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10 de Junio del 2020
Ideas
Lectura: 4 minutos
10 de Junio del 2020
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Altruismo corrupto e ilegal
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Uno de los principales recursos de los grandes delincuentes era montar coartadas perfectas. Con eso se ahorraban, entre otras cosas, la incómoda eliminación de testigos comprometedores. Pero armar coartadas nunca ha sido tarea simple; para ello se requiere de mucha inteligencia y meticulosidad, algo que les sobraba a los criminales del celuloide y que parece faltarles a nuestros capos criollos.

Coartada es un término que aprendimos en la infancia viendo series policiales o películas de suspenso. La posibilidad de descubrir a un criminal se jugaba, por lo general, entre la acuciosidad del investigador y los argumentos de los sospechosos para demostrar su inocencia. Desmontar una coartada durante un juicio se convertía en el hilo narrativo de muchos episodios. Así se mantenía en vilo a los espectadores.

Uno de los principales recursos de los grandes delincuentes era montar coartadas perfectas. Con eso se ahorraban, entre otras cosas, la incómoda eliminación de testigos comprometedores. Pero armar coartadas nunca ha sido tarea simple; para ello se requiere de mucha inteligencia y meticulosidad, algo que les sobraba a los criminales del celuloide y que parece faltarles a nuestros capos criollos.

El último y más sonado capítulo de nuestras fechorías locales presenta a unos autores demasiado descuidados como para andar en faenas tan complicadas. ¿Quién con dos dedos de frente puede creer que a alguien se le roban una avioneta como si se tratara de una bicicleta, o que se puede ir de viaje de placer en un vuelo ilegal, o que se puede hospedar en la mansión de un prófugo de la justicia por pura y cándida amistad?

La cultura de la impunidad ha sido el aporte más perverso de la vieja oligarquía ecuatoriana a la vida nacional. Es decir, esa certeza de que los grupos privilegiados están blindados contra la intervención de la ley y la justicia, incluso cuando no se cuidan ni de guardar las formas. Ostentar la impunidad es una representación clara y contundente del poder.

¿Quién con dos dedos de frente puede creer que a alguien se le roban una avioneta como si se tratara de una bicicleta, o que se puede ir de viaje de placer en un vuelo ilegal, o que se puede hospedar en la mansión de un prófugo de la justicia por pura y cándida amistad?

Las nuevas élites, criadas a la sombra de ese ejemplo, lo reproducen incluso con mayor desparpajo, incluso al extremo de querer tapar un delito mayor con uno menor. Esto, justamente, es lo que está haciendo la familia Bucaram a propósito de los insumos médicos hallados en la casa del expresidente. Sostener que los medicamentos almacenados iban a servir para regalarlos a los pobres implica la admisión flagrante de un delito. ¿Son acaso proveedores autorizados por el Ministerio de Salud para administrar fármacos? ¿Cómo los importaron? ¿Saben quizás que existe una estricta normativa que regula la prescripción, venta y distribución de esos productos? ¿Están al tanto de que está tajantemente prohibido expender o donar ciertos medicamentos sin una receta o un protocolo?

Es posible que alguien sostenga que el argumento de la solidaridad social sirve para canjear un delito grave, como el manejo de una red ilegal de proveedores del IESS, por uno leve; o para bajarle el tono a un sistema de corrupción gigantesco, que luego les permita disculpase por unas pequeñas infracciones motivadas por una causa supuestamente humanitaria.

En realidad, parece que estas coartadas, entre ridículas y desesperadas, responden a esa concepción de que la prepotencia del poder justifica cualquier cosa… inclusive un acto ilícito disfrazado de altruismo. Seguramente, los involucrados están convencidos de que la justicia manoseada terminará tragándose las ruedas de molino, porque para eso sirve el poder.

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