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27 de Marzo del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
27 de Marzo del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Académicamente, el conocimiento es inútil
A nombre de la defensa de la izquierda y del avance de lo que ellos llaman el “campo popular”, defienden regímenes impresentables como los de Chávez, Maduro y Ortega, o cleptocracias desembozadas como la de los Kirchner o Lula.

Hace un par de meses, el  presidente Correa sorprendió al país con una de esas declaraciones que suelen desatar el humor de los ecuatorianos: “académicamente hablando”, dijo, “el  Ecuador  no está  en crisis”. Inmediatamente las redes sociales estallaron y los memes y chistes con esa singular frase sirvieron para nombrar todo aquello que contrariara la lógica, el sentido común, lo perfectamente conocido o lo evidente.

En estos últimos días el Presidente ha vuelto por las mismas. Según él, en los países latinoamericanos cuyos gobiernos se autodenominan “progresistas”, se estarían gestando procesos de desestabilización  auspiciados por lo que ellos denominan la derecha tradicional y el imperialismo. Ha dicho, que se trataría de un nuevo Plan Cóndor, aludiendo a los golpes militares y las posteriores dictaduras que tuvieron lugar durante la década del 70 del siglo pasado. 

Pero no es solo Correa, los funcionarios de estos gobiernos y los intelectuales de izquierda que orbitan alrededor de ellos también sostienen estas tonterías. A nombre de la defensa de la izquierda y del avance de lo que ellos llaman el “campo popular”, defienden regímenes impresentables como los de Chávez, Maduro y Ortega, o cleptocracias desembozadas como la de los Kirchner o Lula.

Son formas bastante siniestras de eludir la realidad y de soslayar toda la información existente a fin  de obtener una dispensa moral para evitar condenar los escalofriantes niveles de corrupción, las violaciones a los derechos humanos y los apabullantes fracasos económicos de estas bandas que, amparadas en supuestos proyectos de justicia social, no han hecho otra cosa que no sea capturar los Estados para hacer grandes negocios con sus recursos.

En un brillante ensayo titulado El conocimiento inútil, Jean-François Revel da cuenta de este proceso de negación de la realidad y del conocimiento, llevado a cabo especialmente por los intelectuales, con el fin de preservar y mantener a salvo principios ideológicos cuya aplicación en la realidad condujeron al hambre y al avasallamiento en aquellos países donde se implantó lo que se conocería como “socialismo real”.

Los intelectuales de izquierda, desde Sartre y Althusser  hasta García Márquez y Cortázar, no tuvieron empacho en denunciar al fascismo y a las dictaduras de derecha al mismo tiempo que decidían ignorar las ya muy conocidas y difundidas atrocidades de Stalin y los posteriores gobiernos soviéticos, así como aquellas que se cometieron en la China de Mao, en la Cuba de Castro o en la Camboya de Pol Pot y los Jemeres Rojos, por citar solo algunos ejemplos. La ideología, en este caso, condujo al falseamiento  obsceno de la verdad  y convirtió a aquellos intelectuales en meros propagandistas.

Pero la cosa no se limita a ello: ese mismo mecanismo sirvió para falsear la información sobre países y sociedades que habiendo optado por modelos de desarrollo basados en  el mercado, el capitalismo y la democracia, habían logrado resultados económicos y sociales muy superiores  a aquellos que representaban su “utopía”.

Es en este sentido que Revel dice que la ideología “No se basa en el análisis de los hechos. Al mismo tiempo que la percepción de lo real, la ideología suspende el ejercicio de la conciencia moral. Más exactamente, es la ideología la que sirve de criterio para distinguir el Bien y el Mal.   El ideólogo no desea conocer la verdad, sino proteger su sistema de creencias y abolir, espiritualmente, a todos los que no creen lo mismo que él. La ideología se fundamenta en una comunión en la mentira, implicando el ostracismo de cualquier que rehúse compartirla. Esa es la razón por la cual implica simultáneamente la suspensión de las facultades intelectuales y del sentido moral.”  Y es por esa razón y por la idea marxista de que el capitalismo es en sí mismo una máquina infernal e inhumana, que se justificaron todos los crímenes cometidos para la construcción del futuro luminoso.        

La actualidad de las afirmaciones de Revel no atañen únicamente a los líderes autodenominados progresistas, a  sus funcionarios y a sus “intelectuales orgánicos”(para usar la acepción de Gramsci, a quien citan con tanta frecuencia como desconocimiento ) sino sobre todo a esa oposición  de izquierda que no ha sido capaz de asumir las lecciones que la terrible historia de los “socialismos reales” nos ofrece y tampoco las que podemos sacar de la experiencia autoritaria que hoy vivimos.

Es esa izquierda que ayudó a consolidar el Correato y que se pasó por el forro el estado de derecho, la democracia y las libertades, la que no aprendió nada; tanto la experiencia como el conocimiento les resultaron inútiles. Basta asistir a una marcha y oír las consignas y discursos (o enterarse de la garrotiza que le propinaron al periodista Jean Cano), para entender que para ellos la historia se detuvo allá por 1917 y que el Muro de Berlín aún no ha caído.

Peor aún que las anacrónicas consignas y discursos de los militantes, resultan las coartadas y sofismas que los intelectuales de esa línea utilizan para salvar el núcleo ideológico del colectivismo. Esa coartada consiste en atribuir los precarísimos resultados económicos y sociales de los “gobiernos progresistas” a la aplicación de rezagos de lo que  ellos llaman políticas neoliberales. Nada más alejado de la verdad;  un modelo estatista en donde el poder político se colude con las grandes empresas, reparte prebendas y deja por fuera la competencia y el mercado, no tiene nada que ver con el liberalismo. Quienes confunden un modelo de esas características con el liberalismo, simplemente no tienen idea de lo que hablan.    

Una digresión: vengo de allí, me formé en el marxismo y compartí gran parte de la ideología a la que ahora me he referido; hice parte de esas comunidades o tribus, hermanadas por una ideas que nos hacían impermeables a la realidad y a otras ideas. Hace ya varios años abjuré de esa fe y hoy reivindico la libertad y la dignidad individual en todos los aspectos, especialmente en el de pensar con cabeza propia. La excomunión no me preocupa, aunque ello signifique vivir por fuera de esas comunidades de fe. Se extraña, que duda cabe, sentirse parte de los corros que bailaban, cantaban y gritaban consignas. Pero ya es tarde. 

La gran desgracia del siglo XX será haber sido aquel en que el ideal de la libertad habrá sido puesto al servicio de la tiranía, el ideal de la igualdad al servicio de los privilegios, todas las aspiraciones, todas las fuerzas sociales comprendidas en un principio bajo el vocablo de “izquierda” enroladas al servicio del empobrecimiento y el avasallamiento. Esta impostura ha falseado todo el siglo, en parte por culpa de sus más grandes intelectuales. Ha corrompido hasta los más mínimos detalles del lenguaje y la acción políticos, invertido el sentido de la moral y entronizado la mentira en el centro del pensamiento. La confusión entre el conocimiento y la fe constituye uno de los más bellos ejemplos del triunfo de la ignorancia que caracteriza nuestra época.     
 

[PANAL DE IDEAS]

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