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18 de Noviembre del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
18 de Noviembre del 2015
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

Alfaro Vive, el Estado Islámico, y los decapitados
Los casos de violación a los derechos humanos deben ser investigados y sancionados. Lo que quiero decir es que ir por ahí decapitando personas, y asesinando civiles me parece de muy mal gusto, y es un error pretender que quienes lo hacen deban ser considerados héroes. No lo son, no importa qué agrupación política pretenda redimirlos.

Existen muchas definiciones de terrorismo, todas ellas responden a la alineación política y los intereses de quienes las elaboran. La Asamblea General de la ONU maneja su propio concepto, el Consejo de Seguridad en la misma institución tiene la suya; una es la definición de terrorismo usada por los Estados Unidos y otra es la que maneja el gobierno de China, o Rusia. El concepto es polisémico y siempre estará definido para legitimar o condenar las acciones violentas que afectan a los estados o los intereses particulares. Sin embargo, si quisiéramos realizar un ejercicio minimalista a fin de evitar las polisemias, podríamos decir que terrorismo es todo acto violento, enfocado hacia población civil, que tiene como objetivo generar miedo, y amedrentar a los miembros de cualquier  colectivo social. 

El Estado Islámico es, desde luego, un grupo terrorista. Violaciones, torturas, ejecuciones, y una refinada estrategia mediática que incluye decapitaciones transmitidas por redes sociales, lo convierte en el arquetipo idílico del terror organizado. Irak, Siria, Jordania, los territorios Kurdos, y recientemente París, han sido escenarios del dramático intento de este colectivo fundamentalista por seducir a sus adeptos e intimidar a sus rivales.

Es verdad que en este momento sendos analistas internacionales y varios intelectuales realizan profundos y sesudos intentos por explicar, desde la insufrible jerga académica, el laberinto de motivos e intereses políticos, ideológicos o económicos que han generado atentados, como los ocurridos recientemente en París;  pero eso no puede ocultar una realidad simple y esencial: las armas tienen la propiedad, casi metafísica, de otorgar poder a cualquiera que las empuñe, y generalmente quien las escoge trata de compensar a través de su uso las limitaciones, mentales, intelectuales, o morales que lo agobian. Esta descripción es válida  para los militantes de ISIS, y para cualquier otro grupo terrorista, incluyendo algunas exóticas versiones andinas.

Las poco sutiles artes de la decapitación no constituyen un talento exclusivo del Estado Islámico. Bástese recordar la desafortunada historia del señor Antonio Briz López, privado de su cabeza a manos un exacerbado grupo de militantes marxistas, cuya pintoresca ideología exigía la extorsión  de la familia del secuestrado a cambio del dinero que les permitiese disfrutar de las mieles del capitalismo. La pandilla de malandrines (o revolucionarios, si le gustan los eufemismos), liderada por Elías Gía Bustamente, perfeccionó su modelo de organización buscando camuflar sus obvias intenciones criminales (los secuestradores pedían dinero, no demandas sociales) con el dulce perfume de ideología de izquierda, me imagino que para que sus fechorías obtengan un tinte romántico. De ese útero sifilítico nacieron los bien conocidos grupos subversivos de los ochenta.

No voy a reseñar todas las felonías cometidas por el grupo Alfaro Vive Carajo (AVC), porque no me dedico a la recolección de basura (no tengo ese don), bástese señalar un simple ejemplo: el 17 de diciembre de 1985, un niño de cinco años llamado Álvaro Medina, y un adolecente con discapacidad, que no se llegó a identificar, fueron cobardemente asesinados por un comando de AVC, en un asalto al Banco del Azuay (Policía Nacional, 2010). Resulta que los valerosos revolucionarios, sedientos de llenarse los bolsillos con el trabajo de los malvados burgueses, no tuvieron ningún problema en practicar el tiro al blanco con seres humanos en su vertiginoso afán por proveerse de los detestables bienes materiales del capitalismo. No necesito recordar la muerte de policías humildes, y tropa tomada sorpresivamente por estos ilustres idealistas, tampoco es necesario hablar del secuestro de  Nahim Isaías, y su trágico desenlace.  Saque sus conclusiones, apreciado lector, pero dejemos claro que las  demandas de AVC, en todos estos casos, giraban en torno a un puñado de sucres.

Antes que algún intelectual de cafetín cultural quiera convencerme de la misión histórica de este descolorido grupo armado, quisiera decirles que el discurso  esgrimido por ellos era por lo menos tan deprimente como la fotogenia en sus fichas policiales. Las declaraciones públicas del "ideólogo" de la organización Arturo Jarrín, están colmadas de lugares comunes, consignas cursis y quejas predecibles, sin una sola propuesta coherente ni algo parecido a una solución articulada frente las problemáticas que señala. La oligarquía es mostrada como un concepto amorfo, que tiene la culpa de todo, y ellos -la organización que no tuvo piedad de civiles y asesinados, incluyendo niños-  son mostrados como la luz moral que alumbra el proyecto histórico del nuevo Ecuador ¿En serio?

Con esto no estoy justificando los abusos que se cometieron, por parte del Estado, en la década de los años ochenta. Para nada. Los casos de violación a los derechos humanos  deben ser investigados y sancionados. Lo que quiero decir es que ir por ahí decapitando personas, y asesinando civiles me parece de muy mal gusto, y es un error pretender que quienes lo hacen deban ser considerados héroes. No lo son, no importa qué agrupación política pretenda redimirlos.  Los terroristas del estado islámico que han asesinado personas en Francia, Irak, o Siria deben ser repudiados. Sí. Pero también deben ser repudiados aquellos que decapitaron personas, o mataron civiles en el Ecuador, y especialmente los políticos que tratan de hacernos creer que estos fueron  héroes.

[PANAL DE IDEAS]

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