Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.
¿Con quién está Dios? La pregunta, formulada allá por los años 60 del siglo pasado, levantó mucha polvareda. Sobre todo, en el mundo católico. Si Dios está del lado de los pobres, de los desposeídos, de los últimos de la fila, entonces tenía que estar con la izquierda. Al menos, mientras la izquierda no padeciera las incoherencias y desviaciones que luego se volvieron tan frecuentes.
El tema no es ni banal ni necio. Durante varias décadas la Teología de la Liberación fue un factor importante, y muchas veces decisivo, en la política latinoamericana. En Colombia, el cura Camilo Torres se hizo guerrillero. En Ecuador, dos obispos católicos (Leonidas Proaño y Alberto Luna) asumieron una postura comprometida con las demandas populares y campesinas. Es más, esos sectores de la iglesia fueron piezas clave en la consolidación de la CONAIE y del movimiento indígena.
En Nicaragua, los hermanos Ernesto y Fernando Cardenal, ambos sacerdotes, optaron abierta y frontalmente por la lucha sandinista en contra de la dictadura de Somoza.
De la opción por la liberación la gente migró hacia la sumisión al consumo. El eje del mensaje de las sectas evangélicas traduce un pragmatismo espeluznante: el reino de Dios está en el mercado; más precisamente, en el ascenso socioeconómico.
La lista de experiencias es extensa. El caso brasileño es particularmente interesante por las condiciones en que se está desarrollando el actual proceso electoral. Hace seis décadas, las comunidades eclesiales de base fueron un actor central en la resistencia a la dictadura militar y en la defensa de los derechos humanos. Sus movilizaciones contribuyeron no solo a la conformación, sino a los posteriores triunfos electorales del Partido de los Trabajadores, la agrupación política que llevó a la presidencia a Lula da Silva. Varios miembros de esas organizaciones de base ocuparon cargos importantes en ese gobierno.
Hoy, la contraofensiva político-religiosa de las sectas evangélicas puede ser decisiva en las urnas. Su exaltada advertencia de que si Lula triunfa cerrará todas sus iglesias marca una clara estrategia electoral.
En los últimos años, el país con el mayor número de católicos del planeta ha sido lentamente devorado por estas nuevas expresiones de control ideológico-social. Jair Bolsonaro ha gobernado con la Biblia en la mano; sus seguidores –sobre todo sus operadores políticos– no tienen ningún reparo en reproducir un discurso fanático y violento en contra de todas las posiciones que impliquen una reivindicación de los derechos civiles más elementales. Desde los derechos sexuales hasta los derechos ambientales han sido puestos en la picota.
El viraje ideológico de amplias capas populares brasileñas es desconcertante. No se trata únicamente de una adhesión religiosa; es un cambio de imaginario colectivo. De la opción por la liberación la gente migró hacia la sumisión al consumo. El eje del mensaje de las sectas evangélicas traduce un pragmatismo espeluznante: el reino de Dios está en el mercado; más precisamente, en el ascenso socioeconómico.
El confesionalismo político ha sido siempre un fenómeno con pronóstico reservado. Cuando se transforma en fundamentalismo, la democracia ingresa a terapia intensiva.
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