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19 de Julio del 2021
Ideas
Lectura: 5 minutos
19 de Julio del 2021
Carlos Rivera

Economista, catedrático de la Universidad de Cuenca. 

Buscando salir de la “trampa de desarrollo”
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Desigualdad y bajo crecimiento son fenómenos que interactúan sosteniéndose mutuamente en un círculo vicioso, que impide progresar en resultados de desarrollo humano más avanzados.

En el habitualmente sofisticado análisis de la política económica en nuestro país, se observa en los últimos tiempos una insistente perorata por incluir la desigualdad como objetivo central del programa económico. Razones no faltan, si consideramos las crecientes fracciones sociales generadas por la desigualdad en Chile o Colombia que, si bien no llegan ni de lejos a las predicciones de Karl Marx —de que los trabajadores algún día se levantarán y derrocarán al sistema capitalista—, sí generan fuertes tensiones sobre el modelo, en el sentido de que los avances en el nivel de ingreso per cápita y la reducción de la pobreza no alcanzan a compensar las cifras demasiado tenues en la distribución del ingreso.

Sin embargo, la situación en realidad no implica un problema fundamental del modelo, sino que refleja la naturaleza de los problemas que se intenta solucionar. En efecto, desigualdad y bajo crecimiento son fenómenos que interactúan sosteniéndose mutuamente en un círculo vicioso, que impide progresar en resultados de desarrollo humano más avanzados. Lo que en términos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en su Informe Regional de Desarrollo Humano 2021, denomina “la trampa de desarrollo”, en la que Ecuador y toda la región parece encontrarse atrapada.

Así, ¿cómo podíamos esperar otros resultados en distribución de ingresos que el 10% más alto capture el 49% de los ingresos nacionales a escala regional, si el crecimiento anual del PIB real per cápita entre 1962 y 2017 se ha mostrado bajo e inestable?  En efecto, el crecimiento en este periodo osciló entre el 0% y el 3% anual. Fue fuerte en la década de 1960, pero se redujo a fines de la década de 1970 y se derrumbó durante la crisis de la deuda de la década de 1980. Se recuperó después de 1990 y se aceleró durante la década del 2000, pero redujo considerablemente su ritmo durante la del 2010. Es bueno señalar que los países que han podido mantener altas tasas de crecimiento en un período prolongado son aquellos que han sido capaces de crear un ambiente más favorable al emprendimiento, al ahorro, a la acumulación de capital, al empleo y a los aumentos de productividad.

Desigualdad y bajo crecimiento son fenómenos que interactúan sosteniéndose mutuamente en un círculo vicioso, que impide progresar en resultados de desarrollo humano más avanzados

No obstante, y más allá de este vínculo directo entre la desigualdad y el bajo crecimiento y las muy pocas incompatibilidades en el largo plazo, el estudio antes citado explora la complejidad de las interacciones entre algunos de los factores que contribuyen a la perpetuación de esta trampa.

Los factores críticos que el informe considera abarcan la concentración de poder, tanto económico como político, la violencia en todas sus formas (política, criminal y social) y los elementos de diseño de los sistemas de protección social y de los marcos regulatorios de los mercados laborales que introducen distorsiones a la economía. Además, no hay que dejar fuera del examen las percepciones de desigualdad y justicia, las cuales juegan un papel fundamental porque contribuyen a moldear las posturas políticas de las personas frente a diferentes medidas de política y pueden ser cruciales para respaldar reformas deseables.

Buscando salir de esta trampa de desarrollo, el recetario económico pro crecimiento y pro equidad apunta a darle más incentivos a la clase media para ser más capitalista. Esto pasa por dar incentivos fuertes al ahorro y acceso —con algún mecanismo de protección subsidiado— a los altos retornos de activos riesgosos y el fomento de un mercado de valores vigoroso. Además de acceso a educación de mejor calidad para los más pobres y que puedan romper vínculo de hierro existente entre el nivel socioeconómico de sus padres y sus oportunidades para adquirir capital humano y de generar ingresos; también políticas activas en el mercado laboral para promover el empleo de los más pobres, y subsidios mejor focalizados, mejor acceso al mercado financiero de parte de los grupos de menores recursos para fortalecer la capacidad de emprender y de ahorrar como mecanismo de protección.

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