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29 de Abril del 2015
Ideas
Lectura: 5 minutos
29 de Abril del 2015
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

Los aprendizajes sociales de la democracia
Crece el número de los desilusionados, de quienes creyeron y hoy se sienten engañados, frustrados y sin esperanza. Esta pérdida de fe es complicada para cualquier dirigente, más si sus responsabilidades son las de administrar un país.

Los tres derrocamientos por iniciativa ciudadana ocurridos en 1997, 2000 y 2005 dejaron a la sociedad ecuatoriana enseñanzas colectivas sobre múltiples aspectos vinculados con la vivencia de la democracia.  Lecciones que implicaron el reconocimiento de ciertos errores cometidos, como el considerar que  por cambiar a los titulares del poder político se modificarían las circunstancias que preservaban los problemas que nos afectaban a todos, y que abominar de la política en realidad equivalía a dejar en manos de unos pocos el manejo de lo público, lo cual significaba desentendernos de aquello que más nos inquietaba.

Hoy, luego de todo aquel período de inestabilidad política, cada vez menos ecuatorianos apuestan a derrocar a un gobierno democráticamente elegido, y cada vez más postulan porque el castigo a la gestión de un gobernante inepto se produzca en las urnas, a través del sufragio. Una primera expresión de este aprendizaje fue la elección de candidatos distantes de los promovidos por el oficialismo en los  comicios seccionales pasados: el 23-F.

En los últimos ocho años, la sociedad ecuatoriana ha seguido asimilando experiencias y se ha ido capacitando para procurar que la democracia se amplíe. Ha comprendido que la mejor manera de consolidarla, institucionalizarla, fortalecerla es por medio del respeto de sus reglas. Ha entendido que la democracia se debilita al buscar atajos que, en su momento, fueron expresión del deseo de participar de los ciudadanos y de no ser excluidos, al convertirse episódicamente en actores políticos con capacidad decisoria.

Apreció, también, que más importante que la simpatía o el atractivo carismático de un dirigente político, mucho más si es gobernante, es su aptitud para ejercer de modo competente sus funciones. En especial cuando las dificultades y la escasez se vuelven cotidianas y hay que recurrir a un conocimiento, a una experiencia, a una preparación que no siempre es real, sino apenas una ilusión, una imagen creada por la mercadotecnia. Porque es en los malos momentos, en las crisis cuando se aprecia el temple de un líder, o se descubre que tras la superficie hay poco, muy poco... tal vez nada.

En medio de los aprietos es cuando se advierte su sabiduría y su potencialidad como conductor, para no dejarse arrastrar por las circunstancias, sino para abrir nuevas rutas.

Bastó que sobrevinieran ciertos desajustes para que toda la escenografía se fuera al suelo. Fue suficiente que faltara un poco de dinero para que el acabose causara espanto en los ámbitos de la autoridad y pudiéramos descubrir la naturaleza de su poder: preparado para imponerse y mandar; ineficaz para administrar eficientemente el estado.

Tal develamiento está siendo cada vez más percibido. Y con ello crece el número de los desilusionados, de quienes creyeron y hoy se sienten engañados, frustrados y sin esperanza. Esta pérdida de fe es complicada para cualquier dirigente, más aún si sus responsabilidades son las de administrar todo un país. ¿Cómo confiar en alguien que no reconoce su propia palabra, que la desdibuja y contradice sus primeras promesas?

Señales de tal menoscabo están emergiendo con mayor velocidad desde cuando fuera anunciado el festín del seguro social, tan nefasto como fue aquel, el del petróleo. Desoír a tantas voces e insistir en echar abajo a una institución con la que todo ecuatoriano aspira a vincularse, sea por su trabajo o porque algún momento desea retirarse, es el signo que muestra la vulnerabilidad de las afirmaciones de los máximos actores del poder político.

Aquello alimenta la incertidumbre. Pero también puede fortalecer la acción ciudadana. Hace unas semanas, ciudadanos de las más diversas posiciones políticas y de las más variadas militancias sociales se integraron en un observatorio ciudadano para vigilar a la función electoral y a la llamada quinta función. La iniciativa, además de ser una respuesta a la desconfianza en tales organismos, es un mensaje a las organizaciones políticas para que comprendan que frente a objetivos mayores, la unidad en función de esos intereses trascendentes es la alternativa. Los ciudadanos no son entes pasivos. Tienen enormes posibilidades de actuar. Y ello es muy, muy bueno.

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