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10 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 21 minutos
10 de Abril del 2020
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Apuntes sobre una pandemia 2: un lápiz
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Al contrario de lo que afirman los intelectuales de izquierda, o de que el Papa Francisco afirme que “la riqueza es el estiércol del diablo”, la verdad es que la pobreza y la escasez extremas, degradan física y espiritualmente. Cuando los humanos son sometidos a condiciones extremas, como al hambre y la precariedad, sucumbe también en ellos cualquier ley moral, el egoísmo se impone y la sobrevivencia diaria rompe cualquier lazo de solidaridad.

Fuimos los primeros en afirmar que conforme la
civilización asume formas más complejas, más tiene que
restringirse la libertad del individuo.

Benito Mussolini. 


Libros subrayados, cuadernos con notas, varios resaltadores, alguna pluma, un portaminas. También un jarro con café caliente, infaltables cigarrillos y un pequeño atril de madera que algún día me vendió un artesano. Es tarde en la noche y, en el profundo silencio de una ciudad paralizada por el toque de queda, una pequeña lámpara ilumina mi escritorio y la computadora en la que escribo estas notas.

Sobre una pequeña repisa, algunos cuadernos de notas, un par de recipientes de malla metálica con cajitas de minas de grafito, marcadores, clips, etiquetas de colores, borradores y lápices. Un portarretratos con las fotos de mis seres queridos. En su parte baja, en blanco y negro, una pequeña foto de mi padre acostado sobre la hierba y un niño con poncho de lana, que dicen soy yo.

Por ser tan triviales, por la costumbre de tenerlos, por la posibilidad de comprarlos cualquier día en una tienda o una papelería, hemos olvidado que en un tiempo no muy lejano solo algunos de esos objetos estaban a nuestro alcance, formando parte de nuestra cotidianidad y que, por ello mismo, quizá nunca nos detuvimos a pensar en sus historias ni en cómo llegaron a nosotros.   

Mi padre enfermó hace casi diez años. Su mente, que había sido tan lúcida, empezó a deteriorarse y su memoria naufragaba día a día. Poco a poco fue olvidando los acontecimientos más recientes y sus recuerdos saltaban en el tiempo, confundiendo y mezclando hechos y personas. Algún momento se instaló en su pasado más lejano, en los años de su juventud. Debió ser uno de aquellos días, cuando su mente lo había situado en la pequeña Cuenca de 1940 o 1950, cuando salimos de paseo. Sus ojos claros miraban por la ventana del automóvil, parecía que se fijaban en calles y edificaciones, pero en realidad miraban a los peatones. De pronto, mostrando un enorme desconcierto, dijo “¡qué curioso!, ya no hay descalzos”.    

El hueco que se había producido en su memoria, el olvido de la cotidianidad y de los progresos que se habían dado mientras transcurría su vida, quizá fue lo que lo llevó a sentir aquel asombro. Fue como si se hubiese dormido por más de sesenta años para luego despertar en otro mundo, en uno diferente, en donde no había descalzos pues la escasez y la penuria material estaban siendo superadas.                    

De los objetos que están sobre mi escritorio y que enumeré sucintamente en los primeros párrafos, quizá el más elemental, el más prosaico, sea un lápiz. Sin embargo, su historia es larga e inicia en 1564 cuando se descubren los primeros yacimientos de grafito. Según las imágenes que he encontrado gracias al internet, los primeros consistían en toscos pedazos de grafito envueltos con vetas de cuero o fibras vegetales. En 1760 un artesano inventó el recubrimiento con madera y, casi 100 años después, en 1850, se incorporó la pequeña goma en uno de sus extremos y se perfeccionó ese humilde objeto que hoy conocemos como lápiz. Uno puede imaginar lo escasos que fueron durante mucho tiempo, y los pocos que lograban procurarse alguno. Sin embargo, a inicios del siglo XX, su fabricación se industrializó y hoy se producen cerca de 50 millones diarios, se comercializan en cualquier sitio y llegan a nosotros por unos pocos centavos de dólar.

Pero hay otra historia sobre ese pequeño objeto que es quizá más importante. La escribió Leonard Read en 1958, y lo título de Yo, el lápiz:

“Soy un lápiz de grafito, el típico lápiz de madera tan conocido por todos los que saben leer y escribir…si bien en apariencia soy algo sencillo, merezco tu asombro y admiración, pues ningún individuo sobre la Tierra sabe cómo fabricarme.

