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15 de Abril del 2015
Ideas
Lectura: 12 minutos
15 de Abril del 2015
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Al fútbol sin correa
No sé a quién se le ha ocurrido la genial idea de quitar la correa a las personas y pensar que con eso se va a evitar la violencia y tener seguridad en los estadios de fútbol. Voy al fútbol desde hace 40 años y jamás me había pasado tal cosa. Esta medida humilla a los aficionados, los convierte en sujetos bajo sospecha.

Confieso que ya estábamos sobre el tiempo para el partido D. Quito – Barcelona, en el Atahualpa, este lunes 13 de abril. O sea, un poco más de las seis de la tarde, y el encuentro empezaba a las siete. Pero con mi amigo Nicolás, hinchas a muerte del Quito, acudimos como los miles a ver una revancha luego de que el equipo diera la sorpresa en Guayaquil frente a Barcelona.  Y también porque el equipo está en alza y bueno, así somos.

Compramos las entradas a general central, puertas 11 y 12, Fila C, asientos 4 y 5. Compramos con recargo de dos dólares a los revendedores, porque queríamos alcanzar a ver la salida de los equipos, todo un espectáculo. Los hinchas de Barcelona, de estricto amarillo y negro, dejaban notar todo su entusiasmo también. Para hinchas, los de Barcelona: viajan con el equipo, aguantan malas noches, poca comida… pero ahí están, frescos como una lechuga dispuestos a cantar todo el partido en Quito, así hayan perdido en casa.

Así que con las entradas en la mano nos sumamos a la procesión en honor al dios fútbol y subimos la cuesta del Atahualpa hasta la puerta de la preferencia. Tanto lío nos había tomado un buen tiempo y faltaban pocos minutos para que empiece el cotejo. Confieso que no esperé encontrar lo que encontré en las puertas externas del lado norte del estadio: solo dos puertas abiertas, la 8 y 9 por las cuales dejaban pasar a una sola persona y vi miles de hinchas haciendo fila, una fila larga, ancha y oscura que casi le daba la vuelta al estadio y llegaba hasta la mitad de la calle que queda sobre la preferencia.  Unos 200 metros de una cola de gente que no se movía ni un centímetro.  La gente estaba desesperada, el partido había empezado y todos habíamos comprado las boletas para entrar a tiempo al estadio. Pero no, ya eran las 7:05 de la noche, y nada que se movía. Al ver eso, con Nicolás –ilusos nosotros-  resolvimos ir a las puertas 11 y 12, que nos correspondía, que son las puertas que están en la zona sur oriental. Cuando llegamos, cientos de hinchas de Barcelona gritaban indignados con las boletas en las manos y algunos hasta pateaban las puertas, que, por supuesto, los porteros habían cerrado. La policía, de buenas maneras, intentaba calmar la ira creciente de la masa costeña, esa que no se deja nomás ver la cara. Ya se jugaban 10 minutos del partido y no podíamos entrar. Los policías empezaron a exasperarse también y no faltó un patán de moto y uniforme, que no sabe que su sueldo lo pagamos los contribuyentes, que buscó camorra con los justamente indignados hinchas de Barcelona.  Nada que hacer, pues los policías dijeron que solo cumplían órdenes de los administradores. ¿Y no estará por ahí alguno de esos hijue…. como para decirle que abra la puerta?, preguntaba un hincha amarillo. A un policía se le ocurrió la brillante estratagema de anunciar que por la puerta 1 estaban dejando entrar. Eran las 7H15 y junto a cientos de hinchas malhumorados y estafados íbamos a la carrera en busca de la puerta al paraíso del fútbol y que quedaba exactamente al lado noroccidental del estadio, es decir justo del otro extremo. 

Cuando llegamos, la misma cola gigantesca que no avanzaba para nada, otros centenares de hinchas gritando enardecidos para que los boleteros dejaran entrar. Así que resignados volvimos a donde empezamos, a la puerta 8, del lado noroccidental y subimos de nuevo la cuesta. Nicolás decía que ya estábamos calentando para entrar al partido, con mejor estado físico que el Saritama. Ahí, en mitad de la fila, cuando estábamos ya resignados a entrar para el segundo tiempo -cosa que tocó a muchos- nos topamos con un amigo y nos coló. Lo confieso, nunca lo hago, nunca lo he hecho, pero fue la rabia, la providencia, la revancha, el ansia feroz de ver al equipo y la sonrisa cómplice del de atrás lo que me quitó la vergüenza. No ganamos mucho pero, bueno. A unos 10 metros de la puerta la cola empezó a avanzar; habían abierto otra puerta externa, o sea ya eran tres para los miles que quedábamos por fuera.

