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29 de Mayo del 2017
Ideas
Lectura: 13 minutos
29 de Mayo del 2017
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Las bacterias del neumococo y del correísmo
El acto se paralizó 18 minutos hasta que Correa dé la mano, bese y se despida de todos los que quiso. Si estaba con neumonía, me pregunto, ¿no habría sido más responsable con la salud de los demás no dar la mano ni besuquear a nadie y así no ayudar a la expansión del neumococo? Como perro en caza de patos, se husmea con curiosidad el arranque de un nuevo gobierno. Periodistas y políticos, empresarios y académicos tratamos de entender las señales y, si no acumulara demasiadas metáforas, diría que nos volvemos adivinas de barrio leyendo barajas españolas.

Las primeras señales del Gobierno de Lenin Moreno vinieron con la conformación del gabinete, mantenido en reserva hasta casi el 24 de mayo. Lo primero que saltó a la vista es la eliminación de los ministerios coordinadores, confirmado luego por uno de los primeros decretos presidenciales. Es una medida acertada: los ministros deben ser ministros y no una suerte de subsecretarios de los coordinadores, sin personalidad ni capacidad de decisión, amén de que una capa más de burocracia complica en demasía los trámites.

Con todo, y esto contradice el supuesto afán de simplificar la administración pública, subsisten 43 entidades, sin contar las empresas públicas, las superintendencias y las agencias de toda laya. Es que hay 23 ministerios, 12 secretarías (tres de las cuales son secretarías nacionales, dos generales y siete ejecutivas o técnicas), cuatro servicios (SRI, Imobiliario, Aduanas y Contratación de Obras), la Empresa Coordinadora de Empresas Públicas, que es el ejemplo patente del árbol frondoso y florido que es el actual Estado, a más de entidades financieras como el BCE, la CFN y el IESS.

Una señal ominosa es la fusión de las secretarías de la Presidencia y de la Administración Pública en una sola secretaría General de la Presidencia, donde estará Eduardo Mangas, el nicaragüense esposo de la canciller María Fernanda Espinosa. Ominoso porque el personaje de marras (y de mangas), ex viceministro de Daniel Ortega, acumulará un poder gigantesco, y eso, el poder en manos de una persona, no es bueno en democracia. Ya no llama la atención que haya parejas matrimoniales, hermanos y otras parentelas en el gabinete… con Correa se volvió costumbre. Antes, cuando había un sentido más alto de la ética, aquello era imposible, y tengo pruebas personales al respecto.

En el gabinete hay una presencia empresarial sorprendente, como ya se ha hecho notar. Antes, los gobernantes conscientes se cuidaban de que los ministros mostrasen demasiada empatía con los sectores que debían regular, para que no haya colusiones, connivencias, confabulaciones con empresas concretas.

El doctor Rodrigo Borja, y de eso puedo dar fe porque estuve en el equipo de transición antes de su posesión, eliminó de su gabinete a estupendos candidatos por la exclusiva razón de que eran empresarios en el área en que iban a trabajar. Curiosa y sorprendentemente, ahora parece bueno que haya empresarios en activo, y lo es por la distancia que puso el Gobierno anterior con este sector.

Así aparecen el ministro de Hidrocarburos, Carlos Pérez García, que ha estado 33 años en una transnacional de servicios petroleros, Halliburton; el de Turismo, Enrique Ponce de León, que ha estado una década con el grupo hotelero transnacional Decamerón; el de Comercio Exterior, Pablo Campana, yerno de Isabel Noboa, dama que preside uno de los conglomerados empresariales más grandes del Ecuador y que ha dado, al ex tenista quiteño, la oportunidad de ser gerente en varias de sus empresas; el de Trabajo, Raúl Clemente Ledesma Huerta, abogado empresarial y cuota de Jimmy Jairala.

La broma es que Lenín Moreno entendió mal eso de que tenía que acercarse a los empresarios y de una vez los importó para su gabinete. Esta ligazón empresarial, esta presencia de quienes estaban activos en sus empresas hasta la víspera, es decir de “ministros vinculados”, ¿no puso nerviosos a los dizque ideólogos de la Revolución Ciudadana, que por cierto están también presentes en el Gabinete, un Fander Falconí, un Augusto Barrera, un Miguel Carvajal, una Paola Pabón?

Y allí es que se repara en otra señal que dio Lenín Moreno, esta en su mensaje de toma de posesión: nunca habló del “socialismo del siglo XXI”. Dijo que este proceso tiene un nombre, Revolución Ciudadana, y que tiene un líder, Rafael Correa, pero no mencionó la palabra socialismo. Y ¿cómo podría hablar de socialismo con empresarios de ese calibre en su gabinete? Eso se esperaría de un socialcristiano pero no de un socialista, en cualquiera de sus versiones del amarillo al rojo.

Tampoco es que Correa haya sido socialista. Entre su legado están el desconocimiento de las organizaciones obreras; las ganancias abundantes e inéditas de las grandes empresas monopólicas del país en esta década y también las privatizaciones que ni la derecha se atrevió a hacer. Los campos petroleros entregados a las multinacionales y las gasolineras de Petroecuador vendidas (por cierto, ¿a quién?, ¿y por qué el SRI permite que los nuevos propietarios no extiendan facturas en la de la Amazonas y Eloy Alfaro?); el hotel Quito, vendido (por cierto, ¿a quién? Según sus empleados, los chinos no han asomado “ni a tomar un desayuno”, la gerencia sigue en manos del papá de Pabel Muñoz, la ocupación promedio ha caído radicalmente y el principal ingreso son las convenciones de Alianza País); las empresas de cemento, vendidas; el ingenio azucarero, vendido; Tame, a la venta; centrales hidroeléctricas, en subasta… No, no fue socialista Correa, pero hablaba del “socialismo del siglo XXI”, y, aparte de los pocos grandes empresarios a los que favoreció, no tuvo a empresarios en su gabinete (aunque algunos hicieron millones) y ni siquiera diálogo con las cámaras. Por eso llama la atención que Moreno ni hable de socialismo y esté tan cerca pero tan cerca de los empresarios que los tenga en su equipo.

