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26 de Enero del 2022
Ideas
Lectura: 5 minutos
26 de Enero del 2022
Ernesto Carrión

Escritor

Acapulco so close
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Dueño de una poesía reposada, metafísica en estado combustible, amatoria desde el misterio de lo inasible, Ángel Emilio Hidalgo es un perfeccionista del verso breve. Así como un buceador de sensaciones profundas. No hay una palabra de más en sus poemas. Así como tampoco falta ninguna.


Cada vez que leo la poesía de Ángel Emilio Hidalgo recupero la fe de que un poeta auténtico no tiene periodos para su escritura. Por suerte, vive fuera de ciertas rutinas, más vinculadas al mercado, que obligan a escribir bajo parámetros y calendarios. Un poeta escribe a su velocidad y entera gana. Guiado por una tracción que desesperadamente requiere ser revelada para volver al silencio. Y a pesar de los múltiples trabajos que debe cumplir para llevar adelante su vida. Quizás sea por eso que existe una errada idea sobre el oficio del poeta. Incluso hay quienes asumen que un novelista sí es un escritor profesional. Como si hacer un poema de cuatro líneas no fuese más difícil que borronear cientos de párrafos. Construir  un libro de poesía, por ejemplo, trazar un cuerpo que guarde sentido y que contenga poemas que, aislados y encadenados, encajen a la perfección, es un trabajo que puede tomar años.

Desde su primera obra, Beberás de estas aguas, publicada y premiada cuando apenas tenía veinticuatro años, Ángel Emilio Hidalgo delineó sus preocupaciones estéticas y humanas. La palabra como un puente hacia el otro, arrastrado por el gesto de amar que transporta a nuevos derroteros. Ese otro como una posibilidad que apenas vislumbramos cuando elegimos extraviarnos en el otro. Por eso hablar de la celebración del amor siempre funciona como metáfora de la pérdida y de lo inabarcable de la esencia humana.

También aparece en este libro, así como en todos sus siguientes (El trazado del tiempo y El fulgor de la derrota) hasta llegar a Acapulco so close, la preocupación del tiempo como síntoma de la insuficiencia de la vida. Entonces, estos dos elementos, el amor y el tiempo, son importantes a la hora de revisar su obra.

En Acapulco so close se nos revela un viaje a México de este modo:

Entonces vi el campo extendido
en todo su verdor
mansión de hierba perfumada por la noche.

Y en el lugar donde anidan las serpientes
con plumas de nopal
un manojo de flores profanando los paisajes.

Dueño de una poesía reposada, metafísica en estado combustible, amatoria desde el misterio de lo inasible, Ángel Emilio Hidalgo es un perfeccionista del verso breve. Así como un buceador de sensaciones profundas. No hay una palabra de más en sus poemas. Así como tampoco falta ninguna

Un relato oculto se manifiesta desde el inicio del libro. Un viaje que, paradójicamente, dará origen a una poesía sobre la experiencia amatoria ocurrida en dicho viaje. México se convertirá, de este modo, en un nuevo lugar geográfico para encontrar el amor y para perderlo. Un espacio donde explorar el lenguaje hecho de palabras que también eluden su único sentido.

Todas las palabras que conoces
mudan y cambian con el tiempo.
Todas.

Así la voz deambulará por el país azteca desnudando sus símbolos y, sobre todo, encendiéndose en cada fragmento de su memoria, que es donde empezamos a entrever las ruinas de un amor. De este modo las ruinas románticas del poeta se irán enlazando con las de México hasta depositar al lector frente a la única sentencia: el destierro para quien amó y perdió. Un destierro que provoca ese trágico tránsito como un fantasma, entre fotografías mentales y ruinas, que es, en definitiva, el libro que el lector tiene en sus manos. Y pura recompensa de la poesía. Hay que atreverse a perder para amar. Así como hay que atreverse a perderse para escribir un buen libro. Por eso existen poetas que boicotean sus propias vidas: solo para darle de comer al poema.

Dueño de una poesía reposada, metafísica en estado combustible, amatoria desde el misterio de lo inasible, Ángel Emilio Hidalgo es un perfeccionista del verso breve. Así como un buceador de sensaciones profundas. No hay una palabra de más en sus poemas. Así como tampoco falta ninguna.

Quizás, de la poesía ecuatoriana contemporánea, él sea el único que ha sabido llevar mucho más allá la desgarradora veta poética de David Ledesma. Este, su cuarto poemario, es otra muestra de cómo el sobreviviente de un naufragio sigue hallando la luz frente al silencio de las pérdidas.

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