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3 de Febrero del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
3 de Febrero del 2015
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

Borja y la utopía de democratizar la izquierda
El doctor Rodrigo Borja es un pensador brillante, un hombre honesto y una persona apegada a sus convicciones democráticas, pero fue un muy mal maestro pues ha sido incapaz de formar líderes que le puedan dar continuidad a sus ideas. Esa característica es compartida por Rafael Correa.

Entre las cosas que diferencian a  Rodrigo Borja de Rafael Correa está el hecho de que solo uno de ellos ha llegado a tener una trayectoria académica prestigiosa. En efecto, el doctor Borja es autor de mas de una docena de publicaciones relevantes, entre las que destacan ¨La enciclopedia de la Política¨ publicada por el Fondo de Cultura Económica (probablemente, la editorial en español más importante del mundo en ciencias sociales), obra que ha recibido un alto número de referencias en revistas especializadas.

No citar a Borja en un artículo sobre política latinoamericana  equivale a no conocer la bibliografía de la región. Por otro lado, en los dieciséis años que Correa trabajó como docente universitario solamente llegó a publicar un artículo que cumplió con el estricto proceso peer review que se requiere para ser aceptado en una revista científica revista indexada. Esto no es del todo malo (pues los artículos indexados no son salchipapas, como creen algunos burócratas confundidos de la Senescyt), pero tampoco es algo sobresaliente. Sin embargo, la principal divergencia entre ambos personajes descansa en el hecho de que Rodrigo Borja es un soñador empedernido que cree que la izquierda puede ser democrática.

La ID inició su vida como partido político instituido en concordancia con el proceso electoral para el  retorno a la democracia  de 1978 (si bien su conformación ideológica viene una década atrás), y está fundada en las ideas elementales de la socialdemocracia y el socialismo democrático, cuyos conceptos fundacionales pueden rastrearse a  esa amalgama entre socialismo y enciclopedismo creada por ilustres guillotinados como Gracchus Babeuf. En 1988, luego de varios intentos Borja alcanzó la Presidencia en un período en el que los precios del petróleo eran bastante más bajos de los que son ahora y con el agravante que el terremoto de 1987 había detenido la producción petrolera durante cinco meses. Aún bajo esas complejas circunstancias, Borja puso en práctica muchos de los principios que había promulgado en la ideología fundacional de su partido.

Varias cosas se pueden decir del carácter democrático del Gobierno de Borja. Durante su mandato se puso punto final a instituciones opresivas creadas por su predecesor (León Febres Cordero): se cerró el SIC, tristemente célebre por la brutal represión a disidentes políticos, y se cancelaron los escuadrones volantes; se iniciaron procesos de investigación sobre atentados contra los derechos humanos (por ejemplo se logró condenar a varios de los responsables del caso Restrepo y los familiares de los chicos recibieron indemnizaciones gracias a gestiones con organismos internacionales);  el grupo subversivo Alfaro Vive Carajo dejó las armas gracias a diálogos llevados a cabo durante el Gobierno; y se procesaron de manera pacífica varias demandas de movimientos sociales emergentes. El  poder conciliador frente a las protestas  civiles fue una de las características más favorables del legado de la Izquierda Democrática. Así pues, el importante desborde social conocido como el ¨Intirraimi¨ protagonizado por levantamientos indígenas generalizados, fue procesado (en parte) a través del diálogo y no desde la represión, la violencia o la descalificación.

Académicos como Ortiz Crespo (2000) han planteado que el levantamiento indígena de 1990 no se dio contra el Gobierno de Borja, sino al contrario, fue gracias a la apertura democrática de este Presidente que se pudieron dar las condiciones para que los indígenas puedan exponer con energía varias de sus demandas las cuales fueron heterogéneas (Barrera 2001). Borja entregó varios títulos de propiedad sobre territorios indígenas y dotó a las organizaciones congregadas en la CONAIE de infraestructura adecuada para facilitar sus reuniones. Desde luego, estas acciones, limitadas, no fueron suficientes para responder las complejas necesidades de los grupos cuyos derechos habían sido vulnerados durante siglos, pero inició un proceso de interacción entre la sociedad política y organizaciones indígenas que sería fundamental para el desarrollo de la democracia ecuatoriana.

Los indígenas en 1990 fueron el primer grupo organizado que cuestionó la imperfecta democracia elitista y sus débiles instituciones. En efecto, la  crisis de los partidos políticos tradicionales podría tener uno de sus orígenes en las exigencias de estos grupos de establecer una democracia no sujeta a las sutiles iniquidades del institucionalismo proto liberal. El lema ¨esta democracia es una desgracia¨ esgrimido por la dirigencia indígena de 1990, plantea una sutil fisura que iría profundizándose durante la activa década de los noventas, hasta la erosión definitiva de todos los partidos políticos a inicios del siglo XXI.

Luego de las crisis política y económica del 2000, todos los partidos, incluyendo la Izquierda Democrática, quedaron desacreditados y la política ecuatoriana se transformó en una competición de outsiders, siendo los candidatos más populares aquellos desligados a las organizaciones tradicionales. Fruto de este proceso tuvimos fenómenos como Álvaro Noboa Pontón, Lucio Gutiérrez, y posteriormente Rafael Correa. Todos ellos azarosos beneficiarios del desgaste y desprestigio de las organizaciones políticas formales.

Sin embargo, si hay algo en lo que Correa y Borja se parecen, y que puede explicar en parte el poco protagonismo de la Izquierda Democrática en la última década: su inhabilidad en poder consolidar un ¨padaguan¨ es decir un discípulo que pueda tomar la posta a sus liderazgos. Nunca se alzó un líder en la Izquierda Democrática que esté a la altura de Borja. Es más, varios de sus cuadros más activos salieron corriendo histéricos (e histéricas) hacia los brazos de Alianza PAIS cuando notaron que en esa organización estaba la clave para poder ganar elecciones (véase los casos de la asambleísta Paola Pabón o el Prefecto de Pichincha Gustavo Baroja), a ninguno de ellos les interesó en lo más mínimo el carácter democrático que debía tener la izquierda y se sometieron sin chistar al proyecto burocrático autoritario de la Revolución ciudadana.

El re aparecimiento en escena de la Izquierda Democrática no es mayormente trascendente por causa de lo que he mencionado antes. El doctor Rodrigo Borja es un pensador brillante, un hombre honesto y una persona apegada a sus convicciones democráticas, pero fue un muy mal maestro pues ha sido incapaz de formar líderes que le puedan dar continuidad a sus ideas. Esa característica es compartida por Rafael Correa. La erosión de la Izquierda Democrática es una muy buena maqueta de lo que le va a pasar, con esa cosa, a la que se conoce como Alianza PAIS, el día que su carismático líder deje la palestra política. Aunque habrá una sutil diferencia: a Borja lo recordamos con respeto por haber sido un gran académico, y un hombre intachable  que creía firmemente en la loca utopía de que la izquierda podría llegar a ser democrática. A Correa se lo recordará  por cosas diferentes.

[PANAL DE IDEAS]

Xavier Villacís Vásquez
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Mauricio Alarcón Salvador
Giovanni Carrión Cevallos
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