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21 de Noviembre del 2013
Historias
Lectura: 12 minutos
21 de Noviembre del 2013
Isaac García Venegas*
Un mexicano en el cambio de guardia

Fotos: Presidencia de la República

Los niños en la terraza del Palacio de Carondelet, saludan con el presidente Correa en el cambio de guardia.

 

En lo alto de Palacio, escoltado por granaderos con trajes del siglo XIX, el Presidente saluda a la gente en la Plaza Grande.

 

Con uniforme del siglo XIX, los granaderos de Tarqui realizan el cambio de guardia en el estrecho paso de la Plaza Grande que da acceso al Monumento a la Independencia. 

 

Esto, me digo, lo he visto antes. Para ser preciso lo vi cuando niño, cuando en mi país gobernaba el PRI bajo el mando de Luis Echeverría (1970-1976). Cierto que Correa tiene más cabello y menos panza que Luis; cierto que no usa lentes ni guayabera; cierto que el Ejército ecuatoriano poco tiene que ver con el mexicano; cierto que falta la lluvia de papelitos de colores tirados desde los techos de los edificios. Cierto.

El chofer del taxi pregunta por mi nacionalidad. ¿Qué taxista en el mundo no lo hace? Tras su falsa cordialidad sopesa el monto que habrá de cobrar por el viaje solicitado. No importa lo que marque el taxímetro, pues como se dice por tierras chichimecas, del tamaño del sapo es la pedrada.

Tomo nota de su actitud que abre la lógica del regateo. Casi puedo adivinar lo que dirá una vez que sepa soy mexicano: la plática obligada sobre el chile o el ají para ellos; el tamaño de la ciudad de México; lo interesante que es el país. Y efectivamente, la charla va por esos rumbos. Me habla del 'picoso' guacamole (que le quita lo macho frente a su novia); de lo frenético de la ciudad de México; de lo maravilloso que es Acapulco. Sonrío. Afirma que de cumpleaños se regala viajes. Me maravilla este país en el cual un taxista puede disfrutar de viajes al extranjero. Ojalá fuera cierto.

Probablemente sus referentes son las películas y telenovelas mexicanas: la expresión más palpable del imperialismo que el capital mexicano ejerce sobre América Latina, aunque el presidente del Ecuador nos ponga como el ejemplo más terrible de las consecuencias de un Tratado de Libre Comercio.

Luego, con su tono afable, el chofer me ilustra sobre la peligrosa situación de ciertas calles donde priman la delincuencia y la prostitución. Es gente "desechable" -me dice, haciendo gala de un modo de decir que escuché en Colombia. ¿Sí? -pregunto, a sabiendas de que hago un mero ejercicio de retórica pues se viene una andanada en contra de tales personas-. Me habla de la gente que roba, de las prostitutas, pero sobre todo de los 'maricones' o 'cantimploras'. No dice 'putos'. El tono de su decir muestra el tamaño de su odio. Pregunto si en general ese odio se queda en referencias, en palabras, en insultos. Me responde con tono malicioso que no, que a veces los matan, que a la policía no le importa. Hay en su mirada un brillo avieso. Guardo silencio. Esta homofobia es desagradable.

"Veo que al centro de plaza, formados, hay un conjunto de varones con uniformes militares muy ridículos, como si fueran del siglo XIX. Están allí, muy firmes, muy serios, muy marciales".

El taxi se aproxima lentamente a las calles del centro de Quito, Ecuador. Observo con curiosidad. Evidentemente hallo "aires de familia" en todo. Sin embargo, como lo sabe toda familia, por fortuna se puede ser distinto. El centro de Quito es igual pero distinto al centro de la ciudad de México. "Más chiquito" -dice el taxista. Sorpresivamente me indica que me dejará unas calles lejos del centro porque "mi hermano, hay mucho tráfico". Le observo sorprendido ya que en principio pienso que valora más su tiempo que el dinero, pero recuerdo que ya tiene establecido un monto específico que no cambiaría en nada si me llevara hasta donde quiero. Se detiene. Comienza la negociación: que si 5, que si 4, que si 3 dólares. Quedamos en 3,50. Es un robo. Pero no tengo mucho ánimo de discutir. Me urge ir a La Compañía, pero sobre todo me gusta su tono dulce de negociación. Desciendo del taxi.

