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7 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 9 minutos
7 de Septiembre del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

“¡Basta de odio, queremos paz!”
Es de Macondo que peritos venezolanos reconstruyan el 30-S y que Alexis Mera dé por superado el desaguisado sin haber pedido disculpas públicas al agraviado. El Gobierno debe retirar su carta al Vaticano pues ya está nombrado el sucesor de Monseñor Arregui en el arzobispado de Guayaquil.

Cuando parece que hemos superado nuestra capacidad de asombro, siempre aparecen en el régimen de Correa más y más cosas dignas de Macondo. Dos últimas: unos peritos venezolanos están en el Ecuador para reconstruir los hechos del 30 de septiembre de 2010 y dictaminar si fue o no un intento de golpe de Estado y de magnicidio. ¡Venezolanos! ¿Qué van a decir en su peritaje sino lo que Correa ha dicho estos cinco años, que fue un intento de golpe de Estado y de magnicidio? ¿Se le puede ocurrir a alguien que estos peritos digan que fue un motín policial por los recortes salariales que se salió de madre por la provocación directa que fue a hacer en ese lugar un presidente impulsivo y envanecido? ¿Cuándo se ha sabido que el régimen chavista y el del payaso de su sucesor acaten el dictamen de peritos independientes? Lo que sí sabe toda América es que la justicia venezolana está tan adocenada como la del Ecuador y que los chavistas son expertos en la provocación y el ataque aleve contra las manifestaciones de la oposición, de lo que resultan muertos y heridos. Lo que toda América sabe es que sus torturadores se ingenian para hacer más cruel el encierro en las mazmorras de los jefes de la oposición. Lo que toda América sabe (menos la Unasur y la Celac) es que ahora persigue a los colombianos con peritos en demoler sus casas, creando una crisis humanitaria en la frontera.

Y la otra digna de Macondo: ¡que Alexis Mera, muy suelto de huesos, declare que da por superado el impasse con la Iglesia! Pero si es él, quien causó el que llama impasse (palabra francesa innecesaria en español) y que no fue un impasse sino una grosería. Que él, que la profirió, declare superado sin pedir disculpas, como correspondería a una persona correcta, es algo de realismo mágico. Y, según sus declaraciones del viernes (tras la reconstrucción del 30-S ¡con los peritos venezolanos!), el supuesto impasse dizque se ha superado porque se ha reunido con el arzobispo de Quito, monseñor Fausto Trávez, a quien para él “fue un placer irlo a ver” y que cree “que el obispo (sic) de Quito ha sido un extraordinario actor en este impasse y tuvimos una reunión muy fraterna. Lo doy absolutamente por superado". ¡Para la antología del disparate!

Ninguna de las dos visitas a monseñor Trávez, ni esta de Mera ni la de Patiño el martes 1º, pueden superar el desaguisado. Puesto que el agraviado no fue Mons. Trávez y dado que el agravio fue público, lo que la elemental corrección exige son unas disculpas públicas a Mons. Arregui.

Por eso, con el debido respeto a su alta investidura, la actuación de Mons. Trávez, también causa decepción e incluso asombro, porque él no podía asegurar a nadie que estaba superado el incidente pues no es la persona contra quien se dirigió la grosería. Quizás lo pueda hacer en nombre de la Conferencia Episcopal de la que es presidente, pero tampoco, pues, de lo que sé, no tiene el respaldo unánime de los obispos para ello. O tal vez pudo haber dado la absolución a Mera, si es que se confesó. Pero no puede asumir que el agravio público ha desaparecido porque él se lleve bien con el señor Mera y, como ha dado múltiples pruebas, con Correa y su gobierno.

¿Qué es lo que debía haber hecho Mons. Trávez? Decir a quien profirió la ofensa que se corrija públicamente, y que de manera pública presente sus excusas. Eso era lo digno, como todos los ecuatorianos, católicos o no, esperábamos, mucho más siendo el ofensor un altísimo funcionario del Gobierno y católico practicante.

Me vienen a la mente algunas ideas. Creo que la sencillez no debe ser sinónimo de simpleza, la bondad no puede confundirse con candidez, la prudencia no implica dejarse embobar.

Como bien lo dijo El Universo en su editorial de este domingo 6 de septiembre “En este Gobierno se ha pedido más de una vez y en algunas sentencias se ha incluido la obligación de pedir disculpas a quien se considera ofendido, por lo que llama la atención que un alto funcionario no lo haga en un caso que lo atañe directamente”.

Y no solo eso, sino que Mera, muy olímpicamente declara que “el hecho de tener diferencias con un solo obispo no afecta las relaciones con todos los obispos del Ecuador”… Una cosa, señor Mera, es “tener diferencias” otra es copiar las malas costumbres de su jefe e insultar. Y eso es lo que usted hizo, sin gracia ni originalidad.

Por eso, el grupo de católicos ––de todas las tendencias, pero católicos–– que nos concentramos el jueves frente a la Conferencia Episcopal gritamos “¡Basta de odio, queremos paz!”. Por eso pedimos respeto a la Iglesia, a sus pastores, al derecho a opinar.

Ahora, el exabrupto de Mera, puede que tenga causas más profundas. Una hipótesis que se maneja es que todo nace de la pica que tiene Mera porque el Vaticano no le dio el beneplácito para ser Embajador del Ecuador en la Santa Sede. En círculos diplomáticos se supo hace meses que Correa había concedido a Mera este cargo que deseaba fervientemente. Luego, según testigos, el propio presidente se lo dijo al papa Francisco cuando, contra todo protocolo, le tuvo recorriendo los salones del Palacio presentándole a cientos de personas (en vez de hacer que las personas se acercaran de una en fondo a saludar al papa). Allí, como se vio en televisión, el papa se demoró un poco más con Mera que con otras personas. ¿De qué hablaron? Según mis fuentes, al saber lo que Correa le contaba, con la cortesía del caso el papa le dijo que se alegraba del nombramiento y que ojalá se vieran en el Vaticano. Pero la Secretaría de Estado no ha tramitado el beneplácito, lo que en lenguaje diplomático significa no.

Pero hay mucho más en esto que no se ha dicho. La Iglesia católica no lo ha hecho público pero ya está nombrado el sucesor de Mons. Arregui en el arzobispado de Guayaquil. Como él mismo lo ha mencionado, él renunció el año pasado al cumplir 75 años de edad, según es costumbre en la Iglesia. Desde entonces ha estado en funciones prorrogadas, mientras se escogía a su sucesor.

El actual pontífice ya tomó su decisión y designó a Mons. Luis Cabrera, actual arzobispo de Cuenca (dignidad para la que fue nombrado en 2009 por el papa Benedicto XVI). Nacido en Azogues hace 60 años, tiene gran formación intelectual y, a mi parecer, su nombramiento es un acierto. El problema que ahora se presenta es, ¿se reemplazará a Mons. Arregui en estas circunstancias, corriéndose el riesgo de que aparezca que fue cambiado por la queja del Gobierno a la Nunciatura Apostólica? ¿O se esperará un tiempo prudencial para que el Gobierno retire la nota diplomática y Mons. Arregui pueda salir con toda dignidad? El Gobierno debe, por una vez, olvidar sus odios y buscar la paz. Aquí se juega mucho más que un simple capricho o encono del secretario jurídico de la Presidencia.

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