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28 de Noviembre del 2013
Historias
Lectura: 13 minutos
28 de Noviembre del 2013
Redacción Plan V
La sentencia a Raquel (parte final)

Las pruebas, los informes periciales y los testimonios de los vecinos no fueron, en criterio de los jueces. justificación suficiente para probar la inocencia de Raquel. 

 

Los jueces dijeron que no pudo probar que el hoy occiso se disponía a agredirla física y sexualmente, que entre el derecho a la vida de su conviviente y su “supuesto” derecho a la integridad física y sexual se ponderaba el primero. No hubo defensa propia.

Raquel fue acusada del delito de Parricidio, y sentenciada a 12 años de reclusión mayor ordinaria. Su defensa mostró las pruebas suficientes para demostrar que ella había sido víctima previa de violencia sexual, física y psicológica. Mostró informes psicológicos y la historia de una vida sometida a abusos constante antes y durante su relación con Andrés. El día de los trágicos sucesos, incluyó el testimonio de varios testigos que denunciaron maltratos. Uno de ellos relató al tribunal cómo escuchó golpes y gritos de mujer que decían: "déjame, no me toques, no quiero estar contigo". Este mismo vecino relató que un año atrás había realizado en el conjunto un evento por el Día de la Madre, y algunas de los invitados, entre ellos Raquel, fueron al departamento de una de las vecinas. Contó al tribunal que, momentos después llegó su esposo Andrés, empezaron a discutir delante de todos y vio cómo la golpeó, el vecino quiso defenderla pero se contuvo “porque era un problema de familia”. La defensa mostró pruebas de agresiones anteriores: un aborto provocado por golpes en el vientre, una detención en Estados Unidos por denuncia de los vecinos que no soportaron ver cómo la maltrataba. La defensa presentó además estudios y peritajes de cómo reacciona o actúa una mujer sometida a constantes vejaciones, humillaciones y agresiones.

“Entre una de las características más evidentes en las mujeres que han vivido violencia por parte de su pareja son básicamente el silencio, la culpa, la impotencia, la justificación y la dependencia de otras personas. Todas estas se encuentran presentes en la evaluada, dado que la violencia es una de las formas más claras de la violencia de género, que es lo que la señora evaluada vivió desde su infancia y se puede deducir que la pareja fue una reactualización de esas formas de maltrato infantil. Estas características se pueden presentar en diversos grados; en nuestra evaluada la culpa tiene un gran peso emocional por el reciente hecho pero además porque se cree culpable de haber provocado el maltrato y la agresión, factor que la llevó a prolongar la relación violenta”, dice una de las conclusiones del informe sobre la condición de Raquel.

“La violencia sexual y más aún de sus familiares, genera una serie de secuelas psicológicas muy graves y que viven las mujeres que han pasado por ella de manera silenciosa. Muestra sumisión, dependencia por creer que su pareja les “hace un favor”, al haberse fijado en ella, como en el caso de Raquel, dice el informe psicológico, cuando ella cree que su pareja la salvó emocionalmente y se hizo cargo de su primera hija sin hacer diferencias con las hijas propias, y por ello perdonó cuánto su pareja le hizo. Un dato importante es la forma en la que él, consciente o inconscientemente trasladaba la culpa a la mujer en los momentos de la reconciliación y como claro mecanismo de control a ella, empleaba frases como “debemos parar chiquita, esto no está bien, algún momento uno de nosotros va a salir muerto”, haciendo que la mujer sienta arrepentimiento y vuelva a engancharse en la relación minimizando la agresión, cayendo en la manipulación para mantener el ciclo de la violencia y prolongando el maltrato”.

El ciclo de la violencia

¿Cuál es el ciclo de la violencia del cual habla la profesional?  Leonor Walker, en 1978, estableció la explicación de la dinámica cíclica de la violencia conyugal. Es una espiral en la cual muchas mujeres quedan atrapadas. Las fases son tres: a) acumulación de tensiones, b) explosión o incidente agudo y c) respiro de calma y cariño o tregua amorosa.

En la primera fase ocurren incidentes menores de agresión que van creando un clima de temor e inseguridad en la mujer, a partir de que su marido o compañero se enoja por cualquier cosa, le grita o amenaza. En general el comportamiento de la mujer es de negación o racionalización de lo ocurrido, que se expresa en la justificación del comportamiento de la pareja, no se defiende, se muestra pasiva y casi convencida de que no existe salida, por lo tanto no realiza ningún esfuerzo por cambiar su situación. Su estado emocional es tan precario que puede llevarla a frecuentes estados depresivos y de ansiedad que la incapacitan para valorar lo que está sucediendo, porque su energía está puesta en evitar un daño mayor.

En la segunda fase las tensiones son descargadas a través de golpes, empujones o maltrato psicológico excesivo.  En esta fase se opera con una falta de control y un gran nivel de destructividad, por lo general la mujer es golpeada y experimenta incertidumbre de lo que sobrevendrá; enfrenta de forma anticipada casi la certeza de que será golpeada gravemente por lo cual cualquier acto o palabra que ella realice puede desatar peligro para su vida. Esto va acompañado del sentimiento de incredulidad por lo que ocurre, el miedo provoca un colapso emocional, que la lleva a paralizarse. Puede que también busque irse de casa un momento o unos días, o se decida a buscar ayuda profesional, hacer una denuncia, aislarse más, suicidarse o cometer homicidio. En muchos de los casos, es el mismo agresor quien cura las lesiones o la lleva al hospital donde reporta accidente doméstico.

