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6 de Octubre del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
6 de Octubre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Asesinato en Roseburg: ¿perversión o locura?
El asesino de Roseburg se prepara con calma y hasta con minuciosidad. Todos los días se viste de la misma manera: botas y pantalón militares más camiseta blanca. Sabe lo que desea hacer y se prepara para ese festín de la crueldad como si se tratase de una celebración.

Otra vez aparece la inimaginable violencia ensangrentando una universidad en Oregón, Estados Unidos. Un baño de crueldad incomprensible que pretende poner en entredicho la cultura, los principios que gobiernan las relaciones, las confianzas elementales en la vida. Una crueldad que rompe con los sistemas básicos de la existencia y que deja atónita a la sociedad que no sabe cómo explicar que la muerte ingrese al aula y la convierta en una suerte de paredón en el cual víctimas inocentes son sacrificadas a la deidad de la crueldad y del absurdo.

Los criminales no aparecen por generación espontánea. El asesinato colectivo constituye el acto final de un proceso mantenido a lo largo de años. Se trata de una suerte de masa psíquica que va leudando de manera progresiva en tres momentos fundamentales: la construcción de la convicción de que es preciso saltar al vacío de la crueldad, el acopio de un arsenal de armas y, finalmente, la elección de las víctimas. Es decir, nadie se hace asesino de la noche a la mañana ni luego de un mal sueño. Por el contrario hay una preparación que no pasa desapercibida al núcleo familiar.

¿Se trata, acaso, de una locura? En casos excepcionales, sí.  Pero en verdad el asesino en serie pertenece al orden de lo perverso que lo asemeja a los célebres criminales del mundo que utilizaron el poder para organizar las grandes masacres que han horrorizado a la humanidad. Hitler se prepara a lo largo de muchos años para llegar al punto existencial en el que debe realizarse esa suerte de vocación por la crueldad. No es un psicótico con delirios de persecución sino un criminal que ha llegado al punto en el que ya no puede hacer otra cosa que matar mañana, tarde y noche. Debe asesinar porque esas muertes proveen de sentido a su existencia. Por lo mismo, no solo cuentan los campos de concentración sino la guerra en sí misma. Siembra Europa de cadáveres, elimina pueblos enteros. Mata a sus propios conciudadanos, incluidos chicos de doce trece años a los que viste de soldados para destinarlos a la crueldad y la muerte que utiliza para un goce perverso. Esta es la historia de todos los tiranos cuya vida es imposible sin el sufrimiento de los inocentes.

El asesino de Roseburg se prepara con calma y hasta con minuciosidad. Todos los días se viste de la misma manera: botas y pantalón militares más camiseta blanca. Sabe lo que desea hacer y se prepara para ese festín de la crueldad como si se tratase de una celebración. Este elemento de la celebración posee en él un carácter particular porque, según los testimonios, primero pregunta sobre el credo religioso de sus víctimas antes de asesinarlas. Cada quien debe morir a nombre de una religión que él detesta o que ama, desde su orilla de lo perverso, hace que cada víctima se convierta en mártir de su fe. ¿Asesinó tan solo a quienes se declararon cristianos?

El sheriff sabe algo de todo esto, por eso se abstiene de decir públicamente su nombre para negarle, de una manera medio mágica, el último triunfo, quiere que el asesino quede en una suerte de anonimato, que se convierta en nada y que nadie lo glorifique nombrándolo. Por supuesto, esta negativa ya no afecta al asesino, sin embargo podría servir de una especie de lección para otros que se hallan en el mismo camino. El mundo entero debe asegurarse de que no puede haber gloria alguna sino que, al contrario, la única respuesta posible sea el repudio absoluto. Para que de esta manera no haya detrás de él otro sumo sacerdote de la maldad.

El asesino habría esperado conseguir unos supuestos honores que se derivarían de su crimen, por eso iba con chaleco antibalas. Es posible que se haya imaginado contemplarse en todas las pantallas no solo de los Estados Unidos sino de Occidente entero. Verse ahí, vilipendiado y odiado, pero tomado en cuenta por millones en todo el país, en el mundo. Él, el anti héroe perfecto, recibiendo con serenidad pero con regocijo oculto el oprobio de todas las sociedades. Quiso saberse mirado y repudiado pero también quizás alabado por otros que ya recorren el mismo camino de lo perverso. Ese sería el sentido de sus supuestos comentarios a propósito del reciente asesinato de una reportera y del camarógrafo en Virginia: “Es interesante, me doy cuenta de que hay mucha gente como él que están solos y son desconocidos, pero entonces derraman un poco de sangre y el mundo entero sabe quiénes son”. Para él, el anonimato se habría transformado en enfermedad que no se cura sino mediante el espectáculo del terror.

El perverso busca la escena, el teatro social de las lamentaciones, de los ayes de dolor, incluso de los repudios. Ese es el material con el que construye tanto su placer como su identidad. En efecto, mientras se halla en la sombra, no solamente que no es nadie sino que no es nada. De aquí en adelante, en la universidad, en el pueblo, en su Estado y en el país no se olvidarán de él. No importa que sea desde el odio, pero por mucho tiempo será el nombre más repetido, su nombre se escribirá en la historia de la universidad. Por lo mismo, posiblemente sea inútil buscar otras motivaciones que no sea lo perverso para un crimen ubicado en la lógica de la ignominia.

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