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15 de Marzo del 2020
Ideas
Lectura: 4 minutos
15 de Marzo del 2020
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Biopolítica
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Es la biopolítica en estado puro. Se deja en manos de las autoridades la capacidad para imponer normas sobre la vida de la población en su conjunto. Todos debemos someternos a disposiciones que ni siquiera transmiten la confianza necesaria frente a una emergencia.

Razón tenía Michel Foucault cuando alertó sobre las estrategias de control político del Estado moderno y su evolución. Del cuerpo del individuo en el siglo XVIII, el poder político se fijó como objetivo la vida de la población a partir del siglo XIX. En ese tránsito, el concepto de epidemia adquirió un sentido especial. La enfermedad colectiva se convirtió en una de las mayores amenazas para la seguridad del Estado.

El desarrollo de la salud pública fue la respuesta estratégica frente a una problemática sanitaria que amenazaba con desbordarse. Las miserables condiciones en que vivían los trabajadores eran el caldo de cultivo para enfermedades contagiosas que podían expandirse al resto de la población. En esas condiciones, los privilegios territoriales de las élites resultaban inútiles frente a la enfermedad. Una epidemia no hacía distinciones de clase.

Foucault analizó el desarrollo y el propósito de una tecnología de manejo sanitario de la población que incluía alcantarillado, vacunación obligatoria, registro de nacimientos y muertes, estadísticas médicas, hábitos, higiene pública… El objetivo final apuntaba al control estatal de aquellos factores que incidían –y que hoy siguen incidiendo– positiva o negativamente en la reproducción de una población.

A partir de entonces, la aplicación de las políticas de salud pública fue considerada un ingrediente fundamental del ejercicio del poder. La regularización permite controlar desde grupos específicos de ciudadanos hasta poblaciones enteras. Por ejemplo, se puede aislar a los pasajeros de un crucero turístico donde existen enfermos de coronavirus, o aislar a 50 millones de habitantes de una región, como ocurrió en China o como está ocurriendo en Italia.

Así, la declaratoria de emergencia sanitaria decretada por el gobierno ecuatoriano constituye la manifestación más palpable y descarnada de este fenómeno. Es la biopolítica en estado puro. Se deja en manos de las autoridades la capacidad para imponer normas sobre la vida de la población en su conjunto. Todos debemos someternos a disposiciones que ni siquiera transmiten la confianza necesaria frente a una emergencia.

Es la biopolítica en estado puro. Se deja en manos de las autoridades la capacidad para imponer normas sobre la vida de la población en su conjunto. Todos debemos someternos a disposiciones que ni siquiera transmiten la confianza necesaria frente a una emergencia.

En estas condiciones, el control epidemiológico pasa del Ministerio de Salud al de Gobierno. A partir de una situación sobre la que no se tiene información precisa ni certera, la fuerza pública actúa como garante no de la seguridad, sino de la vida de la gente. El gobierno se arroga la potestad exclusiva para interpretar y responder a la pandemia del coronavirus. En buen romance, se asume como la única instancia que puede definir lo que es correcto para preservar la vida de millones de ecuatorianos, desde aislar personas hasta prohibir reuniones, desde canalizar recursos a discreción hasta impedir la libre movilidad de las personas. El combate a la pandemia se convierte en razón de Estado.

El coronavirus como crisis política reemplaza al levantamiento de octubre; le permite al Gobierno retomar la iniciativa, porque el pánico a la pandemia justifica medidas más drásticas que el miedo a la insurgencia popular. Pragmáticamente, nos venden la idea de un enemigo intangible, indescifrable, desconocido y eventualmente mortal, frente al cual hasta los excesos se deben disculpar.

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