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21 de Noviembre del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
21 de Noviembre del 2019
Carlos Arcos Cabrera

Escritor

Amores prohibidos
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Relaciones ilícitas en la plebe quiteña es el libro de Lucía Moscoso, editado por el UASB, abre la puerta al conocimiento de los amores secretos en Quito, la ciudad conventual y mojigata de la colonia tardía.

Quito, 1782: «el teniente de alguacil mayor de Corte entregó al teniente depositario general los escasos bienes confiscados» de «la hilandera riobambeña Teresa Villagrán, soltera de 30 años y de Mateo Casimiro Benavidez, de Pasto, casado con hijos, de oficio pintor» acusados de amancebamiento. Habían vivido como marido y mujer en un mismo cuarto. Pocos años después, en 1787, Manuel Miño, alcalde del barrio San Sebastián pidió el arresto de Teresa Veintimilla, nacida en Cuenca, encargada de la cocina y la ropa de fray Gabriel Endara, «con quien es acusada de concubinato». La culpa del concubinato recayó sobre ella, por lo cual fue encerrada en dos ocasiones, en el recogimiento de Santa Marta. Cuando salió en libertad, volvió a los brazos de fray Gabriel. En la acusación el alcalde Miño sostenía:

viviendo obstinada en su concubinato, hube por conveniente arrestarla […] que hallándose el religioso en edad avanzada con los pies ya a la sepultura y siendo esta mujer libre y con parientes en la ciudad de Cuenca de donde es natural se sugiere sea remitida a esa ciudad (Moscoso Cordero, 2018, pág. 39). 

El viejo fraile debió morir con el consuelo espiritual de sus hermanos, pero sin el calor y la compañía de Teresa.

Otra historia es el juicio que llevó adelante Simona Esparza contra Bernardo Pillajo de treinta años y músico de la catedral, su marido, y Jacinta Barreto, de veinte años, amante de aquel. Los involucrados eran indígenas y los testigos rindieron declaraciones «con intervención de intérpretes». «Simona —informa Lucía Moscoso— aseguraba que Jacinta tenía tan oprimido a su esposo que le impedía cumplir con sus obligaciones, que incluso «se ha hecho cargo de coger en granos y plata, como si fuera su mujer propia…». Pillajo fue condenado a la «multa de doce pesos y […] a hacer vida marital y ejemplar con su mujer». Jacinta, encarcelada, pidió al oidor y al alcalde que se apiadaran de su miseria y que la dejaran en libertad. Como mujer frágil —confiesa Jacinta—: «contraje ilícita amistad con éste (Bernardo) y que pudiera haberme sufragado el alimento diario, nunca consentía que le quitase a su mujer, aun sin embargo de no hacer vida con ella» (Moscoso Cordero, 2018, págs. 43-44). 

Las historias referidas fueron rescatadas del olvido por la historiadora Lucía Moscoso Cordero en su tesis de maestría El adulterio en la colonia tardía (1780-1800): Prácticas y relaciones de género en la plebe quiteña, presentada en la Universidad Andina Simón Bolívar, que publicó como libro bajo el título Relaciones ilícitas en la plebe quiteña (UASB, 2018). Me atrae más el título original y, especialmente, su primera frase, que en su precisión abre la puerta al conocimiento de los amores secretos en la ciudad conventual y mojigata que enfrenta las reformas borbónicas que traen aparejadas, por un lado, una crisis económica profunda y, por otro, una justicia activa que los persigue y sanciona pues es su tarea imponer y mantener el «orden social», la «moral pública» y «reglamentar la vida familiar».

Más allá de lo que para mí es un equívoco, la investigación de Lucía Moscoso ilumina aspectos poco conocidos de Quito en las postrimerías de la Colonia

Son amores que fructifican entre los desbocados y necesitados cuerpos y afectos  o tal vez entre seres acuciados por la necesidad de sobrevivir, especialmente en el caso de las mujeres, como se puede intuir en la historia de Jacinta: necesidad de sobrevivir y necesidad de amar y ser amados.   Se trata de historias extraídas a través de un meticuloso trabajo en el Archivo Nacional de Historia y que, a través del lenguaje de las acusaciones, nos permite intuir los amores y desamores clandestinos, ilícitos, reprochables desde la perspectiva de la moral y de las leyes en uso. También lo eran desde el parámetro social, pues podemos suponer que estos amores atravesaban las rígidas barreras sociales. La historiadora Moscoso recuerda la prohibición establecida por las normas borbónicas de que hombres y mujeres de distintos estratos sociales contrajeran matrimonio.

Un enfoque recurrente en el libro de Moscoso, que me parece un equívoco, es asociar las relaciones calificadas como «ilícitas» desde la moral dominante y las leyes vigentes con lo que la autora denomina «transgresión sexual». El sentido de esta última abarca otros aspectos, no necesariamente de «adúlteros, concubinos y amancebados». Una pareja «bien casada» de acuerdo con las normas vigentes puede haber sido en su intimidad, una pertinaz transgresora de los cánones de una sexualidad bendecida y aceptada por la iglesia. Viceversa: una pareja de concubinos puede haber sido una observadora meticulosa de las prescripciones católicas de una conducta sexual apropiada   Nada de la información proporcionada sugiere u ofrece pistas sobre la conducta sexual —en sentido estricto— de estas parejas. Es más, equiparar los dos hechos implica forzar el análisis. En el caso de adulterio, concubinato y amancebamiento, lo ilegítimo deriva de su comparación con el matrimonio consagrado por el poder civil y religioso.

En el caso de la «transgresión sexual», habría que tener el parámetro de aquello que se consideraba como aceptable o normal en la vida sexual, especialmente por parte de la Iglesia. No olvidemos que, por ejemplo, la sodomía o pecado nefando era causa de que los acusados fueran directamente a la hoguera durante los más de tres siglos en que operó la Inquisición: era una transgresión sexual grave. El filósofo por excelencia de la transgresión, el marqués de Sade, en su Filosofía de alcoba, escrita en 1795, ―casi contemporáneo de las historias quitensis estudiadas por Moscoso― tiene como personaje a Madame de Saint Ange quien declara estar casada y sin embargo ser una libertina militante. El matrimonio consagrado por la ley y la «transgresión sexual» ―si tal cosa existiera en el mundo adulto y del erotismo basado en el mutuo consentimiento― no son realidades mutuamente excluyentes. 

El estudio de la vida sexual de las parejas y sus prácticas en la historia colonial es otro tema. En todo caso y más allá de lo que para mí es un equívoco, la investigación de Lucía Moscoso ilumina aspectos poco conocidos de Quito en las postrimerías de la Colonia.

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