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11 de Febrero del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
11 de Febrero del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Basta de curas perversos
“Yo tan solo les hacía cosquillas. Siempre les he hecho cosquillas a niños y niñas de la parroquia y que vienen al convento”. ¿Cosquillas? ¿Y quién, señor, le ha autorizado a usted a tocar a las niñas y a los niños? Nos cree ingenuos, como todo perverso. Desde luego, no porque todos los clérigos sean perversos sino porque el sistema moral y jurídico y religioso favorece esta situación de alta peligrosidad.

En Quito, un sacerdote más ha sido detenido acusado de abusar sexualmente de niños y niñas en su parroquia. Desde luego que todo ciudadano es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. Pero las pruebas no pueden darse única y exclusivamente en el campo judicial. Existe el espacio social en el que se producen los hechos y en los que también se señala a quienes serían actores de posibles delitos o de prácticas peleadas con la ley y las buenas costumbres.

“Yo tan solo les hacía cosquillas. Siempre les he hecho cosquillas a niños y niñas de la parroquia y que vienen al convento”. ¿Cosquillas? ¿Y quién, señor, le ha autorizado a usted a tocar a las niñas y a los niños? Nos cree ingenuos, como todo perverso.

Siempre habrá quienes se consideran más listos que todos los demás. Sobre todo en esos espacios en los que el poder funciona como una suerte de ley y también como una especie de don entregado para que el beneficiario haga de él lo que le venga en gana. El sistema religioso probablemente sea el que más ha hecho del poder una suerte de elemento consustancial a su existencia. ¡Si hasta es dueño del cielo y del infierno!

¡Ah las historias de la Iglesia y del papado atravesadas por toda clase de abusos frecuentemente sostenidos por la parte más perversa del poder! Porque cuanto más grande el poder político, militar o religioso, más cercano se halla al oscuro continente de lo perverso. Dos mil años de un dominio imposible de entender si no se acude también a todo lo que la Iglesia ha hecho de lo bueno lo malo y lo feo en Occidente. Esa Iglesia apropiada de la conciencia individual y colectiva. ¿Qué sería de Occidente si no hubiese aparecido en la historia Lutero que le puso el cascabel al gato? Sin embargo, en el Vaticano todavía se cree en pajaritos preñados. ¿De qué les sirve a los niños y niñas abusados sexualmente el hecho de que el Papa se rasgue las vestiduras?

“Yo solamente les hago cosquillas”. Es lo que buena parte del clero ha hecho a lo largo y ancho del mundo. Centenares de monjas de India denunciaron cómo habían sido y seguían siendo permanente y cruelmente abusadas sexualmente por sus capellanes o por los párrocos o por sus obispos. Todos ellos tan solo se divertían haciendo cosquillas a esa pobres mujeres que, sometidas a absurdos votos de obediencia, nunca pudieron ni resistirse y menos todavía denunciar.

Finalmente él murió de infarto. Pero antes ya había hecho graves cuadros depresivos e incluso casi alucinatorios. Nadie entendía como él, tan inteligente y listo podía estar tan mal. Nunca pensó en suicidarse. Pero desde que fue colegial cargó el peso insoportable y absurdo de haber sido abusado sexualmente por el cura de su colegio. Cuando se decidió a hablar y denunciarlo púbicamente, se enteró de que ese señor ya había fallecido, tal vez en olor de santidad porque en algún lugar de los lenguajes y de los deseos convergen esas perversas santidades.

También a él tan solo le hacía cosquillas un infame que no cesaba de hablar de Dios y de la virtud. Como muchos curas y obispos de Chile y de España, de Colombia y de todas partes. Como ese, ahora ex cura de Cuenca, dueño de colegios, universidades y hospitales católicos. A lo largo de la historia, el poder religioso ha servido para que, bajo su tutela, se cometan toda clase de infamias y atrocidades. Y una de ellas, quizás la más grave de todas, sea el abuso sexual porque se lo realiza amparado en la fe, esa sustancia mítica e infamemente oscura con la que la Iglesia de Roma ha hecho buen negocio. 

No basta que la comunidad de franciscanos se rasgue las vestiduras, ponga el grito en el cielo y coloque un sustituto en el lugar del perverso. No basta porque ese par de niñas que finalmente lo denuncian tan solo han mostrado la punta de un ovillo de cuya magnitud ya se sospecha. 

La sociedad es buena para escandalizarse y mejor todavía para olvidar. La ministra de Justicia ya solicita a la Fiscalía General que actúe. Lavamanos. Humo de paja. El Estado no es el gobierno nacional. Somos todos, incluida la Justicia que, para el caso padece tanto de mal de ojos como de amnesia selectiva. 

¿Por qué no abrir una causa penal en contra de la Iglesia ecuatoriana, como lo están haciendo en el país vasco? Por supuesto que no todos los religiosos y curas son abusadores y violadores. ¿Pero cuántos lo serán realmente y que se hallan bien disimulados e incluso culposamente protegidos por la Iglesia? Tremendo misterio. Pero la Iglesia es corresponsable de lo que históricamente viene aconteciendo a causa de sus leyes y también de sus costumbres. Es decir, es justo pensar en una igualdad de culpabilidad dada la magnitud mundial del delito. 

Desde luego, no porque todos los clérigos sean perversos sino porque el sistema moral y jurídico y religioso favorece esta situación de alta peligrosidad social. La Iglesia, no solamente ha ocultado y oculta los casos que conoce sino que también de alguna manera estaría promoviendo estos delitos con la ley del celibato que hace cinco siglos fuera abolido por la Iglesia anglicana y otras, evidentemente más lógicas y humanas. ¿No será acaso el celibato una aberración social, psicológica y ética?

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