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10 de Mayo del 2017
Ideas
Lectura: 9 minutos
10 de Mayo del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Armar a civiles: pervertir la libertad
Escuché al ministro de Defensa defender, como es su estilo, de manera absoluta y sin reparo alguno el proyecto que se ventila en la Asamblea. Para él se trata de una necesidad impostergable porque en ello va la seguridad del Estado. ¿No son las Fuerzas Armadas las que garantizan la seguridad del Estado, señor Ministro de Defensa? ¿De cuándo acá esta tarea corresponde a civiles armados?

A toda costa el presidente Correa quiere salirse con las suyas. Para él no existe la posibilidad de que el otro diga no a su deseo, porque su deseo es la ley. Desde el día en que se apoderó de todos los poderes del Estado (legislativo, judicial, electoral, de control social), el país le pertenece casi como si se tratase de un bien personal. El país es de Correa que ha hecho de él lo que le ha venido en gana. Ya se va en pocos días y aun así ha obligado a sus asambleístas a aprobar al susto su malhadada propuesta de organizar esa fuerza civil que, tal vez a más de proteger a alguna autoridad, podría tener otros designios nada santos.

El presidente Correa no olvida la experiencia de aquel 30 de septiembre en el que corrió demasiados riesgos por no medir ni pesar las realidades concretas. Al revés de lo que se empecinó en afirmar sobre un supuesto complot en su contra, ese grupo de policías perdió sus límites también porque el mismo presidente decidió meterse en la boca del lobo sin necesidad alguna, gratuitamente. Entonces se construyeron varios 30s, no solo por parte del presidente sino desde la misma sociedad. El presidente no guardó los límites que surgen de su calidad de jefe de Estado y que están destinados a protegerlo en todas las dimensiones de la protección. Él se metió en una bronca que no le pertenecía y convirtió en personal algo que correspondía a los regímenes del Estado. Desde ese día, las actitudes y la política del presidente Correa cambiaron radicalmente en torno a la policía y las Fuerzas Armadas. Inclusive en torno al poder.

Un buen día, supuestamente se cansó de los edecanes y los devolvió a sus cuarteles. ¿Profundos temores? “Necesitamos tener a nuestros soldados en funciones específicas y las máximas autoridades de la República deben ser las primeras en dar ejemplos de sencillez. Ustedes conocen que somos gente sencilla”, una sencillez que no empata con la pompa de tener edecanes y más cosas por el estilo, esa sencillez que rechaza las “infamias sobre supuestos aviones de lujo, centenas de guardaespaldas, decenas de vehículos en la caravana presidencial, cuando todas esas cosas las manejan las Fuerzas Armadas”. “Es necesario tener una sociedad sin tanto protocolo y en extremo humilde en sus niveles dirigenciales. Humilde como nuestro pueblo”.

Para entonces ya se había enviado a la Asamblea el proyecto de creación de las fuerzas civiles. De unas fuerzas altamente capacitadas en la protección del Presidente y de otras autoridades. La Asamblea, desde luego con mucha razón, no dio paso al proyecto de armar a civiles porque nadie, medianamente informado en historia de los pueblos, desconoce el serio peligro que constituyen estos grupos de civiles armados y altamente preparados para enfrentar con toda la violencia del caso las protestas sociales en contra de sus gobernantes.

Llama la atención que justo a vísperas de dejar la Presidencia, se obligue a la Asamblea a tratar el tema de la creación de una fuerza civil armada y muy entrenada en la protección del Presidente y de otras autoridades del país. ¿Por qué a civiles? ¿Desde qué principio social y ético un civil está legitimado a cargar armas y a disparar, si fuese el caso, a otros civiles?

Escuché al ministro de Defensa defender, como es su estilo, de manera absoluta y sin reparo alguno el proyecto que se ventila en la Asamblea. Para él se trata de una necesidad impostergable porque en ello va la seguridad del Estado. ¿No son las Fuerzas Armadas las que garantizan la seguridad del Estado, señor Ministro de Defensa?  ¿De cuándo acá esta tarea corresponde a civiles armados? Para el Ministro, las Fuerzas Armadas, que han tenido a su cargo la protección del presidente y de otras autoridades, no deben ser distraídas de su misión propia cuidando la seguridad del presidente y de otras autoridades. Ellas que se dediquen a sus tareas específicas, porque ese cuidado debe ser llevado a cabo por civiles. ¿Por civiles militarizados, señor Ministro?

Pero si los militares lo han hecho bien a lo largo de la historia. La periodista que lo entrevista se sonríe ante tamaña incoherencia política e histórica. El Ministro ve el abismo e inteligentemente se dedica a hablar de los cambios realizados en la práctica de la vida cotidiana de los actuales militares en los que se han borrado las diferencias entre tropa y oficiales. La periodista no se rinde y vuelve al absurdo que constituye armar a grupos civiles. Cuando ella menciona lo de Venezuela, el Ministro analiza el tema de las equidades entre militares y lo que se ha logrado al respecto.

El campo social, el ético y el lingüístico se llena de sospechas y también de serios y fundados temores. Esos mismos temores que invadió a la Asamblea y la detuvo durante varios años. Esos miedos sociales y políticos no son infundados. ¿Acaso no hemos visto lo que acontece ahora mismo en Venezuela? Pese a ello (¿o por ello?) el Presidente quiere una guardia civil presidencial.

Las sospechas y los temores surgen espontáneamente. En Venezuela, un grupo enorme de civiles armados sale a defender al presidente Maduro, es decir, a defender la dictadura. Y las armas no son de juguete sino de verdad. En verdad amenazan. En verdad hieren y matan. En verdad manchan de sangre la cotidianidad , manchan con esa sangre la conciencia social, cívica y política de un pueblo. También manchan la conciencia social y ética de toda nuestra América. Sobre todo, la conciencia de quienes se adhieren a esa violencia y la aprueban. La conciencia de ciertos gobernantes latinoamericanos que aúpan esa violencia porque creen que la revolución se hace con la muerte de los inocentes. De esos gobernantes que, una vez que probaron los sabores celestiales del poder, hacen todo lo posible para quedarse para siempre en ese paraíso. ¡La revolución! La gran palabra vaciada de todo sentido cuando lo único que se busca es que un grupo de avivatos saque todas las ventajas posibles del ejercicio del poder y las disfrute sin tiempo ni medida. Elecciones indefinidas a costa de asesinar a la Democracia.

Como en Venezuela. Esos grupos armados que agreden e incluso asesinan a los conciudadanos con el sacrosanto pretexto de eliminar a los infames contrarrevolucionarios, a los canallas que no aceptan el cambio que no consiste en otra cosa que en el adueñamiento de todo poder y de toda palabra, de toda libertad y de toda verdad por parte de unos avivatos. Qué espanto contemplar a esa muchedumbre de civiles uniformados, armados e intoxicados de propaganda y de odio hiriendo e incluso asesinando a sus conciudadanos que cometen el gran crimen de exigir libertad para tener salud, alimentación, educación. Libertad para tener libertad.

¿Saben lo que es libertad ustedes, los del poder, los que quieren armar a civiles, los que persiguen las diferencias porque quieren que todos hagan lo mismo, vistan de la misma manera, crean en lo mismo y veneren a los mismos ídolos de barro?

La libertad consiste en la capacidad que posee cada sujeto, cada ciudadano, de elegir sus propias dependencias. La libertad es la encarnación de la diferencia. Está muy bien que unos se vistan de verde o de rojo, si es eso lo que desean. Pero nunca estará bien que se impida a los otros usar cualquier color del arcoíris de la libertad, de la autonomía, de la verdad y de la honradez.

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