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24 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
24 de Septiembre del 2015
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

Adolf Eichmann, ciudadano y burócrata
La oscura historia de Adolf Eichmann nos ha dejado una perturbadora lección: definirse como un ciudadano ejemplar puede ser perverso, si el sistema de interpelación de la sociedad a la que este se adhiere está corrompido. Es más, a veces, desobedecer a la autoridad instituida, es decir, negarse a asimilar esa ciudadanía viciada y ser rebelde, es la opción ética.

Adolf Eichmann no era una persona brillante, jamás se destacó en sus estudios y no logró procurarse una adecuada formación intelectual.  Intentó  incursionar en el mundo de los negocios pero todos sus proyectos fracasaron por su falta de iniciativa e  inteligencia natural. Como empleado privado tampoco llegó lejos, perdía sus trabajos constantemente por falta de diligencia. Adolf cargaba el estigma de ser un perdedor, algo especialmente incómodo en la estricta sociedad austriaca.

La juventud de este personaje fue opaca. Sus relaciones familiares no fueron las mejores, por ello solía pasar mucho tiempo en casa de su mejor amigo, un muchacho judío cuya familia le proveía  del calor doméstico que faltaba en su propio hogar. Tan constantes eran las visitas de Eichmann, que en un par de años logró aprender yiddish, el idioma, privado de los hebreos ashkenazi en Europa del Este. Esta nueva destreza sería muy útil para su futuro, aunque de una manera paradójica y sombría.

Adolf Eichmann necesitaba un milagro que lo libere de sus frustraciones. Un milagro que abrase a todas aquellas almas enemigas de la individualidad y que anhelan perderse en la niebla del colectivismo. Una ideología que permita que los alienados de los rincones más enajenados de Europa se sientan grandes. Un milagro inverso, y un mesías sombrío que lo lleve a cabo. En una cruel jugarreta del destino su sueño se hizo realidad. El efervescente crecimiento del nacional socialismo, y el advenimiento de Hitler, fue percibido como una teofanía por el entusiasta desempleado, quien vio en el profeta del fascismo un luminoso amanecer para encontrar sentido a su vida.

Finalmente Eichmann encontró su vocación: sería burócrata. Un pequeño obrero en la estructura tecnocrática del nazismo. Y le fue bien. Su experiencia  parasitaria en casa de sus  ex amigos  hebreos y su conocimiento de yiddish, lo catapultaron hacia una nueva posición: experto en cuestiones judías. Efectivamente, el nacional socialismo era un sistema ideológico e institucional, increíblemente eficiente a la hora de convertir pelmazos en funcionarios poderosos.

Todos sabemos el resto de la historia. La "cuestión judía" fue una política de Estado en la Alemania nazi. Los hebreos eran el enemigo. Se debatieron formas de eliminarlos de los territorios germanos, para ello se redactaron leyes y normativas específicas.  Expulsiones, acoso, hostigamiento, guetos, y finalmente campos de exterminio. Eichmann fue uno de los funcionarios más importantes en ese proceso, y esta vez hacía su trabajo con eficiencia. Hitler había obrado el milagro, había convertido a un perdedor, pobre diablo e incompetente, en un ciudadano ejemplar y un burócrata diligente y abnegado.

Tiempo después, cuando las tropas soviéticas derrotaron al ejército nazi, el mundo pudo ver lo que había pasado en los campos de exterminio de Europa del Este (especialmente en Polonia). Millones de judíos, gitanos, comunistas y homosexuales fueron asesinados luego de recibir torturas indecibles. Lo más macabro de todo fue que aquello ocurrió bajo el amparo de las leyes que habían sido reformadas o reescritas por el nacional socialismo. Ninguna de esas atrocidades fue ilegal, en territorio alemán. Todo lo que pasó, ocurrió sujeto a las normas e instituciones creadas por el  estado colectivista nazi. Los perpetradores de los crímenes fueron sujetos que pagaban impuestos, obedecían las leyes, y eran considerados buenos ciudadanos.

Tras vivir algunos años en Argentina, con identidad falsa, Adolf Eichmann fue identificado por el Mossad, y llevado a Israel para ser juzgado. Hannah Arendt describe los pormenores de su juicio en Jerusalén, en su obra La banalidad del mal.  En el texto de la pensadora se puede encontrar la crónica de la encendida defensa que el acusado hizo de sí mismo. El criminal nazi se declaró inocente de toda culpa. Dijo, lleno de indignación, que él simplemente había cumplido, al pie de la letra,  las leyes de su país (lo cual era verdad), y defendido los valores institucionales de su Estado. ¿Cómo podían juzgarlo por haber sido un ciudadano obediente, y un burócrata comprometido?

En su osadía Eichmann llegó a citar a Emanuel Kant (de manera distorsionada) afirmando que sus acciones se basaban en el sometimiento a la ley moral, la cual había sido revelada por el Führer, legítimo representante del concepto trascendental del bien.  Por supuesto, el criminal nazi tenía una idea muy difusa de las categorías kantianas. En todo caso, la  filósofa Hanna Arent detalla los argumentos del acusado, e incluso llega a reconocer varios elementos ilegales en el juicio que se llevó a cabo en Jerusalén. Sin embargo de nada valieron los indignados lloriqueos del ciudadano Eichmann, al final lo sentenciaron a muerte.

La oscura historia de Adolf Eichmann nos ha dejado una perturbadora lección:  definirse como un ciudadano ejemplar puede ser perverso, si el sistema de interpelación de la sociedad a la que este se adhiere está corrompida. Es más, a veces, desobedecer a la autoridad instituida, es decir, negarse a asimilar esa ciudadanía viciada y ser rebelde, es la opción ética. En el verdadero sentido kantiano.

La revolución ciudadana ha instituido un sistema ideológico- institucional según el cual, un buen ciudadano es aquel que somete su voluntad al líder único. Un buen ciudadano, (interpelado desde el correismo), será únicamente aquel que acepte considerar como enemigos a aquellos actores que son denunciados como antagonistas de la revolución. Por ejemplo la prensa crítica. Es bastante perturbador ver ahora mismo sujetos que reclaman para sí el derecho de ofender periodistas, y hostigar a comunicadores críticos, mientras son respaldados por el engranaje institucional del correismo. Ellos son considerados  ciudadanos ejemplares por el simple hecho de repetir sin empacho el discurso enconado del poder. En  este contexto deberíamos considerar seriamente como definirnos: como ciudadanos sumisos  y subyugados o como personas desobedientes y libres.

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