"Mi árbol familiar comienza con un cedro de fibra recta que crece en el norte de California y Oregón. Contemplen ahora todos aquellos elementos que la tarea de cortar el árbol y transportar los troncos hasta la vía del ferrocarril requiere: sierras, camiones, sogas y mucho otros pertrechos. Piensen en todas las personas y en las innumerables técnicas que intervinieron en su fabricación: en la extracción del mineral, la obtención del acero y su conversión en sierras, ejes, motores; el cultivo del cáñamo y su paso por todas las etapas hasta llegar a la soga pesada y resistente; los campamentos de los obreros con sus camas y comedores”.

Cuenta Read que el grafito viene de Sri Lanka y se lo mezcla con una resina mexicana; la goma con la que se fabrican los borradores proviene de las Antillas Holandesas, el pequeño aro de metal que une la goma con el cuerpo de madera, de algún otro lugar del mundo, al igual que el esmalte que lo embellece. Y, para cada uno de ellos, muestra la infinidad de tareas y actividades humanas que los hacen posible.   

“¿Quiere alguien desafiar ahora mi afirmación inicial de que ningún individuo sobre la Tierra sabe cómo fabricarme? En realidad, millones de seres humanos han participado en mi creación, cada uno de los cuales sólo conoce muy poco del resto y apenas contribuye a mi elaboración una parte infinitesimal…Su motivación es algo que está más allá de mi propia existencia. Cada uno de estos millones de individuos observa que pueden intercambiar su pequeña parte de conocimiento y trabajo, por aquellos bienes y servicios que necesitan o desean.

"Existe aún un hecho más pasmoso: La ausencia de una mente maestra, de alguien dictando o dirigiendo por la fuerza todas esas incontables acciones que me permiten cobrar vida…En cambio, hallamos a la Mano Invisible de Adam Smith trabajando. Este es el misterio al cual me refería al comienzo de mi relato… la configuración y cooperación de creativas energías humanas, millones de pequeños conocimientos dando forma a una natural y espontánea respuesta a una necesidad y a un deseo humano.

"Por eso, la lección que tengo para transmitir es esta: Déjese a las energías creativas fluir libremente. Simplemente organícese a la sociedad para actuar en armonía con esta lección. Procúrese que la organización jurídica remueva todos los obstáculos lo más que pueda. Permítase que los conocimientos surjan libremente. Téngase esa fe en que los hombres y mujeres libres responderán a la Mano Invisible, y milagrosamente confluirán para satisfacer una necesidad.”

He citado las partes más representativas del relato de Read, no solo para dar cuenta de la extrema complejidad de los procesos económicos y de los millones de interacciones humanas que se ponen en juego para la elaboración de un simple lápiz, sino también, y sobre todo, para que a partir de allí podamos reflexionar sobre los temas económicos que se vinculan a la cuarentena y a los discursos que los inefables intelectuales de izquierda vienen repitiendo hasta el cansancio.    

Una parálisis económica como la que estamos viviendo, puede generar hambre y precariedad por haber roto, ahora sí, ese enorme sistema de cooperación e interacción humana que es el mercado. Y los más afectados serán, como ya lo son ahora, los más pobres

Lo que han dicho Zizek, Chomsky, Byung–Chul Han, Naomi Klein, a los que ahora se suma Atilio Borón, ese intelectual argentino que fuera generosamente financiado por los gobiernos corruptos del Socialismo del siglo XXI, se puede resumir en unas pocas líneas: la pandemia del Coronavirus Covid-19 ha desnudado la perversidad intrínseca del capitalismo que no es sino un sistema de explotación que produce el enriquecimiento de unos pocos mientras que una gran mayoría ha sufrido empobrecimiento generalizado; que en una economía de mercado libre siempre habrá unos pocos que ganen y muchos que pierdan, que no resuelve las necesidades humanas y que esto se acompaña de un profundo individualismo que socava moralmente a la humanidad pues rompe la cooperación y la solidaridad entre seres humanos, a tal punto que quienes hoy se preocupan por la parálisis económica lo hacen porque anteponen las ganancias sobre la vida de las personas.    

Finalmente, como corolario de todo lo anterior, han sostenido que es necesario echar abajo el sistema, someter el mercado libre y ampliar el poder del Estado para controlar la economía, de tal modo que podamos restituir un mundo en donde prime la colaboración, la solidaridad y la convivencia armónica con el medio ambiente. Es decir, una explosiva mezcla de hipocondría social, ignorancia y superioridad moral.

