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29 de Febrero del 2024
Ideas
Lectura: 9 minutos
29 de Febrero del 2024
Julian Estrella López

Ingeniero Ambiental por la Universidad de Cuenca. Maestro en Ciencias de la Sostenibilidad por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Cambio climático: dejar de filosofar
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Filosofar: razonar, reflexionar, discurrir, especular, meditar, pensar. Este artículo es un llamado a la acción: a que prioricemos los cambios que hay que hacer por sobre las reflexiones y negociaciones. A que cambiemos el rumbo, YA.


A la memoria de Alan Bolt. Físico, biólogo, antropólogo, teatrero, Tlamatinime, filósofo y, ante todo, maestro y amigo.


El clima ha cambiado, ya no hay manera de negarlo. Cada segundo, en Groenlandia, se derriten 10.000 metros cúbicos de glaciares. La crisis de contaminación ha llevado a que tengamos más de 400 zonas muertas en el mar y a que cada año mueren 7 millones y medio de personas por enfermedades relacionadas con la polución del aire. Y las especies de flora y fauna, de las cuales también depende la estabilidad ecológica, se extinguen a un ritmo frenético.

Al respecto, el documental “Breaking Boundaries” o “Rompiendo los Límites” (Netflix), brinda mayor información. El documental amplía información sobre la existencia de 9 sistemas que regulan la estabilidad de la Tierra, “descubiertos” por el Centro de Resiliencia de Estocolmo hace 15 años. Estos 9 sistemas alcanzaron su cota máxima de estabilidad durante los últimos 10.000 años, la era geológica conocida como “Holoceno”.

Hoy, la ciencia dice que hemos salido del Holoceno para entrar al Antropoceno, donde los humanos modelamos el mundo e incidimos sobre cada uno de los 9 sistemas.

En 6 de ellos, hemos superado el límite de operación segura para la estabilidad ecológica (y, obviamente, para el bienestar humano): 1) el clima, 2) la biodiversidad (integridad de la biosfera), 3) la capacidad para absorber la contaminación química, 4) los ciclos del nitrógeno y el fósforo, 5) la composición del suelo, y 6) la disponibilidad de agua dulce. En los cuatro primeros, los datos son especialmente críticos. Otros dos límites son la acidificación oceánica y la carga de aerosol atmosférico; en ambos vamos rumbo al borde no seguro. Y solo en uno, el nivel de ozono, hemos alcanzado la estabilidad, y eso que en los 70 era uno de los más críticos.

En términos ecológicos, estamos al borde del abismo. Desde que existen las civilizaciones, si bien no hemos dejado de poner en riesgo y aniquilar pueblos, naciones y culturas enteras, la supervivencia de la especie no ha estado en duda.

Sin embargo, hoy, la sociedad humana se enfrenta, por primera vez, al reto de su propia supervivencia.


El título de este artículo es “Dejar de Filosofar”. Filosofar: razonar, reflexionar, discurrir, especular, meditar, pensar. Por un lado, es un llamado a la acción: a que prioricemos los cambios que hay que hacer por sobre las reflexiones y negociaciones. A que cambiemos el rumbo, YA.

En acciones cotidianas: 1) dejar de comer carne al menos dos veces por semana podría contribuir a bajar la presión sobre los bosques y selvas; en Brasil, que contiene el 65% de la selva amazónica, cada hora se pierden 111 ha de selva, las tres cuartas partes por ganadería, y otra parte para cultivos alimenticios ¡para el ganado!; 2) moverse más en bicicleta y en medios de transporte público puede contribuir a reducir emisiones; eso sí: para impulsar la movilidad alternativa y el transporte público, en países como el Ecuador, es fundamental invertir en infraestructura y seguridad; 3) dejar de consumir plásticos de un solo uso puede contribuir a disminuir la carga de contaminantes… Todo esto sin desconocer que los más llamados a la acción son los Estados: implementar alternativas al petróleo, fortalecer con urgencia las políticas de conservación, priorizar las fuentes de agua, invertir en el sistema educativo, prevenir los impactos del cambio climático, entre otras varias acciones.

Pero el título no alude solo a eso.

