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18 de Febrero del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
18 de Febrero del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Cárceles, verdades y complicidades
El subsecretario de Justicia tuvo que renunciar por permitirse hacer pública apenas una parte del lado oscuro y perverso de ciertas cárceles. Fatalidad imperdonable, pecado abismalmente grave que no puede tener perdón de nadie y menos aun del poder acostumbrado a vivir lozanamente alimentándose de mentiras e hipocresías.

Acaba de renunciar un subsecretario de Justicia. No alcanzó a estar en su cargo más que el tiempo suficiente para ver, oír y hablar. Pero inmediatamente obligado a renunciar por haberse atrevido a denunciar algunos de los grandes y hasta abismales conflictos de las cárceles del país. Su paso fugaz se pareció en algo a lo de Julio César en su guerra de las Galias que vino, vio y venció. Pero él no venció sino que, al revés de lo esperado, lo vencieron; es decir, tuvo que renunciar por permitirse hacer pública apenas una parte del lado oscuro y perverso de ciertas cárceles. Fatalidad imperdonable, pecado abismalmente grave que no puede tener perdón de nadie y menos aun del poder acostumbrado a vivir lozanamente alimentándose de mentiras e hipocresías.

El país crece a un ritmo cada vez más acelerado. Las principales ciudades han dejado de ser pueblerinas y los pueblos se han convertido en ciudades. Un país poblacionalmente grande y socialmente cada vez más complejo. El delito aumenta al ritmo de un caótico  desarrollo urbano, económico, político y administrativo. Como si la conciencia delictiva se hubiese convertido en una suerte de señalador de la contemporaneidad nacional en todos sus órdenes, incluidos desde luego el administrativo y el político. Ya sabemos que se delinque desde Carondelet hasta la última chabola, pasando por ministerios y comandancias de policía. 

¡Con qué derroche de palabras y de calificativos se crearon e inauguraron las grandes cárceles del país! Allí se encerraría a todos los delincuentes para que la inmensa mayoría pudiese caminar y dormir, trabajar y crear en medio de una paz y seguridad nunca soñadas. Y para que de ahí salgan nuevos y honorables ciudadanos.

Sueños del poder perverso que se alimenta de sí mismo y de sus propias alabanzas. Cada día hay más ciudadanos y, por ende, cada día más delincuentes. Cada día se vuelven más complejas las instituciones públicas, cada día el aparataje político se torna impredecible. Cada vez aparecen nuevos delitos y nuevas formas de delinquir. Cada vez más se expande la región perversa del delito que ya no pertenece por derecho propio a los pobres y marginados. Sino que, todo lo contrario, ha invadido la territorialidad real y simbólica del poder de modo particular en sus más altos niveles: presidentes, vicepresidentes, ministros, generales, jueces supremos. El gran festín de la ética del correato. 

Hace mucho tiempo ya que las cárceles dejaron de ser lugares seguros para una deseada rehabilitación social. Hace rato, cuando a ella empezaron a llegar los cuerpos y almas del poder político, religioso, económico. Las grandes cárceles rápidamente se convirtieron en una especie de ciudadelas en las que el mal y la perversión social se han instalado de manera prácticamente legítima, es decir, en lugares para continuar delinquiendo. Una especie de ciudad de la corrupción y de la perversión social. 

Allí todo acontece legítimamente: se trafican drogas, armas y cuerpos. Se trafican los espacios reales para dormir, el agua y la comida, los cuerpos para goces perversos. Se trafica con el tráfico del poder interno y externo. Con la vida y con la muerte, con el cielo y el infierno. Y todo absolutamente legitimado por un desorden social y político que actúa a vista y paciencia de las autoridades centrales y locales. 

De centros de rehabilitación se han convertido en territorios propios e incluso ya legítimos para el ejercicio de la maldad y de la crueldad en todas sus expresiones y perfecciones. Entonces el mal ha dejado de ser lo opuesto del bien porque ha adquirido su propia identidad social, personal e inclusive ética. La ética del mal que, en nuestro medio, fue afanosamente predicada por Correa y sus apóstoles y que no ha sido ni siquiera denunciada por el actual gobierno que se queda tan solo en los hechos corruptos y no en su esencia ni en sus sentidos. Se denuncia pero no se analiza, se castiga pero no se corrige aquello que origina lo malvado.

La ética del mal se sostiene en principios y normativas propias y férreamente imbricados para que se enfrente con éxito a la ética del bien. Piénsese, por ejemplo, en el discurso de Correa que no cesaba de predicar el bien y su propia honorabilidad y la de los suyos al mismo tiempo que él y su equipo se llevaban el país en andas. ¡Quién más puro y honorable que Correa! 

¡Silencio! De esto no se puede hablar, es secreto de Estado, ¿verdad ministra del Interior?

Ministra, ¿por qué y para qué acallar entonces a un funcionario que pretende ser veraz con el país y consigo mismo y que denuncia de manera minuciosa el estado de corrupción legal, moral y social en el que se encuentran las grandes cárceles del país? La guerra a la corrupción, ministra, o es realmente tal o no es más que una pantalla igualmente corrupta. ¿Por qué no poner el dedo en la llaga? ¿Despacharlo porque se trata de un secreto de Estado del que no pueden hablar sino los grandes ministros que poseen el honorable poder de engañar al país? 

Entonces, ministra, resulta que la verdad sobre las cárceles ya no es ni políticamente buena ni socialmente adecuada. Alabemos el eterno retorno a lo perverso del correato.

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