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24 de Enero del 2018
Ideas
Lectura: 4 minutos
24 de Enero del 2018
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Ángeles y demonios de nuestra política
La creación del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) en la Constitución de 2008 fue, precisamente, un intento desubicado por compensar con la letra lo que no se consigue con las costumbres. Los tradicionales vicios de la representación legislativa debían ser corregidos mediante la selección de un grupo de personas supuestamente excepcionales. Ángeles surgidos del mundo de los demonios. Flores nacidas del caótico pantano de la sociedad ecuatoriana. ¿Cómo iba a ser posible semejante portento?

Pedir peras al olmo es el refrán perfecto para entender el sistema de representación de la política ecuatoriana. No se puede exigir representantes angelicales a una sociedad signada por la informalidad crónica, por la suspicacia y la viveza criolla.

Por eso las leyes deben hacerse en función de la realidad social, y no de la buena voluntad. Ya lo dijo Bolívar hace 200 años, en su memorable intervención en el Congreso de Angostura. Mientras los diputados discutían la aprobación de una nueva Constitución para Venezuela, les advirtió del peligro de una legislación tan sublime que solo podía ser adaptada a una república de santos.

La creación del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) en la Constitución de 2008 fue, precisamente, un intento desubicado por compensar con la letra lo que no se consigue con las costumbres. Los tradicionales vicios de la representación legislativa debían ser corregidos mediante la selección de un grupo de personas supuestamente excepcionales. Ángeles surgidos del mundo de los demonios. Flores nacidas del caótico pantano de la sociedad ecuatoriana. ¿Cómo iba a ser posible semejante portento?

Nadie en Montecristi reflexionó sobre el milagro que implicaba tener una representación reducida diferente a una representación ampliada. Porque ¿de dónde iban a salir los miembros del CPCCS, sino del mismo seno de donde salen todos los legisladores y políticos ecuatorianos? ¿O es que existe algún reducto sagrado de la sociedad ecuatoriana, inmune a las taras y deficiencias culturales que nos salpican a todos, del cual sacar a estos extraordinarios ejemplares de virtud y sabiduría?

Era previsible que el remedio terminara siendo peor que la enfermedad. Los vicios de la representatividad se potenciaron en forma inversamente proporcional al tamaño de la muestra. Del típico reparto parlamentario de antaño, que –nos guste o no– implicaba cierta forma de negociación, se pasó a la selección arbitraria, parcializada y corrupta de funcionarios del Estado. La dedocracia hiper-concentrada en el primer mandatario. El mayor problema de los integrantes del actual CPCCS no es que sean afines a Alianza PAIS; es que, a diferencia de los asambleístas, no representan a nadie. Aunque sea formalmente.

La negativa del presidente Moreno para incluir en la consulta la eliminación del CPCCS tiene una sola explicación: la desconfianza del poder de turno respecto de la decisión ciudadana en las urnas. Se supone que siempre se elegirá una Asamblea Nacional de mala calidad. Y, en efecto, los hechos lo conforman. Pero no se puede espantar a los demonios de la política pura y dura con medidas angelicales. En lugar de crear mecanismos para una selección más rigurosa de los potenciales funcionarios del Estado, y evitar así los atropellos a la decencia pública que puedan cometer los legisladores, se opta por la vía más absurda de la restricción de derechos, de la verticalidad de las decisiones.

Sin una varita mágica que le permita cernir los errores electorales del pueblo, el régimen opta por confiar en el buen juicio de un reducido grupo de funcionarios designados a dedo. Se le arrebata al primer poder del Estado, es decir al Poder Legislativo, una responsabilidad fundamental, para entregársela a un organismo anodino del cual no queda más que encomendarse a la divina providencia para que acierte.

Lucifer es un ángel caído en desgracia, no hay que olvidarlo. Y el diablo está en los detalles, como dice un viejo refrán. ¿Por qué no dejamos, entonces, que seamos los comunes mortales quienes resolvamos las vicisitudes de nuestra imperfecta existencia pública?

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