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22 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
22 de Julio del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Abuso y violación: los desórdenes del poder
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Vivimos en una sociedad panóptica. Puesto que ya no existe el ojo de ese dios fisgón para el que no hubo el límite de la intimidad, los poderes sociales lo han reemplazado con un complejo sistema de vigilancia. Vigilar y castigar, las funciones que Foucault confiere al poder.

Los crímenes de violación y abuso sexual atraviesan todas las historias, incluidas las de los dioses. Zeus, el padre de los dioses, fue el gran violador de diosas, mujeres y ninfas. Desde entonces, el poder se ha considerado a sí mismo dueño de la sexualidad femenina. Ser poderoso implica tener derechos sobre lo público y lo privado. Para ciertos poderes, el sentido de lo íntimo y lo privado ha perdido su valor de significación. 

El ojo divino del poder está presente en todas partes y no hay nada que escape a su pasión por observarlo y poseerlo todo. Poder eminentemente fisgón que se solaza con su capacidad de mirar y escrutar, poder de desnudar todo cuerpo y toda realidad. 

Para el ojo perverso, el otro no es más que un objeto de su propiedad, un esclavo sometido a su deseo. Una de las características del poder es su capacidad de estar presente de manera ubicua en la vida de cada sujeto. Aquella expresión: Dios te ve se ha convertido en uno de los elementos de sumisión al poder. Ese inmenso y atroz ojo penetrando hasta en lo más recóndito de tu intimidad para gozar de ella, para gozar de tu bochorno cuando te descubres siendo perversamente observado.

Es lo que pretenden imitar no pocos poderes civiles. Cuanto más grande el poder, mayores sus capacidades de dominio sobre el otro. Se trata de un poder que se resiste a pasar por los ordenamientos simbólicos y que se queda en el hecho físico. El poder nos vigila: las cámaras nos vigilan día y noche. 

Vivimos en una sociedad panóptica. Puesto que ya no existe el ojo de ese dios fisgón para el que no hubo el límite de la intimidad, los poderes sociales lo han reemplazado con un complejo sistema de vigilancia. Vigilar y castigar, las funciones que Foucault confiere al poder.

Vivimos en una sociedad panóptica. Puesto que ya no existe el ojo de ese dios fisgón para el que no hubo el límite de la intimidad, los poderes sociales lo han reemplazado con un complejo sistema de vigilancia. Vigilar y castigar, las funciones que Foucault confiere al poder. Todos somos culpables, hasta en el pensamiento. Y todos habitamos una sociedad panóptica. Así desaparecen lo íntimo y lo privado para que se fortalezca el imperio de lo público en beneficio del poder.

Ese ojo perseguidor de libélula y de águila no sirve únicamente para controlar el orden social. No, está destinado a que también lo privado devenga pertenencia del poder. Y cuanto más se acrecienta el poder de lo público, más desaparece lo privado. Sociedad cada vez más panóptica en la que sus miembros sienten que cada día se reducen los espacios tanto de protección como de intimidad. Todos nos hemos convertido en imagen seguida, perseguida, grabada y, finalmente, incluso sancionada. 

Cada vez más patético y desvergonzado, el poder se considera nuestro dueño. Por lo mismo, ya no se toma el trabajo de preguntarnos y consultarnos. Decide por sí mismo como si la comunidad le hubiese otorgado la más grande de las clarividencias para decidir sobre los ciudadanos sin temor a equivocarse. 

De ninguna manera se critica lo que se hace para asegurar a los ciudadanos tranquilidad y buen desempeño social. Se pone en tela de duda esa posición prepotente de ministros, prefectos, alcaldes que confunden el orden social con el control de los ciudadanos. Tampoco se trata de inaugurar el caos del vive como quieras. Pero sí fortalecer los empeños destinados a trabajar por una reconstrucción social que tome lo educativo como una de las primeras y mejores estrategias para fortalecer la convivencia. 

Al mismo tiempo, es urgente que la sociedad se escandalice más por los diarios crímenes que se cometen a lo largo y ancho del país. Lugares en el que el ojo visor del poder o es extremadamente visco o simplemente no existe. Habría que sospechar que a ciertos poderes no le cae tan mal la sangre derramada por la delincuencia. 

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