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15 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
15 de Julio del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Cárceles: del escándalo al silencio ominoso
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Centros de rehabilitación social: es su definición. Ilustre y hasta pomposo nombre. Si es absolutamente cierto que el hábito no hace al monje, lo es aún más ante las categorías utilizadas por el poder en torno al tema de las cárceles.

Los plazos se han cumplido. Esos tiempos que surgen de las crisis, no precisamente de las cárceles, sino de los ministros y sus políticas. Lo que, por supuesto, se trató de ocultar celosamente, incluso descalificando muy feamente a un subsecretario que se atrevió a poner el dedo en la llaga. Como si fuese cierto aquello de que muerto el perro, terminada la rabia.

Y luego de la palabrería insulsa y fofa de ocasión, se guardó un silencio casi sepulcral. En ese silencio ha transcurrido el tiempo que la omnipotencia del poder se dio para que la reforma al sistema carcelario se haya cumplido a cabalidad. Y finalmente renunció uno de los protagonistas mientras a una ministra no le acontece nada, como si no fuese con ella.

Pero no renunció precisamente porque haya hablado, puesto que guardó absoluto silencio, porque, en su criterio, los trapos sucios se los lava dentro de casa para que nadie se entere de las incompetencias políticas y administrativas. Sabia y cautelosa, la ministra guarda silencio. Pero como se trata de un silencio sagrado, hay que interpretarlo como que en realidad el tema de las cárceles se ha arreglado como Dios manda. 

Y finalmente renunció uno de los protagonistas mientras a una ministra no le acontece nada, como si no fuese con ella. Sabia y cautelosa, la ministra guarda silencio. Pero como se trata de un silencio sagrado, hay que interpretarlo como que en realidad el tema de las cárceles se ha arreglado.

Es decir, que las prisiones ya dejaron de ser copias del infierno de Dante y se convirtieron, por decreto en auténticas casas de rehabilitación moral, psíquica y social de todos y cada uno de sus habitantes. Cuanto más que el ministro que se fue dijo a su tiempo que ya se habían contado los psicólogos necesarios. Como si a los psicólogos compitiese arreglar los entuertos políticos y éticos del poder y los efectos de las perversiones sociales. 

También la prensa se ha callado. Pero este silencio no es agorero de buenos sucesos. Porque, como decía don Quijote, amigo Sancho, si los perros nos ladran, es porque caminamos. Si se callan es porque no hacemos nada. Y es que quienes se hallan al frente de todas y cada una de las realidades que hacen el sistema penitenciario se consideran más sabios que don Quijote y han hecho todo lo posible para acallar a los perros ciudadanos que los vigilan.

Pobre país al que se le ocultan las realidades crudas, crueles e infames de sus cárceles. Si bien es cierto que aquellos ciudadanos que cometen crímenes deben ser justamente sancionados, ello no implica que las cárceles no deban cumplir las condiciones de un estado básico de sobrevivencia humanamente decente y ético. El encarcelamiento es el castigo y el tiempo de duración su agravante. 

Centros de rehabilitación social: es su definición. Ilustre y hasta pomposo nombre. Si es absolutamente cierto que el hábito no hace al monje, lo es aún más ante las categorías utilizadas por el poder en torno al tema de las cárceles. Estrategias políticas destinadas a ocultar la infamia de la realidad. De hecho, al poder de ninguna manera le interesa que la comunidad esté suficientemente informada sobre la verdadera realidad de los centros de reclusión habitados por ciudadanos que han cometido toda clase de crímenes incluidos los más espantosos. Pero los mismos encarcelados se encargan de hacer evidente la situación de la cárcel a través de los crímenes que cometen dentro de ella.

Aquellos a quienes les encantan los nombres pomposos, para ocultar sus profundas deficiencias académicas, los denominaron: centros de rehabilitación social. Suena bien ¿verdad? Pero no se trata sino de una más de las mil y una falacias del poder. Como si todos los ladrones fuesen psíquica y socialmente iguales entre sí y todos los asesinos igualmente asesinos. Y como si todos los asesinos y corruptos pudiesen ser eficazmente objeto de apoyo psicológico. Como si la acción psicológica valiese en sí misma y no tuviese que ver con las circunstancias de los presos, las cárceles, los carceleros y las leyes. 

Es preciso acudir a la psicopatología social y personal de la contemporaneidad que se hace en y desde las circunstancias sociales y subjetivas y no desde los ordenamientos circunstanciales de la política. Los crímenes atroces que se cometen en ciertos espacios sociales nunca son temas exclusivos de la policía y de la ley, sino también de la sociología y de la psicología social y clínica. 

Que se sigan dictando leyes, que se aumente el número de policías y de juzgados. Que se instalen una cárcel y un infierno en cada barrio. Que se imponga la pena de muerte. Nada de eso ni controlará ni menos aun suprimirá la ola delictiva acrecentada también por los procesos migratorios. ¿Quién ha dicho que no migran también el hampa y los infiernos sociales?

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