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4 de Octubre del 2021
Ideas
Lectura: 5 minutos
4 de Octubre del 2021
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Cárceles: lo perverso del país
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La masacre en la cárcel da cuenta de una grave bipolaridad de la justicia, de la política y de la misma ética que se maneja en los altos nieles de la administración pública. Porque nuestras cárceles están también hechas para ello.

¿Cómo es posible que, una vez más, en las cárceles se asesinen entre si los privados de libertad a vista y paciencia de los directores, del personal que los cuida, del presidente de la república y sus ministros?
          A vista y paciencia de un país que ha perdido su norte, el de la ética y la justicia. La ética del cuidado de los otros, incluidos los delincuentes. 

Está bien que nos escandalicemos por estos actos que van en contra de toda lógica y toda ética sociales. Pero no podemos caer en la tentación de creer que la temperatura está en las sábanas. Existe un sistema perverso que permite y sostiene el que todo esto acontezca y que luego el país siga su vida como si nada. 

Las armas de grueso calibre, su número impresionante, las municiones, y más, no llegan a manos de los presos llevadas por ángeles invisibles ni caen del cielo como parte de una lluvia milagrosa. No. Entran por la puerta grande. Entran a vista y paciencia de las autoridades, de los guías penitenciarios de los guardias de seguridad. 

Todo acontece a vista y paciencia de un Estado atravesado y quizás incluso sostenido por lo corrupto.

Más de cien presos asesinados y ajusticiados, no solo por sus enemigos, sino por un sistema que es cómplice y actor de esta masacre. En efecto, es el sistema el que se encarga de construir y sostener las condiciones necesarias tanto para que ingresen las armas como para que sean secreta y celosamente escondidas y para que, en el momento preciso, aparezcan, como salidas de la nada, para el dantesco ceremonial de los ajustes de cuentas entre rivales.

Desde luego, de todo esto no saben nada ni las autoridades y vigilantes carcelarios ni la policía ni la justicia ni el gobierno. Todo acontece en medio de un secreto y quemeimportismo infinitos. Nadie tiene ojos para ver nada ni oídos para escuchar los sonidos del mal ni voces para denunciarlo a tiempo. Se trata de un secreto abismalmente maravilloso que se rompe tan solo cuando se escuchan detonaciones y se apilan cadáveres. 

¿Acaso será posible que ingresen armas de grueso calibre, que se construyan espacios para mantenerlas secretamente guardadas y que nadie repare en ello, ni vigilantes ni autoridades ni nadie?

Nos hemos convertido en un país atravesado por el mal, la hipocresía y la corrupción de quienes están a cargo de su seguridad interna y externa. ¿Acaso será posible que ingresen armas de grueso calibre, que se construyan espacios para mantenerlas secretamente guardadas y que nadie repare en ello, ni vigilantes ni autoridades ni nadie? 

Las explicaciones de las autoridades no solo bordean lo incomprensible, sino que son absolutamente necias pues carecen de toda lógica. 

Para que las cárceles se llenen de armas hace falta un sistema delincuencial perfectamente bien organizado y que sea capaz de corromper a la misma organización penitenciaria. Las armas no caen del cielo. Ingresan por la puerta ancha. Allí, en esa puerta, debe correr mucho dinero para cerrar ojos y oídos y callar bocas. 

Las armas de grueso calibre ingresan por la puerta grande. Y no en los bolsillos de las visitas ni camufladas en las ropas de mujeres, como dicen los ingenuos. Entran como Pedro por su casa, como entra el sol por la mañana y el frío de la noche. Entran con la anuencia de autoridades y vigilantes. 

La violencia forma parte de nuestra política atravesada por el mal. Es su inmenso lado oscuro en el que se hermanan el bien y el mal, la verdad y la mentira. El lado en el que la misma política nacional se desnuda para dejar ver que, cuando se trata de hacer el mal y beneficiarse de ello, todo es posible. 

Como cuando Correa, lleno de falsas ínfulas patrioteras y nacionalista, ordena la supresión de la base de Manta y su desmantelamiento. Ahí el nacionalismo no es sino el perverso pretexto para que la vía del tráfico internacional de drogas quede expedita, para que algunos santos y virtuosos seguramente lucren de ello. 

La masacre en la cárcel da cuenta de una grave bipolaridad de la justicia, de la política y de la misma ética que se maneja en los altos nieles de la administración pública. Porque nuestras cárceles están también hechas para ello.

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