Entonces unos niños y niñas nos empezaron a gritar en la oreja: tickets para las correas, a un dólar, no se deje quitar la correaaa! ¿Cómo?, le pregunté.  Tienen que quitarse las correas porque no dejan entrar al estadio con la correa puesta. No lo creíamos, pensábamos que era una treta más para ganarse unos dólares, pero no, era cierto, los muy sabios de la administración del estadio, no sé si AFNA o el Deportivo Quito, habían ordenado que por “seguridad” los miles de aficionados entregaran sus correas en las puertas, y eso era lo que estaba deteniendo la entrada de la gente: el que uno por uno, unas 10 000 personas al menos, tuvieran que quitarse la correa para dejarla quién sabe dónde. Y no podía faltar la iniciativa de los ambulantes para ofrecer el “resguardo” de la correa, por un dolarito. Decenas de muchachos estaban en el negocio y se  había organizado con pequeñas etiquetas de colores marcadas cada una por una letra y un número, una se quedaban ellos y la otra entregaban al dueño de la correa para reclamar a la salida. ¿Y cómo sabemos dónde vas a estar?, era la pregunta. Aquí afuerita nomás. Un negocio de 10 mil dolaritos en una hora arranchados del bolsillo de los aficionados.

Así que nos sacamos las correas antes de pasar por el primer filtro del estadio, caminamos  como patos con los pantalones bailando, entregamos los boletos y pasamos al fin la primera puerta. Pero entonces vimos que ya no estaban pidiendo las correas, y los muy orondos nos dijeron que ese momento había llegado la orden de suspender la “medida de seguridad” para que la cola avanzara más rápido. ¿Y quién me devuelve los 25 minutos del partido que no vi? Silencio, para qué molestarse  en responder a un cualquiera, a un común, a un hincha nomás que al final solo sirve para pagar el boleto.

Entramos, gradas populares casi llenas, y nos ubicamos, con la una mano sujetándonos el pantalón, en la general noroccidental. En mi caso, el pantalón no era ceñido así que me tocaba tenerlo siempre con las manos, y luego con una sola para agarrar la cerveza con la otra, y luego caminar de nuevo como pato para ir al baño. Y también en mi caso resulta que padezco de una herencia de mi abuelo, al cual siempre se le salía la camisa así estuviera con la correa bien apretada, imagínense sin correa…

En fin, menos mal que el gol del Quito llegó en el último minuto y cuando lo festejé a lo bestia con mis amigos se me olvidó que estaba sin correa y casi paso una vergüenza. Creo que lo mismo les pasó a otros miles porque me parecía raro que la barra del Quito festejara el gol alzando solo una mano…

A la salida, cantando y felices, empezó el relajo. Como era una marea humana la que avanzaba los gritos de los “correístas” (perdón, no sé cómo más llamarlos) no se escuchaban casi: “devolvemos las correas, devolvemos las correas”, y dónde también estará el que me cogió la correa… En esa oscuridad con Nicolás nos perdimos varias veces, porque no nos fijamos bien a quien mismo habíamos entregado la correa. Empezamos a buscarlos por los colores de las etiquetas: la morada, quién tiene la morada, allá detrás del árbol; la tomate, la tomate, por allá donde venden los choripanes, y así hasta quince minutos más tarde que pudimos rescatar las correas. Seguramente cientos de hinchas se resignaron y se fueron. Las correas que no se entregaron tocará buscarlas por La Marín.

Ese fue nuestro padecimiento colectivo como hinchas del fútbol  maltratados por los dirigentes y los administradores del estadio. No sé a quién se le ha ocurrido la genial idea de quitar la correa a las personas y pensar que con eso se va a evitar la violencia y tener seguridad.  Voy al fútbol desde hace 40 años cuando mi papá, oficial del Ejército, me llevaba de chiquito a ver al Nacional frente a la Liga de Quito en plena dictadura militar del Bombita, partidos que terminaban en broncas y zafarranchos políticos porque los universitarios de la Central clausurados iban al estadio a insultar a los militares. Y a nadie se le ocurría quitarnos las correas o los paraguas. Y a nadie se le había ocurrido hacerlo hasta estos tiempos de estupidez.

Cuando caminábamos con Nicolás a ver el carro, nos estalló la indignación. Un poco lentos en reaccionar, pero reaccionamos. El Nico me decía que se había sentido humillado y avergonzado, no solo por el hecho de entregar la correa, sino porque no era un delincuente ni un agresor y que él se había sentido como un sospechoso del delito de ir al fútbol. Hincha sospechoso. Ciudadano bajo sospecha.  Yo me sentí  igual. Y le dije que me indignaba pero no me sorprendía en estos tiempos de arbitrariedad, tiempo en el cual a algún iluminado se le ocurre cualquier tontería y los que tenemos que pagar los platos rotos somos los mismos de siempre, ya sean los consumidores, los hinchas o los jubilados.

Alguien dirá que es una medida de seguridad. Valiente consuelo, yo creo que los agresivos en el fútbol son una minoría y la policía tiene los recursos humanos y hasta de inteligencia para prevenir, y entonces sino ¿para qué ponen a cientos de sus efectivos en los estadios sino es para prevenir cualquier acto de violencia? ¿Y por qué la mayoría de ciudadanos pacíficos tenemos que pagar por unos cuantos exaltados y nos humillan quitándonos las correas?

Como hincha, exijo una explicación y una disculpa. Por lo pronto no iré al estadio para ser humillado y maltratado por la decisión de cualquier incapaz, que en lugar de tener un plan de contingencia profesional y respetuoso con el hincha no se le ocurre mejor cosa que obligarnos a miles de aficionados ir al fútbol sin correa.

[PANAL DE IDEAS]

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