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11 de Diciembre del 2015
Historias
Lectura: 10 minutos
11 de Diciembre del 2015
Pedro Páez e Isabel Espinoza*
Mujeres en el transporte público: reflexiones de un escote

Ese año, en la segunda edición de “La marcha de las putas”, se presentaron muchas más mujeres. Esperar a que los medios las reconozcan a ellas y a sus problemas, era imposible.

 

Cuando la concejal Carla Cevallos decidió tomar cartas en el asunto, realizó una polémica campaña para concientizar a la ciudadanía sobre las concepciones de la palabra “Puta” y los femicidios en el país.

 

Según el Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana (OMSC) el 67% de las mujeres que residen en Quito han sido víctimas de algún tipo de acoso en el espacio público. El Municipio de Quito, que bajo la actual administración lanzó la campaña "cuéntame" pare detectar y controlar los casos de violencia en el transporte público, aún no ha arrojado datos que prueben una disminución en este tipo de delitos.

Reflexiones de un escote y un voyeurista

La violencia de género en cifras

Hoy no es secreto que la sociedad quiteña tiene serios problemas con su transporte público: los habrá administrativos, logísticos, de capacidad y otros más. Esta crónica habla, al alimón, de cómo es viajar en la Ecovía capitalina en el marco de la campaña que el alcalde Mauricio Rodas promocionó en tiempo de elecciones, y que ahora se ejecuta a través del Patronato San José. Esta pretende cambiar los hábitos culturales para que las mujeres puedan circular con tranquilidad y se titula Unidos por el respeto mutuo.

Tomamos el Ecovía en la estación de la Río Coca. Juntos, pero separados. Pedro caminaba unos metros más atrás. No nos regresamos a ver para no volar nuestra coartada. A las 10 y 35 de la mañana, casi todas las miradas eran curiosas y fugaces. Algunas eran más descaradas. Es casi canónico voltear a ver a las mujeres que acaban de pasar para fijarse en sus atributos. En esta ocasión, yo también regresé a ver para enfrentarme a la mirada de reconocimiento. Una gran parte de las mujeres a las que les podía calcular mi edad, caminaban cabizbajas y rápido hacia su destino; como si estuvieran huyendo de algo.


No hablar de la violencia, no soluciona nada. Más bien, aporta a que el monstruo crezca.


Ahora, en el boulevard de la Av. Naciones Unidas, se presenta una exposición contra la violencia de género. Las imágenes son cruentas, pero el mensaje es claro. La violencia en sí es cruenta. No hay manera de matizarlo o de decirlo de manera más sutil.


Los quiteños están escandalizados por las imágenes que cubren una de las avenidas más transitadas de la ciudad; pero, ¿es válida esta reacción?

Así mismo, como huyendo, se desviaban los ojos de uno y de otro: el joven con el cabello lleno de gel y el uniforme escolar inmaculado, el oficinista con aires de dandy, el anciano, el bajito, el más elegante. Todos anónimos clavaban la mirada -cosas que se ocultan en la rutina- en el escote, en la falda, en el jean azul, en todo. Sorprende lo que uno se pierde cuando no lo está buscando. Ya las primeras dos paradas y la cosa bullía. En puntillas miré a Isabel, casi me daba miedo ver a la gente que la rodeaba; ella levantó el pulgar y yo, ya más tranquilo, seguí el voyeurismo periodístico.

Con el tiempo, una aprende cosas. No hay mejor profesora que la experiencia. Estaba sentada cerca de la puerta, en un asiento solitario. A mi alrededor habían muchas personas; pero noté a dos en particular. La primera, era un hombre como de 30 años. Un ciudadano común, con una pinta común, un destino común y habilidades para disimular nulas. Estaba agarrado al tubo más cercano a mí; parado a mi costado. En el reflejo de la ventana podía ver cosas un poco vagas. Una cara que apuntaba hacia abajo, unos ojos dirigidos a mi escote. Para confirmar, regresé a ver y me encontré con un par de ojos aterrados que buscaban donde esconderse. Siguiendo la mirada del hombre, como para amedrentar, me encontré con la segunda persona que me llamó la atención. Era una señora de unos 40 años que me miraba con desdén y reproche; juzgándome a mí por la situación de la que había sido testigo.

