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18 de Mayo del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
18 de Mayo del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Al diablo con el país
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“Hemos repartido canastas con alimentos a miles de familias”, dice el poder que siempre habla en plural, como si quisiese involucrarnos a todos nosotros. Como si su supuesta generosidad fuese también la nuestra, la que no tenemos, como si lo hubiese hecho a nuestro nombre, sin consultarnos.

Acontece exactamente lo que ya se suponía. Desde el instante en que cada quien empieza a hacer lo que le parece bien, desde ese mismo instante invade el caos e inexorablemente se incrementa el número de fallecidos. Es lo que siempre acontece cuando impera el caos. Cuando una ciudad, una provincia, un país entero se queda sin líderes fuertes que saben con bastante precisión a dónde y cómo dirigir a sus ciudadanos.

No se trata de tasar el bien y el mal. Ni la vida ni la muerte. Ni la rebeldía ni el sometimiento. Se trata de echar una mirada al poder y sus ejercicios desde un sentido común que deje de lado prejuicios y las comodidades de quienes suelen olímpicamente colocarse al margen de los problemas para así tener siempre las manos limpias. Tampoco hay que recurrir demasiado al sentido común que, tratándose del poder, es menos común de los sentidos. 

O morir o sobrevivir. Pero no está en juego una pura sobrevivencia que, al final del día, termina bordeando los territorios de la muerte. Nadie puede quedarse de brazos cruzados esperando que el fantasma de la muerte se equivoque y no toque su puerta sino la del vecino. 

En el estado de sobrevivencia reinan la angustia, el temor y la desesperanza. En la sobrevivencia, la esperanza se reduce a su mínima expresión, a un tiempo casi marcado por las agujas del reloj. Permanecer quieto, esperando que el tiempo transcurra. No quedarse, no atrasarse. Que ese movimiento que no se detenga. “Hoy como ayer, mañana como hoy, y siempre igual”. Un importante porcentaje de la población se encuentra así, quizás ya sin esperar que pueda aparecer una mano salvadora. 

Las nuevas generaciones ya creen en los milagros porque desde hace rato aprendieron que no hay milagros sino farsas e injusticias y oídos cerrados y quemeimportismo y espaldas dadas y promesas que caen como tempestades que no hacen otra cosa que destruir lo poco que queda en el mudo de las ilusiones y fantasías. 

 “Hemos repartido canastas con alimentos a miles de familias”, dice el poder que siempre habla en plural, como si quisiese involucrarnos a todos nosotros. Como si su supuesta generosidad fuese también la nuestra, la que no tenemos, como si lo hubiese hecho a nuestro nombre, sin consultarnos. Como si el concepto de familia fuese igual en todas partes o similar a la familia presidencial, por ejemplo. 

“Hemos repartido canastas con alimentos a miles de familias”, dice el poder que siempre habla en plural, como si quisiese involucrarnos a todos nosotros. Como si su supuesta generosidad fuese también la nuestra, la que no tenemos, como si lo hubiese hecho a nuestro nombre, sin consultarnos.

En la pobreza, es absolutamente cierto aquello de que lo que alcanza para que coman cuatro alcanza para diez. ¿Qué es una familia en los estratos de la pobreza? ¿Lugar en el que el hambre y la desesperanza se distribuyen equitativamente? Además, si ya se les proporcionó una canasta con algunos víveres una sola vez, eso durará con creces el tiempo entero de la peste. 

Como si se tratase de un concepto y no de una realidad, de un hecho cualquiera y no de una situación existencial que coloca a cientos de miles entre la espada y la pared. Entre la vida y la muerte. La demagogia de las palabras es criminal, no solo porque engaña sino porque cree en el milavgro de la multiplicación de los panes y no en la realidad de la multiplicación del hambre, de la enfermedad y de la muerte. 

La peste coloca en cuarentena no solo el sentido común sino que nos enfrenta a esas múltiples realidades que nos hacen e incluso que nos definen social y políticamente. El poder se desnuda para mostrarse tal cual es cuando quiere convertirse en buena persona, en vecino generoso, en presidente caritativo. Hasta el vil servidor público que no puede desperdiciar la oportunidad para robar, estafar e enriquecerse ilícitamente. 

Ricos, muy ricos en dinero. Ricos en verborrea y corrupción. Pobres, muy pobres en honorabilidad, en planificación, en perspectiva de futuro. Los que apenas si sobreviven y los que aprovechan la ocasión para robar lo destinado a salvar vidas. Los que deben morir en la calle porque hasta ahí llega la vida, porque para ellos no existen hospitales. 

Ciertas autoridades viven el día a día, igual que los pobres. Con hermosas planificaciones discursivas: inútil papelería, millones de datos encerrados en una computadora. Como si muchos de los actores políticos no fuesen sino eso, actores en un teatro de la ignominia. 

La pandemia nos desnuda. Al gobierno ya no le es posible ocultar más sus flaquezas. Un poder político débil. Un presidente escondido tras bastidores espiando las rutas que sigue la guadaña para esquivarla a tiempo. Un vicepresidente al que con temor se lo empuja y se lo detiene, como si se lo temiese.

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