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22 de Marzo del 2016
Ideas
Lectura: 8 minutos
22 de Marzo del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

¿"Avanzamos Patria"?
La experiencia de este gobierno nos enseña que la viabilidad de un cambio no depende sólo de la existencia de un plan, de una voluntad política dispuesta a ejecutarlo, de abundantes recursos materiales invertidos en obra pública y en propaganda, sino en potenciar la capacidad de un sistema institucional en el que se combinen los tres componentes del capital social, privilegiando el capital humano como el más determinante.

Las últimas decisiones del gobierno, como las reformas a la ley laboral, revelan la ausencia de reflexión sobre su viabilidad. La viabilidad no depende solamente del poder, también de la economía, los conocimientos y la organización.

El gobierno de Rafael Correa priorizó la viabilidad económica y política, al inicio de su administración, o sea, ató la viabilidad política a la viabilidad económica, pero descuidó el capital humano y el capital organizativo. Carlos Matus, gestor del método PES (Planificación Estratégica Situacional) afirma que “la eficacia de la acción del hombre sobre su proyecto depende de la inversión en el hombre mismo”. No es lo mismo invertir en carreteras, en obra física, que en valores y conocimientos. La inversión en organización es tan o más importante que la inversión en medios materiales.

Esto no se lo aprecia con claridad cuando se centra el análisis en la economía. Suele creerse que el único recurso escaso, o el único que cuenta es el económico. Matus, experto chileno en planificación y gobierno, siendo economista, sostuvo algo diferente. Si faltan los recursos materiales, pero sobran el capital humano y organizativo, el problema no es tan grave; en caso contrario, si sobran los recursos materiales-el capital material- y hay déficit de capital humano y organizativo, será difícil salir del atraso.

“Hay una correlación muy estrecha entre el déficit en capital organizativo y el déficit en capital humano, aun en abundancia de recursos materiales” dice Matus. Ese es precisamente el caso con el actual gobierno. Gozó de abundantes ingresos, por tanto, los destinó a una frondosa obra pública, pero descuidó la inversión en capital humano y en capital organizativo. Incluso en un terreno tan cercano, como el educativo, privilegió el gasto material, y descuidó, “la inversión en el hombre mismo”.

Tales los casos de Yachay, las escuelas del milenio, la creación de universidades. No obstante tratarse de campos que requerían como cosa previa, una fuerte inversión en capital humano y organizativo, se le dio más importancia al gasto en obras físicas. Ello explicaría sus falencias; más bien se hablaría de un despilfarro de recursos.

En cuanto al plano organizativo del Estado, la creación de superministerios, los gabinetes itinerantes, los reclamos públicos a los ministros por el presidente, la discontinuidad de las políticas públicas, la inexistencia de verdaderos equipos de asesoría, la supresión de  mecanismos de control y evaluación de la gestión, el desgaste en continuas disputas de poder con los gobiernos seccionales, municipios y prefecturas, medios de  comunicación y dirigentes políticos de la oposición, describen un modelo de gestión altamente ineficaz.

Cuando se viene abajo el precio del petróleo, junto con la apreciación del dólar,  la disminución de ingresos vía tributación, el gobierno se siente perdido, entre otras razones por no haber desarrollado el capital humano y el capital organizativo.

Más bien emprendió en la captación de recursos económicos de instituciones de seguridad social como el IESS y el ISSFA, sin medir las consecuencias que ello traería para la sobrevivencia de tales instituciones. 

“Salir del atraso requiere un gran salto concentrado en la formación del capital cognitivo y en el diseño de reglas del juego que permitan liberar la potencia de la creatividad humana”, agrega Matus.

Esto no es posible bajo regímenes de ideologías dominantes “explícitas”. Miguel Angel Centeno, sociólogo mexicano, critica tanto a las tecnocracias que sustentan su dominación en la razón instrumental y el método científico, como a las teocracias cuya legitimidad proviene de los dictados de un “libro”, más que de la boca de un fusil, o de las urnas.

“Sea que ese documento contenga la palabra de dios, una teoría de la historia, o las funciones econométricas que definen el equilibrio, los más aptos para interpretar su mensaje e implementar sus leyes no toman en cuenta ni a la oposición ni  a la participación popular”, sostiene.

La democracia, por tanto, no sólo es un régimen político que precautela la existencia de la oposición y la participación popular, sino que hace posible ese salto articulado en los tres componentes del capital social.

Así se explica que en un régimen autoritario, como el ejercido por Rafael Correa, no sólo se atropellaran las libertades y los derechos ciudadanos, sino que se desaprovechara una gran oportunidad histórica para sentar las bases de un cambio cualitativo de la convivencia y organización social.

Con la creación de un “aparato ideológico del Estado” se amplió el campo de acción del Estado; el gobierno se inmiscuyó en las creencias más arraigadas de la gente.

Con la Ley de Comunicación y la implantación de dos organismos que vigilaran la emisión del pensamiento, se le dio al Estado capacidad “hegemónica”. O sea, capacidad de censura y dirección del aparato cultural, del “marco de vida”. Ya no se trataba sólo de disputar a las “clases dominantes” la dirección económica de la sociedad, a nivel de la estructura, sino también de su papel hegemónico en la superestructura. De los debates teóricos sobre el papel de los intelectuales en la revolución socialista abiertos por Althusser, Gramsci y Poulantzas, destacados exponentes del pensamiento marxista, el siglo pasado, se trasplantaron mecánicamente esquemas mentales a un contexto completamente distinto del europeo, haciendo de la ideología un uso instrumental para ocultar la conformación de una maquinaria de poder que se alejó de los objetivos y metas que sustentaron, en sus inicios, a la “revolución ciudadana”.          

En la medida en que la crisis fue agravándose dicho aparato se torna disfuncional , cuando el gobierno se desliza hacia el pragmatismo. Ello implica, sin embargo, un giro ideológico, que deja en el vacío a tal aparato ideológico del Estado, que, además, se vuelve un fardo dado el costo económico de su mantenimiento. ¿Cómo deshacerse de él, cuando le dio sustento de legitimidad a su gobierno? Con el ajuste económico parece inevitable el ajuste ideológico, dado que las medidas que está adoptando el gobierno ya no cuadran en el marco normativo en el que se basó el discurso de la “revolución ciudadana”. 

Este giro, sin embargo, puede tener un costo más alto que el ajuste económico por la carga simbólica que rodeó al ejercicio del poder de Correa. Todos quienes creyeron en ese discurso y albergaron esperanzas de un cambio sustantivo de la sociedad, se sienten decepcionados y hasta traicionados por  la contradicción cada vez mayor entre ideología y práctica.

La experiencia de este gobierno nos enseña que la viabilidad de un cambio no depende sólo de la existencia de un plan, de una voluntad política dispuesta a ejecutarlo, de abundantes recursos materiales invertidos en obra pública y en propaganda, sino en potenciar la capacidad de un sistema institucional en el que se combinen los tres componentes del capital social, privilegiando el capital humano como el más determinante. Pues sólo éste es capaz de superar el déficit organizativo y después, el déficit de medios materiales.

[PANAL DE IDEAS]

Rodrigo Tenorio Ambrossi
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