Camino siguiendo una corriente invisible que se transmite a través de los transeúntes. Pero esa corriente parece inyectarlos con tranquilidad pasmosa. No hay prisa. Hay gente, pero no prisa. Es lunes. Siento regocijo. Una ciudad de dimensiones humanas, habitantes humanos, el gozo como principio. ¿Será posible? No oculto mi condición de turista. Miro detalladamente cada edificio, su arquitectura, la distribución de las calles, a la gente. En una esquina pregunto al policía por La Compañía. Muy amablemente me da las indicaciones correspondientes. Siguiéndolas doy con la plaza principal de Quito. Hay mucha gente reunida. Muy gratuitamente imagino que hay un mitin, alguna protesta por el asunto del aborto o por el Yasuní. ¿Qué viaje que se precie no incluye una protesta lugareña en un mundo que anda de cabeza? Rápidamente la realidad destroza mi imaginación y mi ingenuidad. Mientras me aproximo al costado lateral derecho de la plaza, a mi lado izquierdo, en las escaleras de un bello edificio colonial, hay un conjunto de mujeres con atuendos indígenas de la región, distribuidas en dos columnas de siete personas cada una, que forman una suerte de A. Al centro de las columnas, en lo que sería el vértice de esa A, una mujer sostiene un estandarte con el lema "Humanizarte" mientras otra sahúma con incienso la nada. Sé bien que eso significa una suerte de purificación. ¿De qué?, no tengo idea. Pero la disposición de las columnas, el estandarte, la acción, disparan en mí algo parecido a una alerta. Sin anuncio me transporto a épocas y lugares distantes de Quito que no me agradan.

En el intento de huir de esta sensación, camino rápidamente hacia el barullo de la gente. No tanto por curiosidad sino por ese irresistible atractivo que tiene el horror. Me aproximo al centro de la plaza. Chaparro al fin, tengo que hacer esfuerzos enormes por ver entre las cabezas de la valla de curiosos que observan lo que pasa ahí. Lo que alcanzo a mirar me eriza la piel. Veo que al centro de plaza, formados, hay un conjunto de varones con uniformes militares muy ridículos, como si fueran del siglo XIX. Están allí, muy firmes, muy serios, muy marciales. Pregunto a un señor qué sucede. Es el cambio de guardia -me dice-, y yo pongo cara de estúpido. No entiendo. Días después me explicaron que se trata de la Guardia de Granaderos de Tarqui, pero en el momento en mí no cabía más que estupor. Nadie en sus cabales iría hoy a luchar con esos uniformes visibles a la distancia por sus colores (azul y blanco, con motivos amarillos y rojos), sus gorros ridículos con pluma, sus lanzas, sus guantes blanquísimos, tanto como sus pantalones entallados, incómodos a leguas. Es claro que se trata de una teatralización de significado relevante. En el palco de lo que imagino es el Palacio de Gobierno está el Presidente con aproximadamente 50 personas entre colaboradores, familiares y niños de uniforme de primaria, que en línea se despliegan por el balcón y cuyo efecto por debajo del simulacro de ser espectadores del acto en realidad es imponer la admiración hacia el Presidente, que se encuentra en el centro de esa disposición. Esta admiración se refuerza debido a que por la cabeza de ellos, en el techo, se yergue la bandera del Ecuador, que ondea contra el cielo azul, y cuya asta es vigilada muy marcialmente por un integrante de la Guardia de Granaderos de Tarqui. El efecto acaba por subyugar cuando se nota en el entorno alto del Palacio de Gobierno francotiradores y militares modernos parecidos a Rambos, a quienes con suma dificultad puede distinguírseles siquiera la boca de tan embozados que están.