Creo que, aunque reflexionamos y hacemos ciencia más que nunca en la historia humana, y aunque tenemos negociaciones casi mensuales sobre diversos temas globales, en el más estricto sentido, ya no filosofamos.

Porque la Filosofía, como se concibió, iba mucho más allá del mero acto reflexivo, meditativo y especulativo. La Filosofía, en la Grecia antigua, era una cuestión científica y existencial. Por algo la Filosofía abordaba y abarcaba la Física y la Química, que nacieron por el ímpetu de entender el Universo y las leyes y relaciones entre la materia y la energía, la una desde lo macro, la otra desde lo micro; porque la Física es la Química del Universo y la Química es la Física del Átomo. Por algo la Filosofía abordaba y abarcaba la Historia y la Geografía, que nacieron por el ímpetu de registrar el tiempo y comprender el espacio (al menos, el cercano); porque “la Historia es la Geografía del tiempo y la Geografía es la Historia del espacio” (Elisée Réclus, geógrafo anarquista).

La Filosofía abordaba la razón de ser del ser, el rol humano en el universo, las relaciones vitales y la reproducción de patrones, de lo macro a lo micro y de lo micro a lo macro. Nos ayudó a entender y aceptar que la Tierra no era el centro del Universo, sino un minúsculo planeta girando alrededor de una pequeña estrella en una galaxia entre millones; un planeta hermoso alrededor de un sol espectacular en una galaxia sublime, eso sí. Y, del mismo modo, nos ayudó a entender y aceptar que el ser humano no es el centro de la existencia, sino una especie de entre millones; una especie maravillosa, eso sí, a imagen del Universo.

Y sí. Aunque suene contradictorio, creo que, además de pasar de las palabras a las acciones, es momento de volver a Filosofar, con mayúscula. Tal vez el acto reflexivo sobre nuestro rol en el mundo nos pueda ayudar a volver a nuestro centro gravitacional como especie. Porque sería triste que la especie con el cerebro más complejo de los que conocemos, que ha llevado a cabo acciones épicas: desde sobrevivir a mamíferos mucho más fuertes hasta llegar a la Luna, pasando por: construir pirámides; domesticar lobos, gatos, granos, papas y ají; controlar plagas de virus y bacterias; descifrar relaciones enormemente complejas de la materia, la energía y los seres vivos; plantar y no dejar de plantar, sea en lagos o desiertos; cocinar… todo lo que cocinamos, con énfasis especial en un buen ceviche, una pasta al pesto y un mole oaxaqueño; crear música a partir de vientos, cuerdas y cueros tensados; explorar el cielo y el océano más profundo… Ufff, me conmoví. Perdón, regreso: sería triste que esa especie termine su transitar en el Universo destruyendo los ecosistemas y sistemas regulatorios que tardaron millones de años en llegar a ser lo que son, y que, en última instancia, son su único sustento.

Paréntesis: Además de todo el sustento que nos proveen los ecosistemas: agua para beber, alimentos, agua para regar, material para construir, agua para procesos industriales, regulación del clima, agua… ¿No será que son tan hermosos y nos proveen de tanta calidad estética y bienestar sensorial, precisamente con la esperanza de que NO los destruyamos? Tema para filosofar: ¿por qué los ecosistemas son tan hermosos y conmovedores? Cierro paréntesis.

Nuestro rol, nuestra responsabilidad en el mundo: ¿destruirlo, o contribuir al proceso evolutivo?
Nuestro legado: ¿un cúmulo de residuos tóxicos, océanos muertos, selvas convertidas en sabanas cuando no en desiertos, o patrones asertivos de ser y estar en el mundo, con el resto de la especie y con el resto del Universo?

Hay que actuar ya. Y hay que decidir qué rol queremos cumplir y qué legado queremos dejar. Y no tenemos más tiempo.

[PANAL DE IDEAS]

Alfredo Espinosa Rodríguez
Fernando López Milán
Joel Kouperman
Patricio Moncayo
Consuelo Albornoz Tinajero
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Giovanni Carrión Cevallos
Mariana Neira
Aldo Lorenzzi Bolaños

[RELA CIONA DAS]

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Ciencia e incertidumbre: del progreso al colapso de la civilización del capital
Julio Oleas-Montalvo
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Juan Cuvi
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Manuel Novik
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