Finalmente, el ciclo termina en la tregua amorosa, que viene inmediatamente del estallido de violencia, a la cual sigue un periodo de calma. El comportamiento del agresor es extremadamente cariñoso, amable, con muestras de arrepentimiento, pide perdón, promete no volver a golpearla, bajo la condición de que la mujer no provoque su enojo. Esta fase se va acortando en la medida en que se multiplican los sucesos violentos. Es cuando la mujer abandona cualquier iniciativa que haya previsto para poner fin a la situación de violencia.

“La violencia es una forma de manifestación de un poder patriarcal, que en el caso de la evaluada se ha manifestado a través de agresiones sexuales”.

El ciclo del maltrato: sólo en Quito y Guayaquil hay más de 100 denuncias diarias de violencia contra las mujeres. En el Ecuador, según datos del Instituto de Estadística y Censos, (Inec), 6 de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de violencia. Según el Cepam, el 92% de las agresiones ocurre en el hogar. El 14% de embarazos adolescentes es fruto de violaciones.

Para Raquel, la historia se repitió. Según su examen psicológico que se presentó en el juicio, “la violencia es una forma de manifestación de un poder patriarcal, que en el caso de la evaluada se ha manifestado a través de agresiones sexuales de manera permanente y desde los espacios familiares, lo cual genera mayor confusión, pues el ámbito de protección se convierte en el de destrucción, lo que para una niña de 8 años es completamente traumatizante”.

¿Cómo un ser humano reacciona ante todo esto? “La pasividad o agresividad, dicen las conclusiones, con las que se enfrentan las situaciones pueden modificarse si se hiciera una intervención adecuada en el momento oportuno. Sin embargo, pese a que Raquel acudió a los familiares de él, pues en Quito ella no tenía realmente a quien acudir, ninguno brindó el apoyo necesario, con lo que la indefensión creció y en la condición de víctima con características que parecieran buenas y deseables en una persona, también son características necesarias para ser víctimas de violencia: se tiene que perdonar con facilidad un golpe, es necesario ser empática con el otro para minimizar la violencia, se requiere ser empática para decir de su agresor que era muy bueno con sus hijas y nunca hizo nada desigual ni las discriminó; se requiere de un gran control emocional para callar: mejor no digo nada, aunque me siento terrible hago como que nada pasó para que las niñas no tengan que ver ni pasar por eso, para que no se asusten. Para ser víctima hay que identificarse con el agresor, pues precisamente por ello se convierte en víctima”. En el caso de Raquel, todas esas características se configuran como las de una mujer que ha vivido violencia intrafamiliar, abuso sexual y violación sexual, tornándola en una mujer que vive víctima de la impunidad y se somete a los otros, depende de otros y quiere proteger a sus hijas…

Los jueces llamaron la atención de la defensa de Raquel y de los acusadores particulares, por realizar una defensa sin técnica forense apartados de los principios de buena fe.

El tribunal sopesó todo esto, y esta fue su sentencia, en mayo del 2013:

“Atendiendo a los hechos probados,  la procesada se presentó subjetivamente (como) que era víctima de una agresión real y actual de muerte. Como no se ha podido probar que efectivamente el hoy occiso se disponía a matarla o a abusar sexualmente, por mucho que hayan existido antecedentes de violencia doméstica, la reacción de defensa frente a una representación subjetiva errónea acerca de la existencia de una agresión ilegítima que ponga en riesgo su vida (sic). El Tribunal razona que el error de un individuo constituye un dato de la realidad objetiva para las demás personas que intervienen en el hecho, y no como subjetivamente entiende quien lo alega, como en la especie, por lo que se rechaza la eximente de legítima defensa, tanto completa como incompleta alegada por la defensa de la acusada, ya que producir la muerte del conviviente para impedir que le golpee o intente abusar sexualmente de ella (sin que exista prueba alguna de tal intento) bajo la consideración de que no solo la acción no era necesaria para ello, es exageradamente desproporcionada, toda vez que entre el supuesto derecho a la integridad física y el derecho a la vida existe una diferencia jerárquica tan considerable, que en modo alguno se puede justificar que cualquiera que se vea siendo golpeado por su conviviente lo mate para ejercer su derecho”.

De Raquel, el Tribunal dijo en la sentencia que “se le podía exigir otra conducta, no reñida con el Derecho, sin lesionar el bien jurídico protegido, esto es el respeto a la vida de los seres humanos, incluyendo la de quien era su conviviente y padre de sus tres hijas, ya que debió mantener las normas de respeto social y buen comportamiento como cualquier otro ciudadano”.

Doce años de reclusión mayor ordinaria, dice la sentencia,  sin modificación de la pena por el agravante contemplado en el Art. 31 del Código Penal vigente, el cual dispone: se reputará como circunstancia agravante de la infracción el hecho de ser la víctima cónyuge, conviviente, pariente hasta el cuarto grado de consanguinidad y segundo de afinidad, o ser ascendiente o descendiente del ofensor. La sentencia califica a Raquel como autora responsable “del delito tipificado y sancionado en el Art. 449 del Código Penal”.

Los jueces llamaron la atención de la defensa de Raquel y de los acusadores particulares, por realizar una defensa sin técnica forense apartados de los principios de buena fe y lealtad procesal, establecidos en el Código Orgánico de la Función Judicial. A pesar de que los jueces ordenaron que la sentencia sea cumplida en la Cárcel de Mujeres de Quito, Raquel fue trasladada a la de Tulcán aduciendo que había saturación en ese centro de detención. La apelación no fue aceptada.

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