La crítica a las mujeres, sorprendentemente, empieza desde las mujeres. Cuando vas vestida de manera provocadora, los hombres te ven; pero las mujeres son las que hablan. Me fije en mi escote y no pensé que era para tanto sobresalto; pero, la mirada del verdugo seguía sobre mí. Me sentí mal. Pensé en lo que esa señora me hubiera dicho si viviéramos en un mundo con menos convenciones sociales. Puta. Sencillo y directo al grano. Pero, ¿quiénes son las putas del siglo XXI? La mirada confirmaba mis sospechas. Las del escote, las risueñas, las del caminar delicado, las del labial. En la siguiente parada, el ecovía se aflojó un poco. La señora se bajó y yo me sentí un poco más tranquila.

Carla Cevallos es consejal del Distrito Metropolitano de Quito. En el tiempo que lleva ejerciendo su cargo ha emprendido varias campañas para frenar la violencia de género y discriminación en la ciudad. Su gestión ha sido fuertemente criticada por sectores conservadores, a la vez que apoyada por colectivos que trabajan para la equidad y justicia de género. En esta entrevista Carla cuenta su experiencia en estos procesos que, incluso, le han llevado a los juzgados.

Así como la crítica injusta, la carga negativa y el machismo que se desborda de la mirada de mujeres como aquella señora, el sentido de equidad, la noción de valor ciudadano y el ejemplo nace también en las mujeres: sabemos que resulta de mal gusto generalizar, pero también comprendemos que esto cambia en todos y todas o nada cambia. Una chiquilla que no tiene más años que esta década estaba sentada junto a quien parecía ser su padre. El hombre le contaba los dedos en voz alta para que ella haga eco del ejercicio: del uno al diez y del diez al uno, la niña repetía cada número con seguridad y, cuando el padre intentó hacer pasar el cuatro por cinco la pequeña le dijo con una convicción altísima -no, ese es cinco. Pensé que así debíamos aprender nosotros a tratar con dignidad y respeto a las mujeres, no por el hecho de ser mujeres, sino por un principio básico de equidad, eso que a los mayores les gusta llamar decencia.

La abogada Bernarda Freire es la Directora de la Clínica Jurídica de la Fundación Equidad. Una organización no gubernamental que tiene como objetivo generar información y espacios para la difusión de derechos de minorías sexuales y mujeres en estado de vulnerabilidad. En esta entrevista conoceremos la experiencia de esta ONG en cuanto a la cercanía de autoridades locales a problemas de violencia de género y discriminación

Se acababa el recorrido. Nuestro destino final era la parada Galo Plaza; pero nuestra frontera se veía cada vez más lejana. Fue divertido ver cómo, de repente, todas las personas del bus sufrían de narcolepsia cuando un mujer, con un niño en brazos, se subió en la parada Baca Ortiz. La chica tenía aproximadamente treinta años, y su niño, cuatro. Detrás de mí, ubiqué a una pareja joven. No voltee para constatar lo evidente. Eran colegiales. La voz femenina dijo en confidencia: Ya pues, cédele el asiento, dizque caballero. A lo que la voz masculina respondió: Chuta, ¡qué pereza ve! A parte el guagua ya tiene edad de pararse solito y yo no me pienso jalar hasta Quitumbe. Yo me senté primero, chch. Cédele vos. La respuesta fue predecible. Yo soy mujer, yo no cedo, me ceden. Yo me paré; pero la chica no se sentó. No logró ver que había un asiento disponible. Un señor de unos 50 años se abalanzó sobre el puesto como si ahí hubiera un lingote de oro.

Cuando bajamos del articulado e Isabel me contaba, como contando un chisme, su experiencia. Yo pensaba en en la campaña del alcalde Rodas, en Carla Cevallos y ese discurso de respeto y equidad, pensaba en la hija que el burgomaestre tuvo hace poco y a la que defendí en redes sociales cuando se acusó a Rodas de no presentarse en las protestas de agosto, pensaba en lo olvidadizos que somos, en lo temperamentales que son nuestros valores. ¿Tiene validez el reclamo? ¿Tiene oídos en que aterrizar? La cuestión no se limita a ceder el asiento a la embarazada o a la anciana: quizá nuestro sistema de valores tiene más aptitud comunicacional que las campañas del Municipio de Quito.


Entrevista a Kyra Torres. Antropóloga de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, explica desde su campo de estudio cómo se configura la violencia de género desde diversos niveles sociales y psíquicos.


Este día fue la ocasión perfecta para que las personas de este colectivo pudieran proyectarse sin recibir juicios de valor, insultos u odio.

 

*Autores: Pedro Páez e Isabel Espinoza, estudiantes de la materia de periodismo de investigación, de la Facultad de Comunicación de la Universidad Católica del Ecuador. Este es su trabajo final en la cátedra que dirige Tania Orbe.

Puede ver el reportaje en su publicación original aquí: https://violenciaeneltransportequito.wordpress.com

 

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