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10 de Junio del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
10 de Junio del 2015
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

Aprender de los errores "forajidos"
Por supuesto, Correa hizo lo mismo que su antecesor. Reemplazó parte de las élites políticas tradicionales con sus propios círculos (o las recicló hábilmente); reestructuró la función judicial a su antojo; creó funciones de estado nuevas con el fin de generar un mega presidencialismo a todo dar. Las denuncias por nepotismo en su gobierno fueron bastante más profundas y graves que las de todos sus antecesores juntos.

A inicios del siglo XXI, los partidos políticos  tradicionales estaban  tan  desprestigiados que solamente un líder ajeno a ellos podía obtener triunfos electorales. Por eso la segunda vuelta de las elecciones del 2002 fue disputada entre dos outsiders: Noboa Pontón y Lucio Gutiérrez. Finalmente solo uno de ellos logró presentarse como una, pretendida, opción crítica a la odiada partidocracia. En efecto Gutiérrez se apropió eficazmente del discurso de los movimientos sociales y realizó un hábil trabajo captando a parte de su dirigencia.

El gobierno del coronel se caracterizó por un intento desesperado de constituir una nueva élite política, si bien sus cuadros eran bastante limitados. En ese sentido el Ecuador contó con un pintoresco desfile de militares retirados, funcionarios con irregular nivel de educación, y dirigentes de poca monta entre los colaboradores gubernamentales. Muchos de ellos miembros de la familia extendida del mandatario. Adicionalmente, los modos poco sofisticados y la jerga popular con la que se expresaba el gobernante no tardaron en despertar la antipatía de las clases medias y altas. Si bien lo más grave de todo fue el constante intento de Lucio por desmoronar los privilegios de los políticos tradicionales.  Esto le trajo como consecuencia una fuerte oposición en el Congreso Nacional, por lo que Sociedad Patriótica (el partido de Lucio) buscó una alianza estratégica con el Partido Roldosista y el PRIAN. Fue un éxito. Gracias a ello Gutiérrez, tuvo el respaldo suficiente para profundizar su recambio de élites políticas.  Fue en este contexto que se abolió la Corte Suprema de Justicia, y se la reorganizó con una lamentable amalgama de abogados de poca trayectoria, todos ellos afines al partido gubernamental o al Roldosista. Una de las primeras acciones de la Corte fue absolver de todos sus casos pendientes a Abdalá Bucaram, quien se aprestó a regresar al Ecuador ensayando su dulce repertorio de música de los Iracundos para sus afables seguidores.

Esas circunstancias desencadenaron la entendible indignación de buena parte de la ciudadanía quien se organizó para rechazar las pintorescas decisiones del "dictócrata". Las protestas tuvieron, al principio, características bastante interesantes: eran auto convocadas, espontáneas, y estaban basadas en demandas políticas importantes, como la necesaria división de poderes, el rechazo al abuso de autoridad, y la exigencia del respeto a las instituciones políticas.

Las protestas, que se dieron principalmente en el norte de Quito, se extendieron por varios días y fueron lo suficientemente potentes como para poner en jaque a Gutiérrez quien en un intento desesperado por salvar su gobierno cedió ante dos demandas clave: primero volvió a disolver la Corte Suprema de Justicia, por decreto, y segundo ordenó la salida del país de Bucaram. Por supuesto ambas acciones fueron igualmente controvertidas, por un lado no se  puede disolver una Corte Suprema por decreto, esto era ilegal, y por otro lo que se debía hacer con Bucarán era apresarlo, no dejarlo ir. Sin embargo las acciones de Gutiérrez dieron cuenta que este estaba asustado, y presionado por una sociedad civil que parecía fuerte. Fuerte, no inteligente, sin embargo.

Los  famosos forajidos, congregados en los barrios residenciales de Quito y formados por grupos de clase media y alta, dejaron ir una oportunidad de oro, tal vez porque lo que más les movía era la antipatía hacia ese tipo, de malos modales, piel oscura y que hablaba con la jerga de los estratos populares, que un verdadero interés por las instituciones políticas nacionales. Gutiérrez, el Presidente, estaba en manos de la ciudadanía, había cedido ante las demandas de la sociedad civil. Ese era el momento de ejercer una presión inteligente. Una presión inteligente que lo obligue a hacer cambios concretos, que le exija respetar la institucionalidad, que lo impele a cumplir las exigencias de los movimientos sociales. Ese hubiera sido el momento para una trasformación democrática seria y factible bajo la presión enérgica y organizada de a ciudadanía. Pero no.

Los forajidos querían "que se vayan todos", ya eran una masa histérica que quería golpear y agredir físicamente a ese advenedizo que habitaba Carondelet. La multitud furiosa llegó al aeropuerto y casi lincha al expresidente. Este huyó. Las ONG, que en cierta manera habían liderado el proceso, como Ruptura de los 25 y Participación ciudadana, no dieron la talla. Nadie pudo esgrimir un párrafo de alguna propuesta realmente bien formulada. Lo único que querían es que se vaya Lucio (tiempo después los dirigentes de estas agrupaciones saldrían corriendo de la sociedad civil y se embarcarían ellos mismos en sendos movimientos políticos). A nadie le importó consolidar una ciudadanía poderosa capaz de influir eficazmente sobe la sociedad política. Los forajidos simplemente lograron lo que Febres Cordero no pudo hacer en el Congreso.

Rafael Correa, era un forajido. Por supuesto. Su cargo de Ministro de Finanzas fue demandado  desde las ONG que habían protagonizado la ambigua rebelión forajida. Convenía aprovechar el repudio generalizado al antiguo gobernante  y levantar  un líder que no se pareciera a él, que fuera su antítesis. Alguien educado, de buenas maneras, que pueda identificarse plenamente con la sofisticada ciudadanía del siglo XXI. Correa fue el candidato perfecto. Por supuesto él hizo lo mismo que su antecesor. Reemplazó parte de las élites políticas tradicionales con sus propios círculos (o las recicló hábilmente); reestructuró la función judicial a su antojo; creó funciones de estado nuevas con el fin de generar un mega  presidencialismo a todo dar. Las denuncias por nepotismo en su gobierno fueron bastante más profundas y graves que las de todos sus antecesores juntos (ni en los sueños más dorados de Gillmar Gutiérrez, este hubiera podido tener  los contratos a los que accedió el afable Fabricio Correa). Sin embargo, Correa no despertó la ira forajida como  Lucío, porque  hizo lo que hizo con la elegancia de un Phd, y sin arrastrar las erres al hablar.

La sociedad civil ecuatoriana está hoy en día frente a un nuevo desafío. Varios actores se están congregando para protestar (mejor tarde que nunca) por los poco disimulados abusos de la clase política. Sería conveniente recordar los aciertos y los desaciertos de los forajidos. Uno de sus aciertos fue no dejar que politiqueros traten de pescar a río revuelto en sus manifestaciones públicas; (por lo menos al principio) convendría hacer lo mismo. También es importante recordar sus desaciertos, es decir, se debería demandar respeto a la institucionalidad democrática, no exigir su anulación. En efecto, lo que menos necesitamos es sentar las bases para el  surgimiento de otro demagogo que se aproveche de la devastada sociedad política.

 

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