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29 de Noviembre del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
29 de Noviembre del 2021
Ernesto Carrión

Escritor

Apuntes de viaje: Feria del Libro del Bicentenario en Lima
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La experiencia de retornar a las ferias del libro de modo presencial –como se estila especificar hoy más que nunca– sirve de mucho. En carne y hueso entrar en contacto con autores, lectores y libros para deambular por la vaga idea de los desafíos que representan escribir y construir el sentido de un libro como lector.

En calidad de invitado de la Cámara del Libro de Perú, viajé el jueves pasado a la Feria del Libro del Bicentenario en Lima. Viajé por motivos literarios, por primera vez, desde que empezó la pandemia hace casi dos años. Entonces entrar y salir del aeropuerto, así como viajar en avión con doble mascarilla (como demandan allá), te pone en un estado constante de alerta. Estás viajando pero algo ha cambiado. Es difícil no experimentar que la libertad parece haberse perdido por culpa del virus. Aunque por libertad me esté refiriendo únicamente a poder hablar, comer y respirar como lo hacíamos antes.

No obstante, la experiencia de retornar a las ferias del libro de modo presencial –como se estila especificar hoy más que nunca– sirve de mucho. En carne y hueso entrar en contacto con autores, lectores y libros para deambular por la vaga idea de los desafíos que representan escribir y construir el sentido de un libro como lector. No está de más entender que admirar un libro como un objeto acumulado entre miles de ellos, apareciendo y desapareciendo autores y títulos a su entera gana, y de quiosco a quiosco, importa demasiado. Incluso, me parece, le da sentido al lector turista en quien yo creo: aquel despistado que de pronto tropieza con alguna rareza de la que había oído hablar hace mucho. Así tropecé en una librería de Buenos Aires con el Poema sucio de Ferreira Gullar; y en una librería de Oaxaca con El libro de los márgenes I, II y III de Edmond Jabès.

Por ejemplo, ahora en mis manos tengo Noé delirante (1963) del poeta peruano Arturo Corcuera. Una de sus obras más difundidas que contiene cuatro libros donde la travesía de Noé, junto a sus animales, es acompañada por las indagaciones de la voz poética que se convierte en un espejo roto de la historia. Incluso llega con su nave hasta el monte de Hollywood donde serán revisitadas las fábulas de Búfalo Bill, El Pájaro loco, Rico McPato, Buggs Bunny, Tom y Jerry, El Súper ratón y el León de la Metro-Goldwyn-Mayer, entre otras fantasías animadas de ayer y hoy.

De Harold Alva tengo la antología de poesía iberoamericana titulada La primera línea (2021), que establece una red donde el poeta y editor peruano ha logrado amasar, con tino y destreza, una buena cantidad de autores de tendencias disímiles pero de auténtica riqueza lírica. Desde Antonio Gamoneda, Santiago Sylvester, Carlos J. Aldazábal, Lucía Estrada, Andrea Cote, Cecilia Podestá, Nilton Santiago, Javier Alvarado hasta Raúl Zurita, Elvira Hernández y la gran Yolanda Pantin. Esta última, una de las poetas que más ha disfrutado mi hijo. Gran poesía la de todo este libro que se atreve a destrozarnos el espíritu y a reanimarnos con el agua en los ojos.

La experiencia de retornar a las ferias del libro de modo presencial –como se estila especificar hoy más que nunca– sirve de mucho. En carne y hueso entrar en contacto con autores, lectores y libros para deambular por la vaga idea de los desafíos que representan escribir y construir el sentido de un libro como lector

Escribe Marco Martos:

«No es este tu país
porque conozcas sus linderos,
ni por el idioma común,
ni por los nombres de los muertos.

Es este tu país,
porque si tuvieras que hacerlo,
lo elegirías de nuevo
para construir aquí
todos tus sueños.»

Coincidimos con Leonardo Valencia en un conversatorio sobre el oscuro tema (oscuro, porque indagar en las razones de la creación siempre será un asunto de tinieblas e iluminaciones) del espacio personal e imaginario desde el que se escribe una novela, junto al escritor venezolano Gustavo Valle. ¿El lector es determinante aunque sea un fantasma? ¿Por qué la escritura es un ajuste de cuentas cuando al final jamás ocurre dicho ajuste, salvo la ilusión para quien la escribió? Y, a veces, ni eso. Fue un diálogo que señaló, a pesar de varias coincidencias, que lo mejor que puede ocurrirle a un autor es abrazar interrogantes. Y que un lector sin paciencia es un lector que pasa inadvertido por los libros sin conseguir sobrevivir a cualquier historia.

Acompañado por el poeta Miguel Ildefonso asistí a un festival de poesía que estaba ocurriendo en el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM), el que es un museo que alberga la historia de la violencia que ocurrió en Perú en la década de los ochenta, protagonizada por Sendero Luminoso. A veces se viaja sin saber nada de ciertas conexiones. Conexiones que transforman al viajero en un espectador hechizado por lecturas pasadas. Cuando había arribado, avanzando por las oscuras calles de Lima dentro de un auto hacia el hotel, pensé en esa tremenda novela que es Vivir abajo de Gustavo Faverón. En que es cierto que se puede mirar una ciudad, que ya se conoce, de otra forma después de haber leído una novela. La Lima que había visto a los veintisiete años, la de Antonio Cisneros toreando taxis con su chaqueta frente a un grupo de poetas ebrios y dichosos, no se parecía en nada a la laberíntica y fría urbe que describe Faverón, donde es por debajo del disfraz de sus amplias avenidas y casas donde los seres humanos fabrican su presente aplastando en los sótanos su pasado monstruoso. Entonces, dos días después, yendo como oyente al Festival de Poesía de Lima, yo estaba de algún modo otra vez frente a la historia de aquel libro.

Es un error creer que una lectura, al igual que un viaje, concluye cuando uno ha cerrado la última página. Además, gracias a la literatura se vive dos veces. Por eso ésta no será, a pesar de la pandemia, la última vez que viaje soñando en libros. Y movido por la convicción de que la literatura es una cómplice silenciosa de lo que fue y será la vida en la tierra. En definitiva: siempre necesitaremos de otra manera de mirar el mundo que nos fue arrebatado.

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