¿Se trata de un giro a la derecha? Por estos nombres, aparentemente. Como los arrieros, habrá que ver si  las cargas se acomodan en el camino.

Los peores nombramientos no son estos, sin embargo. Preocupa mucho la presencia de los duros del equipo de Correa que se han quedado en el frente político: César Navas, Miguel Carvajal, Rommy Vallejo, Paola Pabón, a los que se añade, en un cargo tan delicado como ministra de Justicia, una mujer fanática: Rosana Alvarado. Me asusta que el frente económico sea tan débil, pues aunque Carlos de la Torre es un buen académico no tiene la experiencia que se requiere para Finanzas, y aunque Verónica Artola haya sido una soldado de la Revolución (fue subsecretaria en Senplades y directora en la Superintendencia de Control del Poder de Mercado), con su formación de ingeniera de Sistemas y solo un posgrado en Economía, no la veo con la solidez necesaria para la gerencia del Banco Central.

No todo es malo, por supuesto. Hay buenos nombramientos. Los mejores, a mi parecer, en Ambiente Tarsicio Granizo, biólogo y conocedor de la materia; en Agricultura, Vanessa Cordero, con impresionante currículo académico y de campo; en Industrias, Eva García Fabre, con amplia experiencia en promoción de inversiones y en el manejo empresarial.

Otras señales, como digo, vinieron en el mensaje del 10 de agosto. Es bueno que Moreno pueda reírse de sí mismo (como cuando hizo referencia a su madre ya fallecida y dijo que estaba mirándolo desde el cielo “seguramente tan asustada como estoy yo” o cuando dijo que cabalgaron al lado de Correa, y corrigió: “Bueno algunos cabalgaron, otros rodamos”) lo que jamás cabría en Correa, que tiene tan alto concepto de sí mismo.

En general, el discurso de Moreno, con todo lo guachafo que estuvo a ratos (confieso que nunca ni en mis peores pesadillas habría imaginado oír en el discurso de toma de posesión de un presidente de la República una mención a Los Panchos), demostró que “el macho sabio que era Correa ya no sigue vigente”, como hizo notar la periodista de Vistazo, María Belén Arroyo, en una conversación reciente.

Destaco también la insistencia de Moreno en su llamado a la participación en la discusión de leyes y medidas que se adopten, con su frase que se presta a tomarle cuentas en cada ley o decreto: “Nada sobre nosotros sin nosotros”. Igual que aquello de que no le molesta el humor sobre él, con la decidora cita de “Sublet” como pronunció (por referencia al prócer de la Independencia y presidente de Venezuela Carlos Valentín José de la Soledad Antonio del Sacramento de Soublette y Jerez de Aristeguieta, conocido simplemente como Carlos Soublette, 1789-1870), quien dijo a unos comediantes que ponían una obra en que se reían de él que continuaran representándola porque más peligroso que el pueblo se ría de un presidente es que un presidente se ría del pueblo. Esto simplemente es el polo opuesto a lo que diría un hombre pagado de sí mismo como Correa, que se bajaba a desafiar a trompones, rodeado de su guardia pretoriana, a quien osaba levantarle el dedo medio o, incluso, echarle un pequeño grito.

Y aunque haya quien vea, como el sagaz Francisco Rocha, la mano de Rosángela Adoum en el discurso, y encuentre en él reminiscencias de las armonías de Mahuad, cierta esperanza puede abrigarse de un gobierno distinto, pues Moreno no denigró ni insultó a nadie; habló de austeridad; dijo que mantendrá la dolarización y que no habrá moneda paralela; dijo que requiere que la prensa funcione como asesor ad honorem, hizo propio el reclamo de “Ni una menos” que usan millones de mujeres para rechazar la violencia de género,  y habló de los problemas de los jóvenes y adolescentes, olvidándose de que, en el reino de Correa, vivíamos en el paraíso y todos eran felices, todos iban a maravillosas escuelas, todos eran becados y nadie tenía problemas.

Sí, es verdad, los signos de pleitesía a Correa abundaron en la transmisión del mando. Por ejemplo, la grotesca utilización por parte de José Serrano de aquel niño (¿hijo suyo?, ¿pariente?), contrario a las leyes de la infancia, para despedir a Correa diciendo que lo van a extrañar. Las cancioncitas, alguna muy mal interpretada con ese corito de ocasión. De lo musical solo se salva la pequeña pieza que le encargaron al dúo de viola y celo “InConcerto”. Y, en especial, contra todo protocolo, que el acto se paralice 18 minutos hasta que Correa dé la mano, bese y se despida de todos los que quiso.

Si estaba con neumonía, me pregunto, ¿no habría sido más responsable con la salud de los demás no dar la mano ni besuquear a nadie y así no ayudar a la expansión del neumococo?

Pero lo que debemos impedir es que se expanda la bacteria del correísmo. A pesar de lo cuántico (recuérdese el dicho de los físicos de que “quien cree saber sobre mecánica cuántica es porque no entiende nada de la mecánica cuántica”), a pesar de lo guachafo, a pesar de los ministros que se quedan del anterior período, a pesar de todo, hay que dialogar, proponer, buscar salidas compartidas, porque de lo contrario nos hundimos todos.

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