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24 de Octubre del 2018
Ideas
Lectura: 4 minutos
24 de Octubre del 2018
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

Las cabezas del aliancismo
Los nuevos gobernantes no son un monolito, ni menos una élite cívica. Son iguales a sus consanguíneos, elevados a los altares de una decencia ficticia por la propaganda. Los que ofrecieron defender hasta la muerte a su ídolo y mesías, hoy convertido en prófugo de la justicia, ahora juran defender al “rey sabio”, tanto como pisotear todo su pasado revolucionario con tal de defender su cargo burocrático, el reparto de contratos y viajar por el mundo con dinero público.

El aliancismo es un monstruo de dos cabezas. En un primer momento estuvo dominado por la cabeza de un “príncipe guerrero” y el segundo lo está por la de un “rey sabio”. Lo dijo, no sin cierta fanfarronería, el expresidente Rafael Correa antes de escabullirse a Bélgica.  

Esta dizque monarquía aliancista, hoy enfrentada en dos facciones por la sucesión regia, tiene un mismo origen. No son dos momentos distintos, con finalidades y actores distintos. Son siameses y quieren lo mismo. Pero esta vez, es el hermano menos favorecido en el reparto, el de los subalternos, quien echó a su siamés, el de los jefes, otrora devenido en arrogante capataz, y al sacarlo se quedó con todo el poder.

Pero los nuevos gobernantes no son un monolito, ni menos una élite cívica. Son iguales a sus consanguíneos, elevados a los altares de una decencia ficticia por la propaganda. Los que ofrecieron defender hasta la muerte a su ídolo y mesías, hoy convertido en prófugo de la justicia, ahora juran defender al “rey sabio”, tanto como pisotear todo su pasado revolucionario con tal de defender su cargo burocrático, el reparto de contratos y viajar por el mundo con dinero público.

El correismo y el morenismo son dos gemelos unidos por la cabeza. Son como dos círculos que se intersectan, que se cruzan, que comparten un espacio en común, que también tienen un espacio autónomo, pero que no se pueden separar sin destruir la intersección. En esa confluencia cerebral todavía se cometen todo tipo de faltas en contra de la moral pública porque el nuevo gobierno nace de esa podredumbre. Para castrar ese vicio es preciso amputar la parte gangrenada de la administración, no basta con la cirugía estética ofrecida por el presidente Moreno.

La revolución ciudadana profundizó la política de la hipocresía, del cinismo y de la astucia. Las mismas mañas que le permitió a un grupo de aprovechados hundir sus garras en las arcas públicas y robar legalmente son las que ayudaron a Fernando Alvarado a escapar de la investigación judicial abierta en su contra. Solo una montaña de funcionarios, obedientes a la cara perversa de la revolución, pudo hacer posible que las seguridades ordenadas en su contra miraran para otro lado durante su fuga. 

Después de una década de control totalitario, el país heredó una enorme maquinaria de abusos, excesos y fraudes, incrustada en las entrañas del Estado. El país heredó un gobierno de dos caras, que adora al dios Jano, la deidad de las puertas, cuyos pórticos giratorios sirvieron de entrada para lo más corrompido de la denostada partidocracia, que recicló a los más cuestionados funcionarios de su propio régimen y que instaló un enorme monstruo de dos cabezas que hoy nos habla de ternura.  

Lo que piensa uno, dice el otro. Lo que dice uno, hace el otro. La única forma de descomponer este cáncer que carcome nuestra democracia es extirpar del aparato público lo que quede del correismo como a un tumor maligno.

En este momento las instituciones fundadas por la revolución ciudadana se caen a pedazos arrastrando la gobernabilidad. Mientras tanto, los más fogosos amantes del abuso ya hablan de instalar una nueva constituyente. ¿Toda esta crisis estaba planeada? ¿Para qué? ¿Para recuperar el poder y volver ocupar del trono de las arbitrariedades?

Mientras el presidente Moreno no ampute el correismo incrustado en su régimen su popularidad seguirá cayendo por los suelos y pronto le resultará imposible gobernar. Los hechos son la prueba. 

@ghidalgoandrade

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