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25 de Junio del 2018
Ideas
Lectura: 7 minutos
25 de Junio del 2018
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Bendito y maldito el profesor de los correazos?
El Ministerio de Educación permitió, en el correato, que policías entren con sus perros amaestrados a colegios para que olfateen las pertenencias y los cuerpos de chicas y muchachos de colegios para descubrir drogas. Sí, esa fue una de las brillantes estrategias “pedagógicas” preventivas del uso de drogas. Entre aquellos tal vez estén quienes enviaron la policía al Mejía.

En el último tramo del siglo pasado, la lucha contra toda clase de violencia fue primero el gran slogan de una campaña occidental destinada a inaugurar un nuevo estilo de relaciones, cuando parecía que ya no era necesaria la historiografía de la barbarie de la segunda guerra mundial y de los grandes dictadores de occidente. Entonces se inauguró la idea de los derechos y del buen trato a todos. Los místicos y profetas sociales predicaron la abolición de toda violencia en el planeta y su sustitución por el amor. Los otros nos conformamos con la ardua tarea de enseñar, día a día, el buen trato y el respeto al otro y sus diferencias. ¿Imposible enterrarla violencia y la crueldad en el fondo de los mares? Sí, imposible, porque quizás cuando desaparezca el último acto de violencia, se precipite al fondo de algún mar al último de nosotros.

Inevitable: la agresividad nos habita de la misma manera que la amabilidad, el amor y la ternura. Sin ella, sería imposible cualquier sobrevivencia. Y a ello se refieren los mitos de origen y las religiones que los sostienen. Occidente cristiano sostenido en la más cruel de todas las violencias: el padre que martiriza y asesina a su hijo para que todos se convenzan de que él los ama. Quien bien te quiere te hará llorar. La letra con sangre entra. Solo hace un par de meses al Papa Francisco se le ocurrió la brillante idea de dar por terminada la creencia en el infierno paradigma absoluto de la toda crueldad. La vida es alternancia entre bondad y violencia.

No es el profesor (y no solamente él) quien introduce la violencia en su sistema pedagógico. Él no es el origen del mito ni de la cultura. Al comienzo están las ancestrales pedagogías que afirmaron abiertamente lo que ahora se afirma soto voce, que la letra con sangre entra. Por supuesto que el profesor se ha quedado, aparentemente, atrapado en el pasado y públicamente regala un correazo a sus alumnos. Pésimo. Pero, sin duda, es peor el escándalo que arman las autoridades del Ministerio que, por supuesto, inmediatamente sacan su correa legal y administrativa para castigar públicamente al maestro. La violencia se paga con violencia. Al final, el poder quedará con las manos limpias, quizás porque hace ya rato que no tiene manos.

¿Quién ordenó que vaya la policía al colegio? ¿Quién del Ministerio encendió la antorcha de la violencia para hacer frente a los pedagógicos correazos? ¿Qué será peor, la conducta del maestro o las reacciones desmesuradas del poder que comúnmente todo lo arregla con violencia? ¿Qué pensarán ahora las sabias autoridades del Ministerio luego de escuchar a papás, a mamás y sobre todo a los mismos estudiantes alabar al maestro y bendecir su correazo “pedagógico”? La verdad es que al poder político, en cualquiera de sus dimensiones, le encanta el espectáculo y más aún cuando entre los actores están la policía, las piedras, las cabezas rotas y esa pequeña dosis de sangre que consagra el rito del poder.

El Ministerio de Educación permitió, en el correato, que policías entren con sus perros amaestrados a colegios para que olfateen las pertenencias y los cuerpos de chicas y muchachos de colegios para descubrir drogas. Sí, esa fue una de las brillantes estrategias “pedagógicas” preventivas del uso de drogas. Entre aquellos tal vez estén quienes enviaron la policía al Mejía.

Lo que cuenta es el escándalo en las fofas propuestas y estrategias educativas de los que no saben qué hacer ante la complejidad conceptual del mundo actual. Sin mirar ni entender ni escuchar nada, las sabias autoridades acuden a la espada salomónica: el profesor afuera, y punto. Sin darse, como mínima decencia política y educativa, el tiempo suficiente para hablar, investigar, escuchar, para ir más allá del correazo. ¿No habrán sentido que se dieron con la piedra en la boca cuando escucharon a mamás y papás y a los mismos estudiantes alabar a su maestro? ¿Por qué y desde dónde lo harán? Tremendo misterio, ¿verdad?

El Ministerio está profundamente escandalizado ante tamaña violencia. Pero no se ha escuchado que haya dicho algo sobre las múltiples acusaciones a un cura de Cuenca de haber sexualmente abusado por décadas a niños de su escuela. Con los curas no hay que meterse porque tienen poder sobre todo si son dueños de colegios, de universidades, de hospitales y a quienes se les levantan monumentos de cuerpo entero. Los acusadores ya no son niños sino hombres crecidos con esa infamia sembrada para siempre en la médula de la vida. El Ministerio de Educación ha guardado silencio para que su voz suene más poderosa en el Mejía.

Ninguna violencia puede ser bendecida. Pero es preciso reconocer que todavía el maltrato atraviesa no solo el sistema educativo sino toda nuestra cultura y de modo particular la del poder. El poder consiste en la capacidad de administrar la muerte. No solo este profesor sino toda la unidad educativa necesitan un serio y largo entrenamiento en la pedagogía del buen trato. Pero el ejemplo comienza en casa, es decir en el Ministerio. En las condiciones dadas, lanzarse contra ese profesor y acabarlo ni es ni será una buena estrategia educativa. Si hubiese habido algún mal-pensante, la reacción de estudiantes y sus familias se habría convertido en una oportunidad calva para “educar” en derechos y en buen trato a todo el colegio Mejía. Por desgracia, parecería que esto rebasa al poder.

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¿Bendito y maldito el profesor de los correazos?
 
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