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15 de Junio del 2020
Ideas
Lectura: 6 minutos
15 de Junio del 2020
Aparicio Caicedo
Guayaquileño, es Phd en derecho por la Universidad de Navarra (España). Ha sido investigador en dicha universidad y en la de California en Los Ángeles (UCLA). Director Ejecutivo de Ecuador Libre y profesor en la UDLA.
Chase, el opresor
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“Estamos entrando en el reino de la oscuridad cultural, donde el argumento racional y el respeto por el oponente están desapareciendo del discurso público, y donde, de modo creciente, en cada asunto que importa, se permite sólo una visión y una licencia para perseguir a todos los herejes que no se adhieran a ella”: Roger Scruton

Estas últimas semanas han pasado cosas un tanto curiosas, por decir lo menos. La creadora de la mítica serie de comedia Friends se disculpó por no haber incluído gente de otras razas entre sus protagonistas. Netflix y HBO sacaron de su parrilla el clásico del cine Lo que el viento se llevó porque contiene escenas que estereotipan a la población negra durante la guerra civil americana (obviaron quizá que dicha película motivó el primer Oscar a una actriz negra por encarnar tan bien, precisamente, la atmósfera racista de la época). Por otra parte, la autora de la saga de Harry Potter fue lapidada en redes bajo el grito de “transfóbica” por sugerir que solo las mujeres menstrúan. Además, derrumban por todas partes estatuas por opiniones o frases sueltas de personajes fallecidos hace décadas o siglos. Y alguien incluso pidió suspender el programa infantil Paw Patrol porque glorifica la represión policial. Podría seguir infinitamente.

Si piensa que todo lo anterior es una suerte de festival del absurdo, déjeme decirle que no está solo. No hacen falta estudios en Sociología o Filosofía para darse cuenta de que hay algo irracional en todo esto. Estamos en medio de una suerte de inquisición laica, donde unos deben ser lapidados porque llevan el pecado original del privilegio y otros tienen derecho a lapidar porque ostentan una suerte de pureza ética. Por eso resulta tan pertinente el título del último libro del chileno Axel Kaiser, Neoinquisición, en el cual se condensa muy claramente la génesis ideológica de todo este sinsentido.

La cuestión es compleja y contraintuitiva. Digo compleja porque vemos que todas esas acciones se fundamentan en un lenguaje confuso del posmodernismo, donde cualquier frase puede resultar ser una “microagresión”, “racismo sistémico”, “violencia estructural”, “discurso hegemónico”, entre otros conceptos que se utilizan en un sentido muy impreciso y lejano al hablar cotidiano. Y digo además que resulta contraintuitivo el tema porque nuestro instinto moral —a menos que seas una mala persona, claro— nos lleva a estar de acuerdo con toda reivindicación que esté en contra del racismo, el machismo, o cualquier fórmula de injusticia. Por ello se genera un cortocircuito mental cuando se invoca una causa que en principio nos agrada para justificar una acción que a la vez nos resulta absurda. Y cuesta mucho expresar cualquier desacuerdo, porque a nadie le gusta que lo llamen homófobo, fascista, transfobo, antiderechos, o recibir otros calificativos que buscan soslayar el diálogo racional para solo generar reacciones histéricas inmunes a la lógica.

Estamos en medio de una suerte de inquisición laica, donde unos deben ser lapidados porque llevan el pecado original del privilegio y otros tienen derecho a lapidar porque ostentan una suerte de pureza ética

El escenario descrito da una ventaja a quienes promueven las lapidaciones mediáticas, que resultan muy efectivas para torcerle el brazo a las corporaciones. Las empresas ceden porque a los miembros del departamento de relaciones públicas de HBO o Netflix no le pagan por desenmascarar la censura ideológica, sino precisamente para evitar problemas de imagen y malos comentarios en redes.

Paradójicamente, esos incentivos favorecen la autocensura. Y como señala Kaiser, la autocensura “en muchos sentidos es peor que la censura oficial impuesta por el Estado, pues se basa en el triunfo del miedo a un castigo y enemigo tan difuso que no se puede afrontar”. Aunque quizá resulte interesante dilucidar la frontera entre un ejercicio sano de ostentación de virtud comercial—que los hay, como el compromiso con el medio ambiente, filantropía, lucha contra la auténtica discriminación, etc—y la paranoia ética donde se participa del absurdo solo por miedo a la guillotina publicitaria en forma de hashtag.

Para muchos esto es algo que resulta lejano, porque es un debate de países ricos. Pero no debemos confiarnos de ello. Más aún, cuando todos esos dogmas ya están penetrando silenciosamente nuestra institucionalidad por medio de leyes que hacen eco de los informes de toda una constelación de “expertos” que pululan en las burocracias internacionales. Y es aquí donde veo la importancia de Neoinquisición, en que su autor es consciente de que estas marea ideológica llegará a estas costas y debemos estar preparados intelectualmente para combatir a los nuevos Torquemadas: “queramos o no, lo que ocurra en… el mundo desarrollado terminará transformando sustancialmente el devenir de nuestros países. Es tomando esa constatación como punto de partida que este ensayo ha analizado el fenómeno de la corrección política enfocándose en los principales centros de poder cultural y económico de hoy”. Y cita Kaiser un escrito reciente del inglés Roger Scruton que sintetiza la trascendencia de la cuestión: “estamos entrando en el reino de la oscuridad cultural, donde el argumento racional y el respeto por el oponente están desapareciendo del discurso público, y donde, crecientemente, en cada asunto que importa, se permite sólo una visión y una licencia para perseguir a todos los herejes que no se adhieran a ella”.

En definitiva, les recomiendo leer la obra, que además me parece que hace un buen trabajo en explicar la influencia de los filósofos posmodernos en esta deriva inquisidora que nos ocupa. Aunque yo ahora mismo me contento con saber, cuando llegue el momento, cómo le voy explicar a mi hija que Chase, ese cachorro vestido de policía en Paw Patrol que tanto idolatra, no es un ícono de la opresión.

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Chase, el opresor
 
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