Sobre aquellas afirmaciones respecto de que el capitalismo solo ha traído más pobreza y miseria para la humanidad, me remito a los datos de mi artículo pasado y que demuestran la falacia de tal afirmación:  junto con el incremento de la productividad y la riqueza, y pese a que entre 1800 y 2020 la población mundial pasó de 1000 a 7700 millones, los más importantes indicadores de desarrollo humano tuvieron mejoras muy importantes: la pobreza extrema, que afectaba a 90% de la población en 1820, llegó a equivaler a 10% en 2020; las muertes por hambruna o inanición decrecieron de picos que llegaron en 1870 y 1920 a las 1400 y 800 muertes por cada cien mil habitantes, a menos de 30 en 1990 y casi a 0 hacia el 20015; la tasa de alfabetización se incrementó de 10% en 1820 a cerca de 85% en el 2000; la esperanza de vida al nacer a nivel mundial se pasó de 29 años en 1880 a 71 en nuestros días.

También la movilidad social se ha visto favorecida. La posibilidad de que personas que nacieron en los estratos pobres de la población se muevan hacia sectores medios o medios altos se ha duplicado en los últimos años.

Pese a que la economía de mercado ha demostrado ser el mejor camino para superar la pobreza, es también cierto que hay grupos que por distintos motivos han quedado excluidos y en situación de vulnerabilidad. Sin embargo, al contrario de lo que afirman los profetas del apocalipsis, el gasto social (es decir, eso que solidariamente las sociedades destinan al cuidado de los más vulnerables), se incrementó radicalmente a partir de la mitad del siglo XX, pasando de menos del 5% en esas décadas, a un promedio del 22% del PIB en nuestros días.

Un caso paradigmático es Suecia, país al que suelen poner de ejemplo esos mismos profetas. Tal como lo muestra Mauricio Rojas en su libro Suecia, el otro modelo, fueron las políticas de libre mercado las que permitieron un crecimiento económico sostenido desde fines del siglo XIX hasta 1970, y fue gracias a la prosperidad alcanzada durante ese período, que se pudo crear el enorme estado de bienestar sueco. Sin embargo, la desproporción que alcanzó ese Estado y las cargas impositivas que llegaron a superar el 50% en 1990, desincentivaron la inversión privada y produjeron una enorme recesión. Para salir del profundo deterioro económico, quienes gobernaron a partir de 1991 tuvieron que implementar agresivas políticas de liberalización, tales como la gestión privada de servicios sociales, flexibilización del mercado laboral, reducción de cargas impositivas y del tamaño del Estado.

“Sin que opere un capitalismo de primera línea no puede existir bienestar ni Estado de bienestar, esta es la lección fundamental del desarrollo moderno de Suecia. La otra lección de importancia es que, si se quiere lograr y luego mantener ese desarrollo, es mejor cuidarse del gran Estado. Lo ocurrido en Suecia entre 1960 y 1990 es una clara advertencia acerca de los peligros de una expansión estatal que termina destruyendo las bases mismas del progreso”, dice Rojas.                    

Preocuparse de la economía en tiempos de pandemia a muchos les ha parecido inmoral. Sin embargo, poner a la economía en el lugar que le corresponde no es una apuesta que busque beneficiar a los empresarios y capitalistas, tampoco supone intentar salvar las ganancias de las corporaciones o de todos aquellos que producen y comercian, en pequeña mediana o gran escala. Apostar por recuperar la economía nace de la necesidad de que la sociedad en su conjunto no se empobrezca y de que la escasez no se irradie nuevamente. La enorme complejidad de la producción de bienes, los millones de circuitos que se ponen en marcha, la interdependencia entre países y entre las distintas cadenas de producción, es decir todo aquello que intenté mostrar con el ejemplo de lápiz, hace que debamos meditar bien y sopesar adecuadamente los alcances de la cuarentena económica y productiva que estamos teniendo.

Una parálisis económica que vaya más allá de lo prudente, puede desencadenar una crisis económica de incalculables consecuencias, llevar el desempleo a niveles nunca vistos y cortocircuitar las cadenas de producción, generando escasez incluso de alimentos y medicinas.

En otras palabras, una parálisis económica como la que estamos viviendo, puede generar hambre y precariedad por haber roto, ahora sí, ese enorme sistema de cooperación e interacción humana que es el mercado. Y los más afectados serán, como ya lo son ahora, los más pobres.           

