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23 de Septiembre del 2018
Ideas
Lectura: 4 minutos
23 de Septiembre del 2018
Alexis Oviedo

Phd por la Universidad Católica de Lovaina. Ex investigador del Centro de Aprendizaje Continuo y Participación de esa universidad. Ex gerente del Proyecto de Pensamiento Político de la SNGP. Docente universitario.

30 años no es nada
Los años 80 del siglo pasado, habían iniciado hace poco. Febres Cordero, el “insolente recadero de la oligarquía”, como nuevo presidente, comenzaba a mostrar sus garras. En el coliseo Julio César Hidalgo ocurría el Festival de la Nueva Canción Latinoamericana, donde Silvio Rodríguez cantaba a la Revolución Nicaraguense, y Gieco pedía algo a Dios. Muchos jóvenes militaban en los diversos frentes amplios o clandestinos de las diversas tendencias de la izquierda.

Hace pocas semanas falleció Fernando Albornoz. Este triste evento me recordó su canción Guaga Curingui y automáticamente me remontó a la música de Quito en los años 80. Sin duda era Promesas Temporales, la banda donde Albornoz tocaba con el colorado Alvear, el —en ese entonces— joven Napo e Idrovo; nuestro referente propio, la banda que nos invitaba a entrar en ese género llamado música urbana que caló entre los adolescentes y jóvenes de la franciscana capital y que tomó la posta, de un poco conocido Mozarella, más cercano al rock.

Los años 80 del siglo pasado, habían iniciado hace poco. Febres Cordero, el “insolente recadero de la oligarquía”, como nuevo presidente, comenzaba a mostrar sus garras. En el coliseo Julio César Hidalgo ocurría el Festival de la Nueva Canción Latinoamericana, donde Silvio Rodríguez cantaba a la Revolución Nicaraguense, y Gieco pedía algo a Dios. Muchos jóvenes militaban en los diversos frentes amplios o clandestinos de las diversas tendencias de la izquierda. La música cubana estaba de moda, de la mano de Rumbason, una orquesta sonera con lírica comprometida, cercana al Partido Comunista. Los bailaderos de salsa se encontraban repletos, el Son Candela acogiendo a los choletarios y el Seseribó a la “gauche caviar”, aunque después tanto salsotecas como partidos de izquierda, mezclaron su población.

Aquellos que estábamos en el secundario, teníamos diversos gustos. Los “conscientes” escuchaban música protesta, y tenían prohibido por sus responsables políticos escuchar música en inglés, regla transgredida “por cobertura”, siempre y cuando no sea un rock estridente. Los “alienados” disfrutaban los pegajosos ritmos new wave que se difundían en los programas de videos musicales de la televisión nacional. 

La adscripción a los gustos musicales determinaba una pertenencia de clase. Los adolescentes de clase alta y media alta, los “cauchos” o los que pretendían serlo, escuchaban a Erasure, Cure y Depeche Mode, pero sobre todo adoraban a un grupo argentino poco conocido llamado Soda Estéreo. Su identidad se legitimaba con un atuendo, que, entre los jóvenes de posibilidades incluía pantalones ceñidos en las bastas y camisas floridas (diseñadas por el quizás primer modisto capitalino famoso: Jan Paz) y skeepers genuinos, comprados en el CCI, que debían usarse sin calcetines.

Esta moda, propia de los barrios del centro norte y del norte, (como siempre ha ocurrido) era emulada por los adolescentes de clase baja y media baja, de los barrios del centro sur y del sur, con similar pero barato atuendo y falsos skeepers comprados en la Ipiales, usados también sin calcetines y que dieron a sus usuarios un mote acuñado por sus pares norteños: los pata sucias.

Otros jóvenes de la clase sánduche, que pretendían no mostrar poses ni modas, adoptaron a los dulzones y pasados de moda Sui Géneris y Francis Cabrel y al amargo y novedoso Trópico Seco para sus tertulias nocturnas. En las esquinas de la Tola, la América, la Loma Grande, la Villa Flora, San Juan… improvisados guitarristas, tocaban las lacrimosas Confesiones de invierno y la Tinta de tus lágrimas. De pronto, desde una radio, un loco con el bigote bicolor nos dijo que estábamos verdes, repartió promesas sobre el bidet y demolió hoteles y se convirtió en el ícono para enfrentar con efectividad a los niñitos de la Soda Estéreo.

La muerte de Fernando Albornoz me trae esos recuerdos de hace más de 30 años. Desde entonces, la etérea Ana Clara de Viglietti ha adquirido un rostro, el de Iara Iavelberg, en el documental de su sobrina Mariana Pamplona. Y a estas alturas del partido, la antítesis de la musa de la izquierda, la “Material Girl”, ya no me parece tan despreciable.

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