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6 de Agosto del 2014
Ideas
Lectura: 7 minutos
6 de Agosto del 2014
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Carta a Don Alfonso
Puede que no sea suficiente un gesto de dignidad y el de sus compañeros, pero un gesto como ese, en estas condiciones, es necesario.

Estimado Don Alfonso. Antecedo el Don por puro respeto, no solo a su edad sino, sobre todo, por esa institución que es Usted en las noticias por televisión. Ya muchas crónicas hablarán de su trayectoria en la pantalla de Canal 8-Canal 2 y luego Ecuavisa. Por eso quisiera referirme más al papel de los hombres y mujeres en la historia.

Hace unos años, durante una charla con periodistas peruanos, uno de los directores de El Comercio de Lima me contó la historia de la "dictadura democrática" de Fujimori y los medios de su país. En la década de los 80 y 90, el poder de Fujimori parecía incontrastable: un grupo de delincuentes se había hecho del poder gracias a la legalidad del voto; pero una vez subidos en el potro, estos personajes armaron una estructura de control total en la esfera pública, controlaron el debate, la prensa, a los empresarios, las cortes de justicia, la economía, el congreso, la fiscalía, las elecciones y, sobre todo, la conciencia de los policías y militares (a los cuales terminó por corromper con prebendas, compras de equipos y armas con sobreprecio, muchos privilegios y los convirtió en militares buenos para nada que solo servían para lamer las botas al dictador y para perseguir y espiar a los opositores; de esa manera fueron un ejército ineficaz, tanto que perdieron la guerra de El Cenepa a pesar de ser en número y equipo cuatro veces superiores al ejército ecuatoriano).

Ese control a través del miedo tuvo dos argumentos: la lucha contra un enemigo, en este caso Sendero Luminoso (enemigo real, por cierto) y la conquista de un nuevo Perú. Pero ese control solo tenía un propósito: instaurar la corrupción a todo nivel y garantizar la impunidad. Por ejemplo, el académico peruano Luis Pásara, que acaba de publicar un informe sobre la (no) independencia de la justicia ecuatoriana, relataba cómo ese control de la justicia peruana se convertía en dinero contante y sonante, pues las sentencias pasaban previamente por la oficina de Montesinos, a cambio de una “módica contribución” a la causa… Bueno, a Pásara en Ecuador ya se lo ha acusado de sumarse a una conspiración internacional contra un gobierno de monjas de la caridad, que solo busca la felicidad (a tres millones de dólares por año, no faltaba más). De todas maneras eso ya no molesta tanto como la falta de imaginación de nuestros clarificados dirigentes.

Bueno, el hecho es que Fujimori y sus secuaces lo tenían controlado todo. Pero hubo un momento de ruptura, un detalle que no fue pequeño pero que significó un gesto de valor, ya muy escaso por entonces. Fujimori “ganó” las elecciones para un tercer periodo y perecía eterno. Pero un reportaje de la unidad de investigación del diario El Comercio reveló cómo en una zona de Lima se había preparado miles de papeletas de votación para garantizar el fraude de Fujimori. Al principio nadie reaccionó, pues un acto de valor como ese, en ese ambiente de terror, solo era respondido con el silencio y llenando los escondites. Pero, Don Alfonso, así como el miedo es contagioso, el valor también lo es. En ese momento histórico del Perú, el pueblo había alimentado larvas de indignación contra el despotismo y la corrupción de esta camarilla. Y reaccionó en consecuencia.

El director de ese diario peruano me hablaba de ese pasado, y me dijo una cosa que hasta hoy me conmueve. El futuro, dijo, es de los periodistas que se la juegan. Y eso ha hecho usted y los amigos de Ecuavisa, Don Alfonso: se la jugaron. A pesar de todo, de la arrogancia del poder, de la falta de escrúpulos, de la incoherencia de quienes dan lecciones de moral, de los abusos, de los patanes, de la cobardía y abyección de muchos colegas y de la conciencia de su propia vulnerabilidad frente a ese poder aparentemente incontrastable, se la jugaron.

Yo creo que ante tanta ignominia y bajeza ya no caben la apatía, la indolencia y la sangre de horchata. Ese gesto de dignidad que usted y a través suyo sus compañeros tuvieron el viernes 1 de agosto del 2014, a las 8 y 30 de la noche, pueda que no sea suficiente. Aunque tuvo una respuesta masiva de una parte del público, la estructura que ha construido un régimen de terror sigue intacta y con toda la fuerza. Supongo que estarán preparando algún desquite, porque la bajeza moral da para eso y peores cosas, pero usted Don Alfonso es un periodista, nada más. Ellos son políticos vengativos, perdieron este round, pero lo que no saben es que cualquier cosa que intenten contra Usted y cualquier otro periodista y persona en este país, tendrá un mayor costo político dentro y fuera de las fronteras. Y la peor pesadilla de un político es el costo político. Faltan muchos gestos como el suyo para que todo lo malo se derrumbe, pero con un gesto como el suyo también puede ser suficiente.

Así que gracias Don Alfonso por su gesto. Lo digo en nombre mío, como persona y como periodista, y, si me lo permiten, en nombre también de todos quienes creen que la dignidad es más importante que el miedo a las retaliaciones, en nombre de todos los que no tienen pelos en la lengua, en nombre de todos quienes no se callan ante la corrupción, en nombre de todos los perseguidos, de los prisioneros, de los refugiados, de los que siguen y seguirán luchando porque en nuestra amada patria no se termine de instaurar la desvergüenza y la inhumanidad. En nombre de mis dos hijas y mi esposa, que tienen el derecho a vivir, como los hijos de todos y las familias de todos (incluso de los tiranos) en su país con libertad y sin miedo.

Llegará un momento, cuando la historia de un giro de tuerca, que la patria sabrá reconocer todos estos actos de amor propio y por la democracia ecuatoriana. Y los que provocaron toda esta ignominia solo serán polvo. Polvo en el viento.

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