y contra todos: los estudiantes, los maestros, los dirigentes sociales, los periodistas. La instrumentalización del derecho en su faceta más siniestra: la de vigilar y castigar.

Toma la palabra Arturo Villavicencio. El catedrático usa sus cabellos blancos peinados a izquierda y derecha, cual físico nuclear, y tras anunciar que va a hablar sobre “el profesor de la Patria”, denuncia el total control del Gobierno sobre todas las universidades, pero, en especial, sobre las públicas. Proclama que la “ciudad del conocimiento” del correísmo no es más que una copia de la Universidad de Stanford, sazonada con aportes de universidades de Corea del Sur. Agrega que si un académico publicó en inglés en alguna revista especializada del exterior, esto vale tres veces más puntos que cualquier publicación nacional y en correcto castellano. Que una empresa gringa va a acreditar a las universidades nacionales. El neocolonialismo cultural y la más escandalosa admiración por todo lo extranjero instrumentadas por un Gobierno nacionalista y soberano. A todo esto, dice preocupado, le han puesto un nombre rimbombante: “biosocialismo republicano”.

Es el turno de Alberto Acosta: el ex ministro y ex presidente de la Constituyente de Montecristi admite que el actual Gobierno ha logrado bajar la pobreza en diez puntos. Pero el problema, afirma, es que no hay redistribución de la riqueza. Los ricos siguen siendo más ricos. Y el actual Gobierno, el que más recursos ha tenido en toda la historia de la República, si bien ha hecho inversión social, gasta del dinero del Estado, pero no redistribuye. Aprovecha Acosta para defenderse: que nunca autorizó la explotación del Yasuní, sino, apenas, una cuantificación de reservas, y eso en el marco de una acuerdo internacional con la Venezuela de Chávez. “Hay mala fe del Gobierno, para desprestigiarme”, se queja.

Son las 19:15 cuando Ramiro Ávila, un abogado de cabellos rizados y gestos enfáticos, toma la palabra. Tiene la voz aguda, al denunciar como “el MPD está siendo aniquilado por el Gobierno” y como la autodenominada Revolución y su ejército de abogados ha arremetido contra todo y contra todos: los estudiantes, los maestros, los dirigentes sociales, los periodistas. La instrumentalización del derecho en su faceta más siniestra: la de vigilar y castigar.


Esperanza Martínez, en el mismo estilo que Sierra, trata de sonar juvenil. Respalda las “zapateadas de los jueves” como llama a las protestas por el Yasuní. Pero reconoce que no va a ser fácil recoger las firmas para la consulta popular.Acosta, muy metido en su papel de presidir la sesión, abre el foro para las preguntas. Cinco chicos y dos chicas le apuntan directamente, cuestionando la Constitución que ayudó a redactar y el uso de los conceptos que hoy hacen parte de la ideología oficial, como el famoso “buen vivir”.

A las 19:40, Acosta levanta la sesión. Se pone de pie, toma su bolso de cuero negro, el libro que ha ojeado durante toda la presentación y saluda con algunas personas que se acercan a la mesa directiva. Ya se hace tarde y buena parte del auditorio se había retirado, pensando que, como en el cuento El traje nuevo del emperador, los líderes de las izquierdas no quisieron quedar de tontos en su momento, y se demoraron en decir que el emperador estaba desnudo.

GALERÍA
El traje nuevo del Presidente
 

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