Las hambrunas más grandes que recuerde la humanidad no tuvieron que ver con causas naturales. Los cuarenta y cinco millones de muertos de la gran hambruna china, ocurrida entre 1958 y 1962, y los ocho millones de vidas cegadas durante la que se conoce como la hambruna roja, acaecida durante 1932 y 1933 en Ucrania, fueron el producto de la liquidación total del mercado y de la estatización completa de la economía. Aunque esos son los ejemplos más extremos, no podemos dejar de señalar que la escasez y pobreza por la que hoy atraviesan Venezuela o Cuba, y antes la URSS o cualquiera otro de los países socialistas, también fueron producto de lo que Hayek llamó la fatal arrogancia, es decir, la idea de que una sociedad podía funcionar mejor allí donde había un Estado que lo acaparaba todo y la planificación centralizada suplantaba al mercado y al “orden espontaneo” en la provisión de bienes y servicios.              

Al contrario de lo que afirman los intelectuales de izquierda, o de que el Papa Francisco afirme que “la riqueza es el estiércol del diablo”, la verdad es que la pobreza y la escasez extremas, degradan física y espiritualmente. Cuando los humanos son sometidos a condiciones extremas, como al hambre y la precariedad, sucumbe también en ellos cualquier ley moral, el egoísmo se impone y la sobrevivencia diaria rompe cualquier lazo de solidaridad. Es eso lo que muestran las profundas reflexiones sobre la conducta humana que hace Primo Levi en su Trilogía de Auschwitz, y también los testimonios que recoge Svetlana Aleksiévich en El fin del Homo sovieticus.           

“Las comunas, los pueblos, las familias: todos hervían de tensión y resentimiento, porque la hambruna arrastró a vecinos, amigos y parientes a enfrentarse los unos con los otros… la colectivización creo condiciones de carestía extrema en donde la sobrevivencia de unos exigía que otros murieran de hambre…y llevó a su máximo extremo la búsqueda del provecho propio que el Partido había tratado de eliminar”, dice Frank Diköter, en La gran hambruna en la China de Mao.    

Dejo los datos y los libros y vuelvo a los recuerdos. Es un verano a mediados de la década del 70. Empieza a caer la noche y estamos en la modesta casita vacacional en el valle de Yunguilla. Mi madre, mi maravillosa madre, prende la lámpara petromax para alumbrar por unas pocas horas el comedor en donde nos servirá la comida y luego disfrutaremos algún juego de mesa. En los dormitorios compartidos, sobre una maltrecha silla o una mínima mesa, pequeñas velas que solo habremos de prender por pocos minutos, el tiempo justo para cambiarnos y meternos en la cama, porque alumbrarse, aunque precariamente, resultaba entonces muy caro.

Cavilando alrededor de una idea y de las palabras que me permitan cerrar este ya largo artículo, no puedo dejar de valorar lo que significó para la humanidad el descubrimiento y posterior difusión universal de la energía eléctrica. No solo para alumbrarnos en la noche, como lo hago este momento, sino para sacar a la humanidad de los trabajos embrutecedores que dependían únicamente del esfuerzo físico propio o de la energía animal. Pinker, ese imprescindible autor de cuyos libros he tomado gran parte de los datos que aquí consigno, nos ofrece un dato asombroso: el costo para alumbrarnos era 14.000 veces más caro en el Medioevo que en la actualidad, “En 1800, un inglés necesitaba trabajar seis horas para para quemar una vela de sebo durante una hora… en 1994, requería medio segundo por la misma hora de una bombilla compacta: cuarenta y tres mil veces más asequible en dos siglos”.             

Los juicios que hacemos sobre el presente solo cobran sentido cuando los relacionamos con el pasado, con el mundo que vivieron nuestros padres o abuelos. Ese “¡qué curioso!, ya no hay descalzos”, que mi padre dijera en aquel día en que miraba por la ventana del automóvil, nos muestra que el bienestar humano puede también medirse por la disposición de objetos tan sencillos como un lápiz o un par de zapatos. Por eso, echar abajo el mundo que posibilitó el enorme progreso material y moral que hoy tenemos, no solo es una imbecilidad, es un crimen. 

“El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad. Los hombres son más bien buenos que malos, y, a decir verdad, no es ésta la cuestión. Sólo que ignoran, más o menos, y a esto se le llama virtud o vicio, ya que el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar”. (A. Camus, La peste)

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