Abajo, en la plaza, el discurso del que solamente distingo fechas de batallas, termina con una arenga en favor del presidente Rafael Correa que inmediatamente alza los brazos, saluda al aire y supongo sonríe (mi vista cansada no me deja ver con claridad el gesto). Abajo las palmas no dejan de batir rabiosamente. Los extranjeros y los curiosos no aplaudimos. En cambio los demás sí. Rápidamente, desde lo que mi ínfima estatura me permite, paso lista a los que aplauden. Noto claramente burócratas y acarreados. La euforia de su aplauso, más que mostrar convicción, parece ser la respuesta a un pase de lista imaginario: ¡Aquí-estoy-yo-señor-presidente-presente-a-la-orden-para-servirle-a-usted-y-al-proyecto-que-usted-representa-que-no-es-otro-que-el-de-la-patria-misma!

Pero el "aire de familia" es inconfundible: la disposición teatral del acto; la reivindicación militar a través de ese acto; la urgencia de declarar y simbolizar antes que gobernar; la prestancia de la figura presidencial que es el modo elegante de ser aceptablemente autoritario...

Inmediatamente después, en medio de los aplausos, una banda musical que se encuentra al pie del edificio gubernamental, con muchos instrumentos de percusión y viento, es decir, muy militar, comienza a tocar una melodía que si bien no parece marcial -perdón, pocas cosas más marciales existen en el mundo que el himno nacional mexicano con su "mexicanos al grito de guerra"- sí es muy patriótica, o al menos eso intuyo.

La sensación que me había invadido al ver a las mujeres vestidas de indígenas con sahumerio ahora me ahoga. Esto, me digo, lo he visto antes. Para ser preciso lo vi cuando niño, cuando en mi país gobernaba el PRI bajo el mando de Luis Echeverría (1970-1976). Cierto que Correa tiene más cabello y menos panza que Luis; cierto que no usa lentes ni guayabera; cierto que el Ejército ecuatoriano poco tiene que ver con el mexicano; cierto que en México los uniformes militares decimonónicos se utilizan únicamente en representaciones de batallas legendarias (sólo batallas porque todas las guerras las hemos perdido); cierto que falta la lluvia de papelitos de colores tirados desde los techos de los edificios. Cierto. Pero el "aire de familia" es inconfundible: la disposición teatral del acto; la reivindicación militar a través de ese acto; la urgencia de declarar y simbolizar antes que gobernar; la prestancia de la figura presidencial que es el modo elegante de ser aceptablemente autoritario; el ofrecer, de manera recurrente, derechos a cambio de la desaparición de la disidencia; el hurto de palabras para volverlas parte integral de un discurso político huero en el que todo cabe, sobre todo lo que el señor-presidente dice (como el caso del Sumak Kawsay); el chantaje como arma institucional; la vacuidad absoluta de la palabra revolución como signo de un nuevo y benevolente corporativismo, etcétera. Decido huir del evento antes de que termine. Me dirijo hacia La Compañía. Quiero ver ese barroco quiteño lleno de frutas. Gusto más de los jesuitas, de ese peculiar autoritarismo que ejercían. Quizá más instruido, quizá menos burdo que este otro que veo: demasiado setentero, demasiado priista, demasiado corporativo, demasiado reformista, demasiado capitalista, demasiado macho, demasiado... echeverrista pues.

* Isaac García Venegas (1970). Mexicano. Historiador, editor y documentalista. Actualmente es coordinador adjunto del Laboratorio Audiovisual del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas). Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras y de la Escuela Nacional de Trabajo Social, ambas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue invitado a Quito por en el marco de un ciclo de conferencias sobre el filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría. Especial para Plan V.

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