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17 de Agosto del 2016
Ideas
Lectura: 7 minutos
17 de Agosto del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Al cementerio la comunicación crítica
Las dudas sobre los procesos de licitación. Las fundadas sospechas de sobreprecios. Las dudas sobre la calidad de los medicamentos. La convocatoria a especialistas en salud y en licitaciones. La necesidad de escuchar a muchos para construir verdades. Todo este proceso indispensable para el país, de pronto, se convierte en linchamiento mediático.

Al poder, del orden que fuese, le encantan los adulos, las lisonjas, las alabanzas. Por ello, busca sin cesar el humito de los inciensos que lo hacen sentir sublime, místicamente más arriba de toda exaltación posible. Así se llega al cielo de las bienaventuranzas que justamente se sostiene en la fe incondicional y sumisa de los devotos. Este poder no procede del pueblo sino del olimpo que lo hace, lo sostiene, lo agiganta. Un poder que  no requiere de ninguna otra explicación que no surja de sí mismo. ¿Tautología? Sí, más la sublimación absoluta del sí mismo.

En los tiempos antiguos, a los dioses se les ofrecía la chamusquina de ovejas y carneros sacrificados en medio de la riqueza arquitectónica de los templos. Estas víctimas sacrificiales no sustituían a seres humanos, como algunos creen. Los corderos, las palomas  o los bueyes eran solo eso, animales. Los dioses se solazaban con el humito de la chamusquina que les recordaba su poder y el sometimiento de los humanos a su presencia convertida en condicionante del bienestar o del malestar, de la vida o de la muerte. El sacerdote no representaba a los fieles sino a los dioses desde una posición de absoluta e incondicional sumisión.

Los dioses desaparecieron, no cuando se develó su impostura, sino cuando los emperadores y sumos sacerdotes, cansados de ser inútiles mediadores, decidieron ocupar su lugar. El poder no es otra cosa que la capacidad de decidir sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte, sobre la exaltación o la humillación. Desde la milésima de poder que poseería el portero que te cierra la puerta en tus narices, hasta el jefe del Estado que decide sobre tu bienestar o tu malestar, sobre tu libertad o tu esclavitud, sobre tu verdad o su engaño. El poder determina las rutas a seguir en la vida cotidiana si se desea arribar  a su cielo hecho de promesas de felicidad y de ordenamientos incuestionables. La única condición requerida: el irrestricto sometimiento.

Una de las características que hacen al poder es su capacidad tanto de poseer la verdad como de decidir sobre ella. Como jamás se equivoca, todo lo que emana de él es perfectamente válido y absolutamente cierto para todos los súbditos.  Como las leyes que controlan  la comunicación social. Desde ahí, todo lo que piensa,  dice, produce, acuerda, decide el poder es absolutamente verdadero, cierto e inapelable. Solo así se entiende que la opinión de los otros deba pasar necesariamente por sus filtros.

Puesto que la comunicación es el don personal y social que sostiene la existencia, el poder determinó que también la comunicación se halle clara y perfectamente gobernada y vigilada. No  se trata tan solo del hecho físico de la comunicación sino sobre todo de su contenido. Si la verdad nace del poder y nunca más de las proposiciones, todo lo dicho y comunicado sin su anuencia es, al mismo tiempo, ilegítimo y falso.

Desde ahí se inventó el malhadado principio del linchamiento mediático que sufre un acontecimiento que es tratado por la medios de comunicación más de un número de veces que el poder decide a su antojo y conveniencia. 

Se compraron medicamentos genéricos por muchos millones de dólares. La prensa encontró y denunció  procesos nada santos o, por lo menos, sospechosos. Muchos cientos de millones de dólares invertidos,  los procesos supuestamente no muy claros en las adjudicaciones y la salud  del pueblo no  merecían análisis profundos y exhaustivos. No merecerían muchas entrevistas  a tiros y troyanos para aclarar un proceso en el que se hallan en juego la salud y los dineros del pueblo.

El poder debe decidir que bastan tantas entrevistas y tantos entrevistados. Nada más. Ya se habló suficiente. Una entrevista más, un comentario más y un indispensable proceso comunicacional se convierte en linchamiento mediático, es decir,  en una especie de delito comunicacional.  Desde ese instante, el comunicador y el medio de comunicación se convierten en una suerte de delincuentes. Justo cuando se trata de descifrar los enredos del proceso, aparece el dueño de la comunicación a calificar el proceso comunicacional de linchamiento mediático.  Última palabra. Más allá ya no existe sino el abismo de la arbitrariedad y la vendetta. Solo así se acallan las voces para que no se conozcan las verdades. Los comunicadores deben pedir perdón de rodillas a las supremas deidades de la comunicación nacional.

Las dudas sobre los procesos de licitación. Las fundadas sospechas de sobreprecios. Las dudas sobre la calidad de los medicamentos. La convocatoria a especialistas en salud y en licitaciones. La necesidad de escuchar a muchos para construir verdades. Todo este proceso indispensable para el país, de pronto, se convierte en linchamiento mediático. Una metamorfosis  dispuesta, ordenada, controlada por obra y gracia de quien maneja la comunicación en el país y que sirve bien para construir murallas protectoras.

No solo ni una palabra más sobre el tema, ni una duda más sobre el proceso y los precios. Sino que es necesario y obligatorio que el medio de comunicación y los periodistas pidan perdón, se arrodillen y confiesen que han pecado con sus pretensiones de construir rutas para saber la verdad sobre un proceso lleno de dudas y de sospechas. 

¡Es sano y conveniente que se silencien las voces de las dudas! Para la máxima autoridad de la comunicación (de la verdad) es sano que el país carezca de dudas, no solo sobre la legitimidad y legalidad de los procesos y sobre los miles de millones invertidos, sino sobre la calidad de los productos que recibirá para atender su salud.

Como el medio de comunicación ya habló demasiado, no solo debe silenciar para siempre el tema, sino que, además, debe disculparse una y otra vez, mil veces, infinitas veces hasta lavar su culpa en el Ganges del poder.  Esto es lo más importante: quien gobierna la comunicación de la verdad y la verdad de la comunicación en el país ya decidió que sobre el tema de los medicamentos se ha dicho todo. Amén. Aleluya. Vayan todos en paz.

[PANAL DE IDEAS]

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Rodrigo Tenorio Ambrossi
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